Faustino Fernández de Alberto Bustos

La disyuntiva

 

Homenaje a Sören Kierkegaard

 

 

               El error está en decidirse. No le diga usted ni sí ni no. Empuñe resueltamente los dos extremos del dilema como la barra de una carretilla y empuje sin más con ella hacia el abismo. Cuidado, claro, de no irse otra vez como la soga tras el caldero.

               No la oiga gritar. Recobre inmediatamente el equilibrio entre temor y temblor. Recuerde que la cuerda es floja y que usted irá por la vida ya para siempre en monociclo.

               La rueda de este vehículo intelectual puede ser una pieza de queso parmesano o la imagen de la luna sobre el agua, según temperamento.

                                     Juan José Arreola

 

 

               «¿Y así que vendería usted su alma al diablo?»

«¡Sí, mi alma al diablo, sí, por esta cruz!»

 

                                     Rafael  Sánchez Ferlosio

 

 

 

 

            El problema de comentar un texto literario, más allá de la aparente tentativa de profanación que sin duda supone, requiere una cierta lucidez, algo de parquedad expresiva y un poco de rigor. Naturalmente siempre que entendamos por rigor una lectura serena y reposada (aunque no es preciso distanciarse demasiado, y hasta puede que sea bueno dejarse enredar, convencer y apasionar, un poco al menos, por el decir y por lo dicho). Y, claro está, no hay que deslumbrarse sólo por el fulgor, aunque se tenga presente aquello que dijo Hölderlin sobre la perdurabilidad de lo hecho por el poeta. Y es que del texto objeto de esta lectura emerge una polifonía semántica que eleva a poesía el lenguaje definiendo la perdurabilidad de la propuesta.

 

         Nuestra mirada de lector, que no de crítico, se va a ocupar de un texto dramático escrito por Alberto Bustos y que, con el título de Faustino Fernández, reabre el discurso de la trascendente toma de decisiones ante la vida. Desde que Christopher Marlone le tocara las narices al Doctor Faustus y Goethe, en su grandioso poema dramático, lo elevara a la categoría sublime del arquetipo paradigmático, muchos han sido los escritores que han hilvanado su personaje apasionado, lúcido e irredento. Y es que está ahí, tan presente y cercano, que es difícil renunciar a heñirle una vez más con las manos doloridas por la constante búsqueda de la forma. Hay un excelso poema de Ángel González que empieza con estos versos: “Si tuviéramos la fuerza suficiente / para apretar como es debido un trozo de madera, / sólo nos quedaría entre las manos / un poco de tierra.”[1]

 

         Faustino Fernández lleva la entraña del mítico personaje de Goethe. Pero en este caso  se trata de un Fausto —Faustino— entrañable y cercano, marcado por el Fernández de lo cotidiano y del anonimato urbano en el ajetreo de una ciudad que, al final del siglo XX, intuye un devenir de libertades. Y él, después del ritual de la celebración de su cumpleaños, se debate agónico en la soledad de un apartamento. Entre vapores de alcohol y humo de tabaco, delira, debate y se pelea con una alucinación que le ofrece conseguir sus sueños de poder y gloria a cambio de una entrega consumada: “Descuida —dice Faustino al final de la obra— seré digno discípulo tuyo. Nadie me ganará en crueldad, hipocresía y desprecio. Me regiré por mi capricho, por mi placer, despreciaré a mis semejantes.” De este modo nuestro personaje, vencido y entregado, renuncia a todo cromatismo y el brillo de la pasión dificulta en él la asunción de caracterizaciones morales. La persistente duda, no bien resuelta, se engarza como talismán en el enredo de la urgente toma de decisiones y se disuelve en puro espejismo ¿Por qué esa necesidad de tomar una decisión única y definitiva? ¿A qué ese trajín para a la postre dejarse deslumbrar? ¡Ay, amigos míos! porque así, y no de otra forma, es la vida. El hombre está solo y esto lo ha entendido bien el autor; siempre solo cuando se impone decidir y, he ahí la contradicción (también podemos afirmar que así es la vida). No debemos ignorarlo, hay que optar: pende de un hilo la terrible decisión; dejar de ser el yo formal e integrado y enfrentar al gran terror de la verdad que, no otra cosa, es el error de enfrentarse  cara a cara, sin rodeos, con la vida.

 

         Sin dios, ni cielo, ni salvación posible, ¿para qué te quiero? Faustino Fernández es un indagador que anda buscándole respuestas a casi todo. Se agota y se desangra en un sutil pugilato consigo mismo. Ahora estoy en esa esquina ahora en esta otra. Y golpea desaforado contra una anatomía que huye de la realidad y se refugia en la ficción. Una vez más puntea con la izquierda y, sin rematar con la derecha,  surge de la imagen que refleja el espejo cóncavo para encarnarse otra vez en la esclerótica realidad. Y así se van acumulando los deseos y las tribulaciones de estar vivo en un coro de voces sincopadas. Como a tantos otros, también a él se le exige optar. ¿Y por qué hay que optar entre esto o aquello?  Simplemente porque lo uno suele excluir a lo otro y, antes o después, nos vemos obligados a darnos una cosa a cambio de otra (puro trueque) y no debemos olvidar que en la época que nos ha tocado vivir hay un nuevo Mefistófeles (demonio le llama el autor) al que técnicamente llaman mercado. Así, libertad, salud, amor, prestigio social, todo está ahí regido por la ‘lógica’ del mercado.

