DEL COLOR DEL SILENCIO

LA TRANSPARENCIA EN LA PINTURA DE ANGEL LUIS MUÑOZ

 

 

“…voy por las transparencias como un ciego,

un reflejo me borra, nazco en otro,”

Octavio Paz

 

 

            La pintura de Ángel Luis Muñoz me ha llamado siempre. Me ha llamado y me ha invitado a mirar, a ver, a descubrir esa abundancia de imágenes segadas a la luz de sus íntimos silencios. Son formas engendradas por un mirar silente, descubrimiento alborozado de cercanas realidades que un fuego tenue y vespertino, evidente como la luz, nos propaga como rumor de nuevas emociones. Sí, la emoción es evidente; igual que si bebiéramos, a pequeños sorbos, los milagros del crepúsculo. Emoción cuyo suceso quiero explicarme, porque quiero asirla, dejarla junto a mí.

 

         Vagamos ensordecidos por el paisaje artificial de las luces de neón y la estética de Walt Disney. Son tantas las imágenes que nos persiguen, nos cercan y fatalmente nos hieren y confunden. Es tanto y tan ensordecedor el ruido que habita entre nosotros. Tanta y tan deslumbrante la agresividad de la artificial luminosidad de la fanfarria publicitaria. Es tan exigente el artificio que nos tunde permanentemente, que inevitablemente tornamos hacia un lado la mirada buscando con ansiedad un espacio de silencio y de transparente luminosidad donde, acaso, podamos enfrentar el espíritu al espíritu.

 

         La pintura de Ángel Luis ha sellado la estridencia de los colores ruidosos y nos ofrece un espacio de silencio. Y es ahí, en el silencio claustral y transparente de sus telas donde nos sorprende y sobrecoge, donde nos provoca y conmueve, donde nos acerca a una atmósfera que permite soñar en los silencios. Mirar un cuadro de Ángel Luis es como abrir una ventana y respirar los silencios luminosos que habitan allí, en lo más profundo y lejano de un paisaje donde alienta un atisbo de absoluto.

 

         Pero, ¿qué son esos silencios luminosos que descubrimos en la emoción plástica de esta pintura? A mí se me antoja que son como poemas, objetos poéticos con los que las pinturas de Ángel Luis establecen itinerarios esenciales. Pese a lo insólito de la novedad, de la primicia de estos itinerarios por los que podemos transitar, estamos en contacto con una pintura vinculada con lo más profundo del universo simbólico del hombre. Así, nos estamos internando en un ámbito poblado de humanismo, de búsqueda de perfección y de utopía. Mas, volviendo a lo esencial, el gran descubrimiento de nuestro pintor es el de estar creando un itinerario iniciático hacia el silencio de la luz: Es decir, un itinerario iniciático hacia la transparencia. Lo hemos insinuado más arriba, estas pinturas ofician como poemas que profundizan el artificio plástico desde el sonido de la luz. De este modo se produce una liberación emocional que nos envuelve, nos abraza y desplaza en un trayecto certero donde las aristas yacen fragmentadas y dispersas. No hay desgarros definitivos, sino esperanza transmutada en presencias posibles. Un hito de expresión plástica que, después de majar colores y silencios, invita a transitar por la memoria.

         Las pinturas de Ángel Luis son espejismos de un mundo que él conoce y quiere darnos a conocer. Mundo que existe prendido de las nítidas presencias de las formas insinuadas en las transparencias poéticas del cristal. Vemos lo que sentimos o tal vez, y he ahí el acierto de nuestro artista, sentimos un universo que se hace presencia en estos cuadros. No se trata de una comunicación lingüística; la pintura no es una narración, no opera como un relato que nos dice verbalmente. La singularidad expresiva de una pintura está en inducir o sugerir un proceso emocional a partir de las imágenes plásticas, de la vibración luminosa del color. De este modo, uncidos a esos acordes rítmicos, casi musicales de los sonidos y los silencios de la luz, transitamos el espacio plástico, el espacio imaginario que ha creado el artista.

 

         Hay un exceso de videncia cósmica -positiva, claro está-, que actúa como manifestación simbólica y nos acerca a percepciones no exentas de cierta sublimación. Lo simbolizado podría ser ese silencio ausente que, desde la memoria, emerge frente a la opacidad de un transitar fuera, en el límite, allí donde se inutiliza la pasión.

 

         Tal vez estos cristales sean, más allá de su exacta transparencia, solamente agua. Sí, agua que al mezclarse con la luz se estabiliza en formas. Tal vez sea el reposado trajín de la memoria fecundando manantiales de luz, desvelando ocultaciones místicas, reflejando la propia transparencia. Ejercicio de búsqueda o, más exactamente, de hallazgo. Porque lo que hace nuestro pintor es visualizar un descubrimiento y lo ritualiza en el altar urgente de las presencias íntimas. De este modo, con la minuciosidad que en el pasado empleaban los miniaturistas medievales, va desvelando el equilibrio sobrio, y por sobrio sublime, que surge de los acordes, silencios o vibraciones de la luz al posesionarse de las formas que habitan, maduran y se revelan en estos cuadros. 

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