Blanca Prieto II

BLANCA PRIETO

LA HUMILDE ELEGANCIA

DE UNA EXCEPCIONAL PINTORA [1]

 

 

 

 

         Blanca Prieto, pintora castellana establecida desde hace años en Aranjuez, nos convoca, en el Centro Cultural Isabel de Farnesio, a la contemplación de una vasta y variada muestra de su obra más reciente. Conocí a Blanca cuando empecé a tratarla como compañera de trabajo; sabía yo de sus andanzas por los mundos de la plástica y de la didáctica, pero no había tenido oportunidad de conocerla -ni a ella ni a su obra-. Hasta aquel tiempo sólo habían sido noticias aisladas, algún comentario de amigos comunes, lo que de su existencia me había llegado; sólo eso, breves notas y poco más. Cuando coincidimos en la Universidad Popular de Aranjuez, hace ya de esto algún tiempo, tuve la oportunidad de descubrir a la mujer, a la artista y, resuelta en armonía, una de las obras más vasta de la pintura española contemporánea.

 

         No es posible hablar de una obra de arte sin tejer con la mirada una sutil red entre la obra y su creador; es más, alguien ha dicho que es cuando te interrogas sobre la existencia que alienta detrás del objeto contemplado, cuando, supuestamente, estás ante una obra de arte. En Blanca Prieto habita la hermosura; ella transita por las estancias de la amistad sin ensordecerlas con una presencia ruidosa, pero llenándolas de ecos para la memoria. Yo, a este perfil, suelo llamarlo elegancia. Y, Blanca Prieto, respondiendo al máximo de esta apreciación, encarna con refinamiento al personaje de una señora prendida de la elegancia más exquisita y de la discreción más serena; mujer de hablar suave y sugerente al tiempo que apasionado. Así son las cosas, dentro de su elegancia exquisita y de su aparente y respetuosa serenidad, habita un ser excepcionalmente apasionado. Sí, nuestra artista vive una intensa pasión o, más exactamente, es una intensa pasión. Tal vez por ello, la pintura que habita en su mirada y en toda su gesticulación se hace presencia, comunicación y comunión en las telas que permanentemente está alumbrando.

 

         ¿Qué razón o razones, qué discurrir sobre lo mediato, qué fórmula, pasión o teoría,  justifican u otorgan a una pintura la categoría de obra de arte? ¿Quién o quiénes están legitimados para oficiar el ritual de la consagración del artista? ¿Es la obra quien hace, tras su existencia, al artista o es el artista al crear quien, porque es artista, transmuta la sustancia plástica -línea, color, forma- en obra de arte? Y aún más: ¿Son acaso los ojos que contemplan, los que, al captar la emoción que sublima el objeto artístico, están confiriendo esa categoría a la cosa contemplada? ¿Por qué, cuando miramos y vemos un cuadro de Blanca Prieto, nos sentimos tan próximos a la emoción? ¿qué nos está pasando para sentimos uncidos al eco de una metamorfosis colectiva?

 

         Son éstas algunas de las preguntas que me gustaría responder en esta breve nota sobre la obra pictórica de Blanca Prieto. Es verdad que, al mismo tiempo, me siento seducido, también, por la Blanca Prieto maestra y publicista apasionada, que ha creado en Aranjuez un espacio, amplio y lleno, donde habita la afición, donde se contempla, se practica, se ama la pintura. Hoy cuando esto escribo, son legión las gentes de Aranjuez que han aprendido a soportar un pincel en sus manos, a mirar un cuadro, a palpar una textura por mediación de esta mujer, auténtica médium en el mágico mundo de la pintura. No obstante, será otra la ocasión para hablar de la Maestra.

 

         Parece necesario que, para situarnos, hagamos una breve incursión en el mundo de la pasión por la pintura. Pasión que habita en Blanca Prieto. Se trata del hilo conductor entre la tierra como sustancia plástica y el ángel o duende como pasión, como emoción estética. Digamos, como principio, que en la obra de Blanca Prieto los motivos, las anécdotas no son otra cosa que pretextos que soportan la expresión plástica como objetivación última. Aquello que el ojo intuye tras las veladuras como celosías no son libros, ni puertas románicas, ni candelabros, ni toreros; no es la cálida piel de la hermosura, ni la fresca y húmeda pulpa de una fruta. Es la luz, el claroscuro, la atmósfera que se transubstancia en forma, emoción profunda que busca comunicarse a través de la línea, que urge en la orgía del color una aproximación al otro; y transmite calor, presencia humana. Los cuadros de Blanca Prieto no son literatura: son, eso sí, pintura. Armonía y universo del sonido del color y de la luz.