 

         Faustino es un personaje prendido a una atmósfera ácida de alcohol y nocturnidad que emerge en el Madrid de la movida y quiere, anclado en la vigilia, despertarse de su sueño de gloria sin grietas en la conciencia. ¿Pagar?, sí, pero más tarde, como siempre, al final…   Mientras tanto la locura del éxito —amar y ser amado—, humillar al adversario pero no ser nunca humillado, prostituirlo todo pero negar, cínicamente, todo protagonismo en la contienda. Belleza y honor rendidos a los pies del personaje que se conforma sólo con eso: la creación artística del genio. La vida no es así, la mayoría de los Fernández que pululan por ahí (en las inmobiliarias por ejemplo) quieren más; no se conforma con ser corrompidos por Mefistófeles, la gran pasión es ser ellos mismos el diablo y corromper, torcer las voluntades y fornicar como machos cabríos hasta desgarrar las entrañas del otro sometiéndole a su astucia y poder… Acaso la obra de arte sea sólo una hipótesis de belleza que pueda contribuir a liberarnos de la opresión.

 

         Alberto Bustos le ha dado a Faustino una voz elemental, sencilla y coherente. Una voz que desmitifica al mito y lo desnuda para hacerlo más cercano y posible, prendido en la carnalidad del inocente ‘chapero’ de la movida. Y es que la ambición no está dispuesta a renunciar al placer aunque sea a costa de la más absoluta soledad… Pero nuestro autor y su personaje no son ajenos a formar parte de ese primer sistema de integración que es la familia y que está presente en las denostadas figuras de sus principales símbolos: el padre y la madre. Pese a todo, el personaje inicia el vuelo buscando la confusión de identidades y de afectos al tiempo que establece el argumento y la gran justificación de Mefistófeles. De igual modo hay una aparente ritualización de la privacidad (voz tan moderna) que se ubica en la casa donde se vive y, sobre todo, donde se sueña. Mas el símbolo se coagula cuando el sueño en la intimidad de la casa se proyecta en la búsqueda del éxito en lo público. Tal vez sea debido a que es en lo íntimo y privado, en lo doméstico donde nos creamos para, más tarde, diluirnos en lo público: ahí nace el miedo incontenible que no otra cosa es enfrentar la propia identidad doméstica con el éxito en la plaza pública.

 

         Hay, sobre otros, un logro sorprendente y original en esta obra; el autor nos ha regalado un sutil entrelazamiento entre lo viejo y lo nuevo. Lo viejo: el arquetipo del personaje. Lo nuevo el personaje encarnando a un ciudadano inmerso en una sociedad abierta y distinta donde las hipótesis son posibles. Y porque la vida es posible, también es posible el arte y podemos empezar a prescindir de las profecías y de los profetas. Y es ahí donde el teatro, también en estos tiempos, debe ser contestatario y ha de introducir el hierro de la inquietud en las satisfechas carnes del espectador y buscar, como diría García Lorca, “…en el sitio / donde tiembla enmarañada / la oscura raíz del grito.” El hombre —Faustino, Fausto, tú o yo— depende de sí mismo para decidir su proyecto y, libremente, sin más presión que sus sueños o sus alucinaciones elegir el camino. 

 

         No obstante, como la soledad araña, ahí está el otro —muchacho tentador— que nos escucha y nos da pie para construir nuestra memoria. Memoria que se identifica con la experiencia y nos disuelve en el magma creador del arte. Aunque nuestra vida, la de cada uno, la debamos vivir en todas sus formas y festejos (cada uno con total subjetividad y en su propia ciudad), no cabe la menor duda de que, como dice Emilio Lledó[2], “…Vivir es, en el hombre, convivir. Pero esta convivencia no es un estado pasivo de yuxtaposición con el otro, sino, como es sabido, un vínculo activo y creador…” Más tarde será la muerte como contingencia cercana quien nos obligará a ponernos al día, a tomar aquellas decisiones que tanto comprometen y, del mismo modo, bajar a la mina y cavar cerca de la vena de grisú para poder comer todos los días, para poder seguir muriéndonos de hastío o de felicidad.

 

         Es evidente el descubrimiento de una voz nueva, una voz capaz de sostener la voluntad de un lector o de un actor que, asumiendo los significados de esta voz, pueda situarla en el espacio histórico en que se inscribe. Y aunque no dudamos que vivir es siempre interpretar, nos gustaría ver y escuchar sobre un escenario la representación de esta obra. 

 

Mayo de 2006

 

 

[1] Ángel González.- Áspero mundo.- Esto no es nada.- Adonais.- Ediciones Rialp / Madrid, 1956

[2] Emilio Lledó.- Lenguaje e historia.- Taurus / Madrid, 1996


Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Poetas y narradores

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s