Poema

Cecilio Fernández Bustos

 

EXORCISMO

    Por los escaparates desciende la niebla de su vestido blanco.

 

   No por cantar dulces canciones él amaba la presencia de aquellos ojos. Cuando las generosas formas  —princesas asustadas en el ámbito cósmico— murmuran  con su temblor difuso bajo el tibio zaguán que las cobija, él, con su mejor sonrisa, acaricia en los espejos la inútil letanía de los recuerdos.

 

   Ya lo había dicho Thomas Stearns Eliot: “Es Abril el mes más cruel…”

 

   Y en las pálidas horas, después de las tormentas, las superficies del sonido se alfombran de pétalos abortados y los cálices, roídos por la pátina suburbial de los deseos, contienen el extravío de la sangre.

 

   Las pequeñas incisiones de los sueños envejecen al ritmo de los gestos repetidos. Las manos, plenas de lucidez y amordazadas de silencios, imaginan habilidades y descienden a las luces del suicidio.

 

   La noche sigue alimentando los aullidos que succionan la herida y el deseo de los pájaros.

 

   ¿No veis como sube el magnífico eco de la locura?

 

   Las deserciones fueron proscritas y hay que aceptar el reto y el ocaso de los ojos. Deshabitemos los quicios de las puertas; dejemos coagular el símbolo.

 

   Toda revelación sucede en el vacío que dejan los aromas cuando el gemido es sólo un difuso resplandor. La caricia se conduce como un residuo del deseo e inutiliza el grito y su memoria. Queda un calor, color difuso en el crespón inútil y la palabra se quiebra en los extremos.

 

   Tal vez el bálsamo o la miel. Tal vez el pensamiento flor y la camelia; y la mentira estremecida en los tímidos estambres. Tal vez el cansancio de la hermosura. Tal vez las aguas de la tarde. Tal vez el rayo con su muerte. Tal vez.

 

   El tiempo de las sustancias, como signo, símbolo o desafío, hiriendo la levedad en el arrullo de las palomas. El tiempo como nítido relámpago varado en la exactitud de las presencias. El salmo, cristal azul, aún cálido en su vértigo, se resiste al incesante fluir de la materia.

 

   Convaleciente en la relajación de los prostíbulos, dios cansado, se deja seducir por la mirada. Con polvo alado de breves mariposas, su delicada pulpa bajo los torpes dedos del olvido, dibujaba sobre la barca varada en la arena y recordaba los nombres: —Dios está azul— dijo el poeta.

 

   El cansancio inmoviliza los deseos. El rito cumple el exorcismo de la luz. Más tarde el silencio, la locura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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