Mis cuentos (2)

        

 

 QUÉ PRISA TAN CIEGA

 

Cecilio Fernández Bustos

 

 

                                Bajo el sol de la plaza desierta me esperaba

                                mi amigo…Ah qué prisa tan ciega

                                Pier Paolo Pasolini

 

 

        Sonaba el despertador y la habitación se llenaba de campanillas y destellos luminosos. Pedro lo oía muy lejano, pues la música no era tan poderosa como para despertarle. Cuando cesó el pequeño bullicio de las notas disonantes, intentó quedarse otra vez dormido; pronto perdió pie y se olvidó del madrugador canto del gallo. Ciertamente, se había vuelto a quedar dormido y otra vez le cercaron las sombras de los sueños.

 

        De nuevo el despertador rompía el silencio del dormitorio. Pedro hizo una primera tentativa sin prestarle más atención y aún medio dormido trató de incorporarse. Volvió a intentarlo y ahora, sí, sabía lo que hacía; pero esta vez, con asombro, comprobó que su cuerpo no respondía a las órdenes que él le estaba enviando. Pensó que seguía dormido y captó la señal de un pequeño estremecimiento que se extendió hasta la columna vertebral; era como si una débil seda le rozara la espalda y sintió una especie de súbita caída en el vacío y un intenso vértigo. Su humanidad de ochenta kilos seguía en la misma posición y no era consciente de que, en el tiempo transcurrido desde que tintineara el despertador, se hubiera movido uno solo de sus músculos.

 

        Innumerables intentos se sucedieron, sin éxito alguno, en el afanoso trajín de Pedro por liberarse de lo que empezaba a ser una angustiosa inmovilidad. Haciendo un gran esfuerzo trató de superar la borrosa conmoción y concentrarse en el enigma de lo que le estaba sucediendo. Recordó que la víspera había transcurrido con absoluta normalidad. Un día de tantos, de esos que pasan sin dejar apenas huella en nuestra historia y de los que, transcurrido el tiempo, no queda ninguna señal. No había anécdotas que mencionar, ni circunstancias que traer a la memoria: solamente recordaba una tierna despedida y una súbita caída en un profundo sueño. Asustado dejó ese juego e intentó, una vez más, ponerse en movimiento.

 

        Concentró toda su atención en las piernas; tenía conciencia de lo que hacía y les ordenó que se movieran —no cabía duda alguna de que aquello, lo que fuera, iba en serio— él sabía que las tenía, una izquierda y otra derecha: pero, ¿dónde estaban? Pese al esfuerzo, casi infinito, que hizo por controlar las extremidades, sólo era consciente de la presencia de un punto, pequeño y apenas insinuado, centro de toda su atención, que, eso sí, era fácilmente localizable en el cerebro. Por un momento tuvo la impresión de que las piernas y los brazos se movían y que anduvieran por la habitación llevándole de acá para allá; cogiendo esto y dejando aquello; acercándole al baño y a la ropa y, acaso, en breve tiempo le situarían en la plena conciencia de su existencia física. Esas sensaciones, pensamientos o sueños, parecía que estaban en ese pequeño espacio que él sabía ahí, en ese lugar difuso donde se centraba toda su atención; fuera de esto, ninguna otra referencia de movimiento, de roce material, de dolor.

 

        Trató de recordar el sobresalto que hacía unos momentos, acaso siglos, le produjo ese pequeño estremecimiento en la médula espinal. Pensó que de esa forma podría recomponer el espacio y el tiempo transcurrido desde que sonó el despertador —o, tal vez, no había habido ningún sonido—. Lo que sí parecía cierto era que (pura luz de la curiosidad) todo lo que en ese momento constituía su vida —o lo que a él le parecía su vida— seguía coagulado en el mismo centro,  minúsculo lugar, de una débil germinación que empezaba a disolverse. Del resto del cuerpo, de sus miembros, de su identidad física no le quedaba la menor sensación.

 

        Tenía la certeza de haber sido desalojado. Le asaltó una angustia caliente, casi líquida, como un humor sucio que empezó a girar y girar y girar en ese pequeño espacio donde, hacía tiempo, había creído que estaba situada su vida. Lo intentó otra vez: quiso agarrarse pero no tenía adónde ni con qué. No sin cierta dificultad, comprendía la ausencia de toda sensación física, pero no podía explicarse a que era debido.

 

        Ya no se sentía angustiado por la inmovilidad, no tenía aquel primitivo deseo de levantarse de la cama. No tenía sed, ni ganas de vaciar la vejiga. Ya no sabía de las piernas, ni de los brazos. Sólo una ligera idea de que existían o habían existido; pero ¿exactamente dónde, cómo, por qué? Toda su atención, tal vez su vida, lo que ésta era en esos momentos, se fue centrando en esa minúscula realidad, núcleo sin referencia espacial, sin sensación física. A esto se iba reduciendo aquel recóndito sentir situado —ya no sabía dónde— y que empezaba a carecer de referencia. Se iba empequeñeciendo: se reducía; menos, aún menos. Hizo un último esfuerzo por situarse en sí mismo y fue entonces cuando tuvo necesidad de gritar: lo intentó y el ensayo le reveló la carencia total de instrumento para vivir. Un nuevo e incierto interés en seguir aquí se agotó en sí mismo y sucedió la nada.   

 

        Los bomberos, con muchos esfuerzos y tras darles diversos cortes a los retorcidos hierros, habían logrado extraer del coche un cuerpo destrozado. Lo depositaron en la cuneta y lo cubrieron con una manta térmica.  Se percibían, ya cercanos, los destellos luminosos y el ulular de una ambulancia.

 

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