LA HUERTA

Cecilio Fernández Bustos

 

Las nieblas de noviembre han caído sobre las calles y Aranjuez huele a manzanas de guardillón. Allá por las huertas del Rebollo, con los primeros fríos, las coles se aprietan en sus cogollos. Alguien, en la Calle de la Princesa, ha prendido fuego a un montón de hojas secas y un humo dulzón se abre paso entre la niebla aromatizando un crepitar de recuerdos que deambulan por las calles del tiempo. La recolección ha terminado; de los frutales penden los últimos frutos y unas ramas cansadas de soportar una hermosa y abundante cosecha. Es otoño y la tierra se prepara para albergar nuevas semillas; el arado abre nuevos surcos haciendo rodar la tierra, mansamente, a ambos lados de su afilada cuchilla.

          Desde tiempo inmemorial el Tajo y el Jarama, a los que se une el Tajuña, han ido, a un mismo tiempo, labrando y enriqueciendo con fértiles limos un valle amplio y sereno donde avanza la vida. Aquí el hombre construyó su casa y alimentó a su prole. Aquellos limos dieron estas magníficas tierras y la sabiduría popular, que hasta el gesto define, hicieron una huerta rentable, plena de deliciosos frutos para saciar la sed de tantos labradores como han sido.

          No fuera un espejismo de Austrias y Borbones. Aranjuez es huerta, cultura de la tierra, sonrisa luminosa de un suelo agradecido a las caricias del hombre. Por esto, las huertas de Aranjuez han ilustrado al mundo con sabores exquisitos y han iluminado con colores púrpuras las mesas mejor surtidas. Huertas de frutales y hortalizas que han llevado el nombre de Aranjuez por todo el mundo. Peras de agua, manzanas de verruga y verdedoncella, ciruelas claudias y, sobre todos, los tres productos que han reinado en estas huertas: la fresa, el fresón y el espárrago. No cabe ninguna duda,  la fresa ha sido la reina de las huertas de Aranjuez. No confundirlos, las fresas son esos frutos diminutos y frágiles que deben recolectar unas manos femeninas; frutos de un dulzor extraño, lejanamente amargo y con matices tropicales como de mango y guayaba. Cuando hacia el quince de Mayo, fiesta de San Isidro, se recolectaban los primeros frutos, todo Aranjuez se aromaba con un perfume entrañable.   

          Y de este andar por húmedos labrantíos, riberas del Tajo y del Jarama, bajo árboles de frutos transparentes y de hojas brillantes y canoras con las primeras brisas de la tarde, surge el relevante matiz en la fisonomía de los ribereños, ya que los hombres también somos paisaje. Las gentes de Aranjuez tanto y tanto han majado la tierra, tanto y tanto la han volteado, tanto y tanto la han exprimido los zumos, que la tierra se ha hecho forma y presencia en los labradores: sólo sus manos y la caricia mítica del agua, fecundándola, ha hecho brotar de estas tierras tanta maravilla.

         Las huertas de Aranjuez, hoy como ayer, siguen mostrándose espléndidas y prolíficas. Y ciñéndole al Tajo la cintura, se aprietan en un perenne trajinar de coles y alcachofas, de trigos y manzanas, de nobles y dulces frutos. Huertas donde las gentes del campo, bajo el sol o las heladas, siguen buscando que el hombre y su paisaje se integren en permanente intimidad. 

  [1] Publicado en: Guía de Aranjuez: el real sitio, la ciudad, el paisaje.- Editorial Doce Calles / Aranjuez, 1999
Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo De este caminar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s