Mari Carmen Bustos y los vecinos de la Casa Perales

 

De recuerdos y sabidurías

 

 

Cecilio Fernández Bustos

 

 

El juego de leer exige al lector que tome parte activa, que aporte su propia experiencia vital y su propia inocencia, así como prudencia y astucia. Amos Oz

 

         Igual que en aquellos manantiales, aún sin mancillar con una urbanización, el agua del relato discurre fresca y transparente. Es un acierto. Y nos agita, conmueve, invita a entrar. Al relato le sobra la presentación y empieza de verdad cuando el narrador nos hace la gran confidencia — Los inviernos, resultaban tristes pues las puertas de las casas se cerraban y solo nos veíamos al entrar o salir; pero cuando iba llegando el buen tiempo y el sol se quedaba un poco mas con nosotros, los vecinos iban saliendo de sus casas poco a poco, como si se fueran desperezando después de un largo sueño.[1]— y es ahí, también, donde el relato nos revela, astutamente, que entramos en un mundo mágico a través de esas puertas que se cierran en invierno y que se volverán a abrir  cuando llegue el buen tiempo. Todos los días de la infancia el corazón rebosa de acontecimientos y es en ese acontecer (grandeza de minúsculos detalles) donde el niño (la niña en este caso) vive la vida, como Alicia, en ese país de las maravillas que deberían ser todas las infancias (Y el conejo dijo: «¡Ay! ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Que tarde voy a llegar!»)

 

         Es cierto que la vida no es un juego ni una burda o sutil broma, pero no es menos cierto que no hay necesidad de contar la vida lastrada con excesivos aditamentos. No, debemos contarla tal como la hemos percibido nosotros y, si tenemos el atrevimiento de escribir nuestras experiencias, de niño o de adulto, bueno será que limemos las falsas aristas (el drama es siempre drama) y le demos un atisbo de belleza. De esta forma invitáremos al sufrido lector a jugar con nosotros y a pasárselo bien leyendo. Eso es lo que hace, con leve pero diestra maestría, Mari Carmen Bustos cuando nos invita a jugar con ella a ‘las casitas’ y nos ilustra levantando, cual Diablo Cojuelo, los tejados y los techos de las habitaciones de La Casa Perales de su infancia y adolescencia. 

 

         La literatura puede ser un poco como la vida: pasión, misterio, duda y, cómo no, delectación. Y así, en tu interior, con unos pocos elementos que nos ofrece la voz del narrador, reconstruyes y ves la historia conmovedora y mágica del señor Tomás, que siempre estaba durmiendo y cuando alguna noche le veíamos salir con su uniforme, el chuzo y las llaves camino de su trabajo, nos quedábamos completamente quietos casi sin respirar hasta que el pasaba. Y tú, que también tienes algún atisbo de memoria atrapada en las cansadas neuronas, posiblemente recuerdes aquellos juegos que compartiste con otros en la infancia y, desde ese mínimo embeleso, quieras tocar el cielo con tus manos. De este modo la fresera Agustina, los Choris, los Toreros, la señora Victoria y el señor Mariano con su bicicleta formen ese mosaico de cálidas y singulares sensaciones que nos ayuden a despreciar otros horrores de la Historia, no contados pero sabidos, que bullen entre dos luces por el tobogán de la rememoración.

 

         Entre el comienzo de las puertas cerradas en invierno y abiertas en el buen tiempo y los escaparates en blanco y negro hay toda una secuencia de identidades. Una vida, un tiempo, un paisaje y un paisanaje. El Aranjuez vivido por la autora en un tiempo en el que “Recibir una carta era un acontecimiento”… tiempo duro y difícil subrayado por el llanto de la señora Pepa recordando a su hijo en el monte contra el ‘Maquis’. Pero, he ahí el detalle, en aquel tiempo existía la Cacera Pileros.

 

[1] Me trae recuerdos de la película  “Milagro en Milán”, obra maestre del neorrealismo mágico, que realizó Victorio de Sica en 1950. 


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