 

         Moviéndonos por los vericuetos de un lenguaje pretenciosamente culto, podríamos transitar por un mundo de extraños y sugerentes descubrimientos. De este modo, nos enfrentaríamos a una hipótesis singular: en Blanca Prieto habita, como rescoldo íntimo, un inusitado simbolismo, mezcla de sentimiento religioso y esoterismo pagano, que nos acerca y mimetiza y nos sumerge en el magma de la ensoñación. Por eso, prendidos de su mirar, transitamos por los íntimos lugares donde dormitan los arquetipos que nos unen y vinculan a la tierra y a los orígenes. Pero insistimos, la metáfora plástica no es metáfora literaria, no son palabras sino signos y significados propios de otra voz; el lenguaje pictórico que alcanza su cenit en una sobriedad transida de emoción. Hay en esta pintora una pasión decidida por extraer la máxima expresividad de la pintura. Es evidente una permanente gesticulación no sólo en la forma, también el color, al vibrar bajo los mágicos relieves de la luz, se nos revela como gesto que comunica. Y es aquí la técnica, ese heñir la vibración del polvo luminoso hasta alcanzar el pálpito preciso, lo que debemos llamar pura pintura, auténtico gesto plástico, elemento básico de comunicación pictórica.

 

         He leído alguna crítica que trata de permear la pintura de Blanca Prieto en las cercanas influencias de Goya. Y sí, Goya puede yacer y fecundar en la obra de nuestra pintora. Pero nos referimos a ese Goya del que dice Ortega[2] “…Goya, en efecto, nos hace percibir lo que hay de indómito en el arte que le permite somormujar súbitamente en los senos más dramáticos de la vida, precisamente lo que de sólito evitamos presenciar.” Por ello, pese a una supuesta amabilidad que en ocasiones pudieran parecer concesiones a la retórica, anidando en la trastienda de la sugerida ensoñación, habitan esas presencias desgarradas que estremecen y nos vinculan al vértigo de la pintura. De igual modo, tomando la idea y el verbo de Ortega, podríamos indagar en ciertas raíces de popularismo y casticismo en la pintura de nuestra pintora.

 

         Como propuesta metodológica, siempre que intentamos acercarnos a la contemplación de una pintura, nos gusta sumergirnos en el humus que, por conformar su cultura genésica, su interés o su intención, sirve al artista para interrogar o responder a esas múltiples preguntas elementales que, permanentemente, nos formulamos los humanos. De este modo, navegar por esas frondas donde habita la duda o, por qué no, la certeza, nos permitirá un acercamiento más completo a una obra que no está exenta de complejidad y que, más allá de la emoción primera que produce su contemplación, nos instala en el diálogo íntimo con el símbolo. Así, pensando, y no sólo sintiendo, esta pintura apasionada como símbolo, nos adentraremos, guiados por los venenos del verde y el rumor excitante de los cobres y los oros, por el encantamiento de que es tributaria la pintura de Blanca Prieto. Hay en ella, en el arco iris de su luz, un modo o manera de establecer comunicación con otra forma de realidad que está más allá de las semejanzas formales. El cuadro, objeto de contemplación, nos permite incorporar a nuestro mirar lo que dijo Luis Cernuda en aquellos versos reveladores: La mirada es quien crea, / Por el amor, el mundo, / Y el amor quien percibe, / Dentro del hombre oscuro, el ser divino, / Criatura de luz entonces viva / En los ojos que ven y que comprenden.

 

         Poco a poco, vamos dibujando unos perfiles, unas ciertas acotaciones que, sin pretender ser límites, establecen unos lugares luminosos y privilegiados donde se hace posible el discurso. En tanto que escenario, evidentemente, nos situamos en un espacio acotado. Pero ese espacio, reino de las bambalinas y los decorados, nos permite tantas miradas, tantos gestos, tantas convulsiones del espíritu como la amplitud de nuestra ensoñación cabalgando por la ondulación de un estremecimiento. Y es que nuestra pintora nos invita a esa contemplación, plena de sugerencias, donde se simbolizan y descubren nuevos mundos, mundos  surgidos de su ensoñación o de su mágica comunicación con todo lo que es o, por la mirada, puede ser.

