Hablar en público

Cecilio Fernández Bustos

Para Alberto Bustos

La dialéctica de lo pensado acaba objetivándose en la lógica de lo dicho.

Emilio Lledó

Mi amigo, Alberto Bustos Plaza, tiene un blog singular: «Blog de Lengua Española» (http://blog.lengua-e.com/). Con esta herramienta, brillante y sutilmente pedagógica, mi amigo difunde amplios y profundos conocimientos de nuestra lengua, desde las más elementales normas gramaticales a los más sabios conceptos lingüísticos, sus textos son un amplio solar donde la didáctica va posando información clara y elocuente, construyendo una ciudad, tal vez un mundo, con sus edificios, calles y jardines que nos ayudan no solo a conocer la conceptualización, sino a practicar en nuestro decir oral y escrito con perfección y singularidad.

          El profesor se sirve de diez principios fundamentales —tal vez normas— para decir un buen discurso, con la premisa de ser bien entendidos y atendidos por un auditorio. Sus diez principios pueden ser compartidos, sin duda alguna, pues se sustentan en la lógica y en la tradición del bien decir y del buen comunicar. Hasta ahora, en el «Blog de Lengua Española» hemos tenido la oportunidad de leer el desarrollo de cuatro de estos principios: Fallos en una exposición oral: Hablar hasta que te retiren la palabra; Fallos en una exposición oral: No mirar al público; Fallos en una exposición oral: El baile de san Vito; y Fallos en una exposición oral: Leer. Luego quedan pendientes seis de las diez propuestas que, a no dudarlo, nos gustaran tanto como nos han gustado estas cuatro que ya hemos tenido la oportunidad de leer y disfrutar.

       Dentro de sus propuestas, amplias y especificas, de vez en cuando nos agita con proposiciones que, yo no lo dudo, se inspiran en la competencia propia del oficio de profesor. Acabo de leer la cuarta, me refiero a la entrada en el blog con fecha 12 de julio del año en curso, en la categoría lengua oral, bajo el título Fallos en una exposición oral: Leer. Su presentación comienza diciendo lo siguiente: «Estamos acostumbrados a verlo: un orador que se aferra a unas cuartillas y nos suelta su discurso sin despegar las narices del papel. Lo vemos en el Congreso, lo vemos en juntas de accionistas, lo vemos en el pregón de las fiestas del pueblo… Lo vemos en tantos sitios que ya casi nos hemos acostumbrado».

            El asunto no solo me interesa, sino que ha sido uno de mis grandes caballos de batalla a través de mi historia personal y mi presencia en la sociedad, pues, desde muy joven, superando todo tipo de dudas y temores, me he venido confrontando a públicos, pequeños y numerosos, incluso muy numerosos en algunas ocasiones, con las artes y habilidades propias del autodidacta. He sabido de la existencia de grandes oradores, desde la Grecia de Demóstenes y la Roma de Cicerón a nuestros días donde son múltiples las voces que, desde la esfera pública o académica, nos conmueven, con especial referencia a las tribunas parlamentarias y a las cátedras universitarias —la tecnología moderna nos facilita el acceso a estas intervenciones, pues no es difícil tener la oportunidad de escuchar a los mejores por Internet [1]—. También he sabido de la existencia de grandes y elocuentes charlistas, capaces de embaucar a los más relamidos asistentes a las ágoras más diversas. Y, como tantos de mi generación, desde niño hasta la juventud me he visto atribulado o encendido con el martillo la oratoria sagrada, en ocasiones colgada de un balcón y amenazante, convirtiendo la Semana Santa de Aranjuez en un puro dolor. Hubo un tiempo en que mi interés me llevó a consultar textos milagrosos y reuní una numerosa colección. Así supe de un obispo que, en Estados Unidos, desde la pantalla de la televisión, hacia alardes de una elocuencia sublime y convincente; por mi madre supe, cuando era solo un niño, de la elocuencia de Federico García Sanchiz y han sido muchas las ocasiones en las que yo mismo, me he quedado como pájaro frente a serpiente, ante la elocuencia y brillante disertación de todo tipo de gentes, algunas muy cercanas. No siempre han sido los discursos académicos de humanista o científicos, los pronunciados por gentes bien formadas para la oratoria, los que más me conmovieron, sino que fueron aquellos que escuché de las bocas de autodidactas, cercanos a mi pensar y sentir, dirigentes del movimiento obrero, sindicalistas o dirigentes políticos.

          Nunca he sido una figura brillante, pero he llegado a defenderme y si bien no he sido capaz de envolver, como si de una croqueta se tratara, el conocimiento o percepciones en la elocuencia de la envoltura, si he logrado la atención y el entusiasmo de mis oyentes en no pocas ocasiones y en otras, ¡claro está!, el más radical desacuerdo. Así, creo haber dejado siempre claros aquellos conceptos que me llevaron a la tribuna o me impulsaron a levantar la mano pidiendo la palabra. Concentración y disciplina y, ¡cómo no!, información y elaboración. Estas han sido mis principales armas, junto a una apertura anti-dogmatica para conocer y entender las ideas y los pensamientos de los demás.

