NO TEMAS, TE HEMOS COMPRENDIDO

Cecilio Fernández Bustos

 

Para Pepe Ortiga, que expone su sangre incorrupta en el Teatro Buero Vallejo de Alcorcón, en esta primavera-verano del año de gracia de mil novecientos noventa y siete.

 

                                    

                                                                             “Que en pálido moaré de las arenas,

                                                                              nupcial te conocía. Que en cárdeno alhelí

                                                                              mudábanse las algas, o eran acaso lenguas

                                                                              o caricias, o llameante pelo,

                                                                              o el apretado glande de una rosa.”

                                                                              Ana Rossetti

            

                                                                            

 

            Caminas por Madrid. Vas al encuentro del amigo que expone públicamente su obra. Que desnudo y abierto en canal, las vísceras en las manos, se ofrece ante este mundo extenso y exigente. Pese al calor que sube por las calles del verano, tememos por el hombre aterido en su desnudez y a la espera del abrazo del amigo que quiera confrontarse a su neurosis creadora.

           

            Música. Magia. Misterio que conmueve como una sinfonía germinal anterior a la palabra. Nos sentimos apresados, enredados en los hilos sutiles de la sorpresa. Emocionados, gozamos o, tal vez, sufrimos con nuestro amigo el dolor y el placer del acto creador; saboreamos el néctar de estas formas surgidas de una eyaculación de luz y tacto. Preexistentes, sí, pero absolutamente nuevas a nuestra contemplación virginal en el asombro.

 

            Un gran historiador del arte, Ernst H. Gombrich, afirmó que no existía el arte; existen los artistas. Cuando al contemplar una obra se produce esa vibración, esa entrañable emoción que exige de inmediato la presencia humana de un creador y que, no lo dudamos, habita cobijado en el objeto contemplado, en ese momento se produce el milagro de la recreación.

Estamos en presencia de una obra de arte. Y es ahí donde surge el deseo y, como le sucede a Ingrid Bergman con Roberto Rossellini, buscamos el rostro del creador, pues ya conocemos su alma. Por esta razón los grandes creadores se ven forzados a protegerse de la atracción que ejercen sobre el resto de los mortales.

 

            Y es en la trayectoria del hombre, Pepe Ortiga, donde radica la razón de este espectáculo de formas que hienden, anuncian y recrean un espacio genésico; donde nacen espejismos y nos sentimos mecer el hueso; ensoñación que, ahora sí,  nos ofrece el artista, Pepe Ortiga. Hay, cómo no, aridez de lucha y duda; no es fácil sobrevivir sobre el asfalto de la urbe y, además, pesan los ancestros; pervive el lejano cantar de las sirenas que nos anuncian la inmensidad del océano –El mar. La mar/ El mar. ¡Sólo la mar!-. Pero la mano del mago, del chamán, del brujo tribal está ahí, creando la superficie para el sueño donde ha de proyectarse el arco iris y todas las levísimas presencias que esta tarde de Julio han incendiado mi corazón.

 

            Esta muestra que descubrimos en Alcorcón es, a modo de resultado, lo que ha producido la alquimia de muchos años de experiencias y un gran deseo de pasar al otro lado del espejo. Porque, eso sí, Pepe, tanto el hombre como el artista, supera el absurdo de los pequeños detalles y de las vanas puerilidades de los estilos y nos rompe el ritmo y los esquemas. Surge de este modo, frente a fútiles salmodias y letanías, el más excelente heterodoxo. Y de su mano descubrimos que las cosas no son lo que parecen: Esa tabla labrada por la herramienta mecánica y pulida por las suaves redondeces de unas manos, femeninas ciertamente, no es una tabla de lavar, sino el alma de un tiempo que ya sólo existe en la contemplación de ese objeto que Pepe, ejerciendo el sagrado oficio del artista, nos ofrece en esta Altamira de la modernidad. Estamos ante un mundo que resuena y rebota en los límites del gran depredador; aquel que todo lo devora y todo lo defeca en un inmenso túmulo de desperdicios. De ahí el compromiso que establece este nuevo mirar y ver la otra realidad, aquella que nuestro artista ha descubierto al otro lado del objeto.

 

            Porque aquella cosa, que hoy destila belleza, sería sólo materia muerta en la escombrera, ni tan siquiera reflejo. Y es que la mirada que en ella se posaba, era una mirada muerta; mirada incapacitada para descubrir otra casa que el mutilado desecho de la megápolis; el excremento inútil de esa inmensa termita que es la ciudad deglutiendo incesantemente, no sólo la materia orgánica e inorgánica, sino los sueños, las fantasías, los deseos. Así, la mirada sabia de nuestro artista nos conduce por el apasionado laberinto, río profundo de la generosidad plástica, de la expresión transformadora.

 

            ¿Por qué esperar que el tiempo haga el milagro?; en todas las esquinas puede dormir una piedra del sol, un grito petrificado, una gota de ámbar. Tuviste que ser tú, Pepe Ortiga, quien, subiendo por las calles con las manos llenas de quimeras, nos mostraras una Babel cribando el mar; o las múltiples exquisiteces del sexo a cuatro patas; o el sublime recalentón de los huevos, subidos sobre la estúpida libertad de expresión convertida en espuma marina. Y es que, como dice un personaje de Lawrence Durrell, “Si las cosas fueran siempre lo que parecen, ¡qué empobrecida quedaría la imaginación del hombre!”

                                                              

                                            

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