 

 

La técnica base de la expresión plástica

 

         Tenemos por cierto que la técnica se establece como instrumento básico en todo proceso creativo. El creador necesita ser un buen artesano; necesita ese punto de apoyo que a Arquímedes le hubiera permitido mover el mundo y que a esta pintora le va a permitir algo mucho más sutil, mover mundos. Mover los mundos de la consciencia profunda, allí donde la cultura, como singularidad humana, ha depositado los vínculos que establecen la comunicación a través de los tiempos y de los espacios.

 

         En ocasiones la crítica es excesivamente cicatera y se detiene en meros tópicos; ocasionalmente, la timidez nos paraliza ante la dificultad de interpretar un lenguaje con otro lenguaje. He ahí la necesidad de una cierta minuciosidad para componer un análisis verbal que devele el hermetismo preciso del otro lenguaje, en nuestro caso el expresionismo plástico.  En Blanca Prieto hemos tenido la oportunidad de descubrir lo que, sin exageraciones, podemos calificar de alarde técnico. Ese saber de alquimista, que algunos han llamado, no sin gran acierto metafórico, cocina, alcanza en nuestra pintora cotas de auténtico prodigio; tal vez sea esta una de las principales virtudes, no ya de su hábil mano, sino de su sabio mirar y ver, ya que, como escribió Antonio Machado, el ojo no es ojo por mirar, es ojo por que te ve.

 

         La pintura de Blanca Prieto es pintura de nuestro tiempo. Un tiempo que está marcado por los más bellos y más excesivos alardes técnicos; tiempo también marcado por los más brutales y sorprendentes alardes expresivos. También así, marcada por su propia singularidad histórica, es la pintura de nuestro tiempo o, para ser más exactos, la pintura del siglo XX. De este modo, en un mundo donde la publicidad y el consumismo nos sumerge a todos en los agujeros negros del anonimato, buscándole las vueltas a la pintura, y a otras manifestaciones artísticas, desde la sensibilización subjetiva o la crítica social, nos ayudamos a encontrar una apuesta. Y a eso nos ayudan pintoras y pintores que, como Blanca, se esfuerzan en hacer una obra de sensibilidad estética y, también, ética.

 

 

La iconografía: Signo y símbolo como soporte del lenguaje plástico

 

         Dice Pierre Francastel[3] que “la creación de los lenguajes es el producto de tres operaciones: concebir, juzgar y razonar.”  Añadimos de nuestra cosecha que, además, se hace necesaria la materia sígnica, el sonido, el color; nuevamente el punto de apoyo. Así, en la pintura, son tres los elementos básicos sobre los que se sustenta el lenguaje plástico: color, línea y forma. Los creadores son aquellos que, tras adquirir un evidente dominio técnico sobre los elementos del lenguaje, son capaces de establecer nuevos códigos expresivos. Pero, para qué estos nuevos códigos, esta nueva expresión: no dudamos que, según cada caso, es para atemperar, para traducir, para presentar una particular visión de lo universal en cada momento histórico.

 

         El pintor no suele ser consciente de que su mirada engendra la visión de los otros. Picasso sí, lo dijo: “Veo para los demás. Es decir, pongo en el lienzo las visiones súbitas que se me imponen por sí mismas.”[4]  De este modo, el conocimiento de la técnica se convierte en el principal instrumento para el ejercicio de la mirada o, lo que viene a ser lo mismo, el principal basamento o sustento de la expresión pictórica. Y en ese afán por situarnos en el presente histórico, podrá destruirse la forma; podrá cambiar el soporte sobre el que se pinta; podrá cambiar incluso la gesticulación que el artista emplea para embadurnar de color una superficie. Podrá cambiar todo en ese afán, tan angustioso y dramática a veces por encontrar nuevos lenguajes. Mas la pintura seguirá siendo un nexo de unión entre el ser que alienta en toda búsqueda de identidad y el estallido espontáneo del universo múltiple de lo colectivo. En esta atmósfera surge el universo sígnico, un aire nuevo para el  lenguaje frontal donde habita la luz. Y es sólo de esta forma, en los largos y solitarios silencios del pintor o del escritor, como se pueden descubrir nuevos lenguajes, nuevos modos de interpretar una realidad que, en ocasiones, cercena lo cotidiano y nos deja perplejos, deshabitados, solos.

