EN LA PINTURA DE MANUEL BUSTOS

Cecilio Fernández Bustos

 

Como quiera que en otro tiempo —hoy memoria— ya intentara escribir sobre la pintura de Manuel Bustos, reincidente yo, abro los ojos, de par en par, y me sumerjo en el rincón, habitado por la música callada, de los enigmas de la luz y sus lenguaje. Aquí, en este claustro misterioso, como a una perla, contemplo y trato de acariciar la fértil envoltura de esa luz o brote de ternura derramada.

 

         Luego, el artista, como presencia tibia, está ahí y, estando él, está su obra. Y nosotros, que miramos, nos descubrimos en el intento de desvelar lo desvelado. Es decir, descubrimos lo que, a nuestro entender, puede ser elemento clave en este pintor y en su pintura. Yo también, compartiendo opiniones de otros muchos, creo que Manuel Bustos ha descubierto, más cierto, ha inventado la conjunción magnífica de mirar y ver. Y el pintor ve y nos muestra en sus cuadros su visión: la luz velada por el párpado del ensueño. Y es así —comunicación o comunión— como se crea una realidad, donde se aman, con exquisito gesto, los silencios de la luz y la armonía plástica.

 

         Pintura libre y autosuficiente, sin limitaciones o, tal vez, forzando la cercanía del límite, aproximándose al otro lado del espejo, donde Alicia, sorprendida, se afana agilizando la plenitud del recuerdo que nutre la memoria. Sorprendidos en nuestro mirar, descubrimos una pintura que, anudando genésicamente la contradicción, se nos ofrece, al mismo tiempo, plena de enigmas y transparente como ese contraluz que soporta el paisaje imaginado.

 

         La pintura de Manuel Bustos, contemplada con sosiego, nos transporta desde un tiempo para la memoria, donde no cabe mutilar y degradar el recuerdo, al mundo de los sueños. Y éstos se presentan incesantes en su cambio de apariencia, donándonos la imagen que, el pintor, lleva en si mismo.

 

         Al descubrir el trasmundo de esta pintura nos sabemos cómplices con el artista y se establece —tal vez la comunión— el rito por el que el cuadro se transubstancia en instrumento-objeto de belleza y se extiende ante el mirar como éxtasis o plenitud. Así entendida, la pintura que se ofrece a la contemplación en esta muestra y eleva a inagotable la significación de una realidad creada, inventada por el artista. Y, desde esta placidez de mirar y ver la luz como silencio, evocamos un vivir en otro tiempo, en otro paisaje, en otro deseo.

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         Por ello, cuando nos ocupamos en la contemplación de estos cuadros, como cuando leemos un poema, deberíamos hacer un esfuerzo por desmontar los esquemas psíquicos, inducidos desde innumerables crónicas de tanta muerte anunciada por los medios de comunicación.

 

         Y seguiríamos así, interminablemente, tratando de explicar la diferencia, afirmando y negando al mismo tiempo. Pero, como dijo Juan Ramón Jiménez, “más tiempo no es más eternidad”.  

 

 [1] Texto publicado en el catálogo de la exposición celebrada por Manuel Bustos en Toledo, Sala de Exposiciones “Greco”, en Octubre de 1992

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