         Ahora sí, tras este breve preámbulo de presentación, llegamos al momento de divergir un poco, tal vez no estoy hablando de discrepar, sino de introducir en el discurso del amigo una nota que nos permita ampliar el concepto y sé, porque lo hemos comentado, que estamos de acuerdo o muy cerca del acuerdo en lo que voy a decir. Ello es que, en ocasiones, es absolutamente imprescindible leer el discurso o parte del discurso y es cierto que no siempre somos capaces de leer bien. Me explico, el soporte de la oratoria de ‘a pecho descubierto’ se apoya en tres elementos fundamentales que deben aparecer juntos e íntimamente entrelazados. Me refiero, en primer lugar a un amplio conocimiento de aquello de lo que se va a hablar; en segundo lugar, hablaríamos de la técnica del discurso, del arte de informar, convencer, comprometer; y, por último, estaríamos refiriéndonos a algo tan elemental, pero al mismo tiempo tan importante, como la memoria —la memoria del saber acumulado y especialmente la memoria inmediata (seguro que os ha sucedido muchas veces: pero, ¿cómo se llama aquel…?)—. Así, pues, bueno es hablar sin leer, como hablamos en la tertulia, entre amigos. Pero enfrentarse a un auditorio, no solo con oficio, sino con garra y arte, requiere, en muchos casos, superado el calor de la improvisación de la presentación, donde el orador ha tomado el pulso al auditorio que lo escucha, servirnos de cuantos elementos puedan ayudarnos: anécdotas, proyecciones, lecturas, animación corporal —nunca baile de san Vito— Y la lectura, leer el discurso, suele ser, en múltiples ocasiones, el único recurso posible.

          En mis recuerdos cobijo a muchos oradores brillantes con los que he tenido ocasión de coincidir a lo largo de mi vida: filósofos, profesores, clérigos, sindicalistas, políticos, hombres y mujeres autodidactas. Unos han dicho su discurso y han contestado a cuantas interpelaciones les han hecho de forma brillante y convincente; otros han leído con atención lo que decían y ponían todo el énfasis de su saber estar en la forma de decirlo. Los hubo provocadores, con las miradas y con lo dicho, los hubo humildes y los hubo pedantes. Escuché a los que hablaban con el alma y a los que, meros actores, se limitaban a interpretar. Pero en este hermoso conglomerado de la palabra hablada, siempre encontré en aquellos a los que escuché y busqué para mí decir, el ensalmo de la belleza y la sinceridad. Creo, pues, que la apoyatura en un texto que nos permita leer con claridad, es siempre mejor que salir a la plaza pública sin saber que decir o sin la oportuna memoria dispuesta hacernos el quite preciso en el momento oportuno.

          Un orador excepcional seguramente lo fue Federico García Lorca. Elocuente, sincero, conmovedor y brillante. Siempre que me acerco a su conferencia sobre el duende o, para ser más exactos, aquella titulada «Teoría y juego del duende», un escalofrío de emoción me recorre el cuerpo. Y es que García Lorca incorporaba a su elocuencia un elemento que yo me atrevería a incorporar a la relación de los diez principios de Alberto Bustos. Me refiero, ¡claro está!, al arte; sí, a eso mismo, «al duende».

         Desde este blog que no pretende ser didáctico y considera virtud cierto atisbo de frivolidad, me atrevo a reivindicar la validez del discurso leído y, ¡cómo no!, también el interpretado y en este orden de cosas hago mías las palabras de José Manuel Caballero Bonald cuando, en la recepción del Premio Cervantes, el pasado mes de abril, leyó: «Ya me corregirá el profesor Francisco Rico si me equivoco, pero esas andanzas medio enigmáticas de Cervantes, esas huidas imprevistas, tantas vaguedades, zozobras, cautiverios, vienen a trazar como la síntesis biográfica de un perdedor, de un hombre de azarosos lances, casi de un aventurero que, como don Quijote, fue acumulando decepciones, fracasos, desdenes. Pero nunca, sin embargo, renunció a ir macerando en la memoria su más universal empeño creador: el que hizo de la libertad un fecundo condimento literario. Basta una simple ojeada al esplendor polifónico de su gran novela para entender que todo lo que tuvo de infortunada la vida de Cervantes, acabó encontrando una justiciera contrapartida en esa manifestación suprema de la propia libertad que es la palabra».

[1] http://www.youtube.com/watch?v=wKI93aQyktM

Ricardo, Cecilio, Alberto y Enrique. Presentación del libro "Una infancia en Aranjuez allá por 1970" / Editorial Dikiturt / Cáceres, 2013

Ricardo, Cecilio, Alberto y Enrique. Presentación del libro “Una infancia en Aranjuez allá por 1970″ / Editorial Dikiturt / Cáceres, 2013

About these ads

2 comentarios

Archivado bajo De colección

2 Respuestas a “Hablar en público

  1. Pedro Santiago

    Más que gracias, Cecilio

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s