 

         De ahí que elementos tan distintos como los sonidos y los colores puedan sustanciar la misma vibración, mágica, en la luz de la naturaleza y en la luz de la pasión humana. ¡Ay!, Blanca Prieto, quién podrá sustraerse a dejarse permear por este hálito de plenitud que nos transmite tu emocionada vibración de artista.   

 

         Cuando contemplo una pintura intuyo que, tal vez de forma inconsciente, buscamos territorios, lugares nuevos donde pueda habitar nuestro deseo. Habitar y, al mismo tiempo, desentrañar el misterio, ver más allá de… Una nueva visión o, más exactamente, otro mirar. Un nuevo centro donde coincidir con la emoción primera. De ahí que cuando una pintura nos toca con esa vibración, se nos antoje más visible la claridad que, de esta forma, se torna en transparencia. Misterio y transparencia en ese juego, mágico pero humano, de las sabias veladuras que ayudan a la mirada a imaginar la jugosidad carnal de una figura o de un sueño. No se trata de una profecía, promesa o esperanza, no; lo que apreciamos, de lo que hablamos es de una revelación. De este modo, la pintura de Blanca Prieto se hace poesía y, como el poema, no cuenta, no narra la anécdota. Es como si, al transitar la mirada creadora por el cuadro, evidenciáramos la emoción; no la anécdota, sino la emoción, la sensación, lo que queda como experiencia única e íntima y que se disuelve en la pintura; tal vez el hueco que ocupó la anécdota y que se transubstancia en experiencia por el lenguaje plástico. Por ese saber mirar y ver de nuestra artista.

 

 

La mirada es quien crea

 

         Estos días hemos tenido la oportunidad de contemplar una hermosa exposición de Blanca Prieto. Casi cuarenta cuadros que nos han uncido a la belleza y, al mismo tiempo, como dijera Octavio Paz, nos han permitido aguzar silencios hasta la transparencia. Hemos caminado por las calles desiertas de una Castilla que se nos antoja remota en la memoria, calles desiertas donde aún alienta el vértigo de la vida de tantos como han sido, y que “…ya no son sino la inmensa muerte anónima, aunque sus prendas leves sobrevivan”[5]; calles en las que alienta el envés de la historia, lo vivido y tantas veces ignorado.

 

         Belleza, silencios, transparencia, música callada del color, elegante discurso sobre el modo de hacer pintura: todo eso hay en los cuadros de esta última muestra de nuestra  pintora. Pero también hay, en estas pinturas, una cierta insolencia plástica; una cierta rebeldía contra los formalismos huecos, sin sustancia; una reivindicación de la expresión sentida. Ya lo hemos dicho, con esta forma de entender la pintura no se pretende transmitir una anécdota, ni una idea, ni un concepto; lo que la artista nos trasmite es una emoción, una forma de ver que está más allá de la idea y del concepto y que es la esencia de sí misma.

 

         Bien por Blanca Prieto; bien por hacer tanta armonía desde el silencio y el sonido de los colores. Bien por dejar memoria de tanto instante de hermosura. Bien por formar parte del arte y oficiar de artista, hiriéndonos, en tantas ocasiones, con un decir que nos permite cumplir tantas posibilidades.


[1] Inédito. Texto escrito después de contemplar la exposición que Blanca Prieto realizó en la Sala de Exposiciones del Centro Cultural Isabel de Farnesio. Aranjuez, 1997  

[2] José Ortega y Gasset.- Goya. Nota preliminar.- Obras Completas / Tomo VII/ Alianza Editorial / Madrid, 1983

[3] Pierre Francastel.- Sociología del arte/ Alianza/ Madrid, 1975

[4] John Berger.- Ascensión y caída de Picasso/ Akal Editor/ Madrid, 1973

[5] Luis Cernuda.- “Antología”/ José María Capote Benot/ Cátedra/ Madrid, 1981

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