Poema

Cecilio Fernández Bustos

 

El baile

 

 

                                   y levanta sus brazos de baile torrencial.

                                   Carlos Edmundo de Ory 

 

 

         Como un hermoso animal,

torbellino de luces,

viniste hacia el sol, exorcizando los demonios del miedo,

desde el poniente de la aridez urbana.

 

         Tú,

ciudadana de un posible nocturno,

llegaste con la voz prendida al murmullo del mar;

con el sueño engastado a un pecado celeste;

con el perfume intacto del llanto de los besos;

con la música altiva del clásico deseo.

 

         Viniste, ay, con la piel inocente

y la pulpa carnal, ambrosía de frutas,

terciopelo en la nube del algodón dorado.

Y en el rito del baile,

el crespón de tu herida

se adhería al espacio,

estremecido en el vaivén del ritmo,

como una muselina de belleza inmarchita.

 

         De tu hondura insondable

manaban los destellos de la inmutable exactitud del placer

varado en la flor de tu cintura.

Y el eco de tu risa,

talismán del solsticio,

se arqueaba en los dedos de las calles del tiempo.

 

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