Cecilio Fernández Bustos
OFELIA
Cuando la intención subía en aquel montacargas de juguete, yo ignoraba la respuesta. Todo el reducido espacio que ascendía hacia un cielo prefabricado por la ilusión, se estremecía de júbilo. Se dejaba llevar por un débil motor de cartón piedra y subía, subía, subía.
melancolía de una tarde
yo jugaba con mi espada de madera
y tú no habías nacido
pero naciste y fuiste
vida y muerte
en una tarde
y te mecieron las aguas
de un gran río
—tal vez fuera un arroyo—
y te adornaban flores
la cintura y el pecho
y mi espada de madera
atravesaba imaginarios corazones
y me clavaba espinas
en los dedos
y me dejaba matar
junto a aquel río
donde tú y las flores
luego oía cantar
al ruiseñor de Oscar
y me moría de verdad
¡AY, QUÉ ME MUERO!
Pero una voz perenne de viento sin sentido
me clava en las entrañas este dardo
de sol y paz: ¡Espera!
Juan Ramón Jiménez
¡Ay, qué me muero!
Sáname, por favor,
con la miel de tu boca
y la luz de tus ojos.
¡Sáname, qué me muero!:
pon en mi pecho
el agua milagrosa de tus manos
y en mi boca
el lucero encendido de tus besos.
¡Ay, qué me muero!
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Cecilio: maestro de muertes y de ritmos, me congratulo por participar esta mañana, bajo el sol del invierno, de estos dos poemas que ofrecen un ámbito de luz para regocijo del alma. No se muere del todo -o sí, pero no importa-, porque la muerte trasciende la vida y nos instala permanentemente en el recuerdo de quienes nos precedieron en ese río de la vida -tumultuoso o plácido, eso ya no depende ni siquiera de uno-. En ese río de vida queda la impronta de los buenos sentimientos que nos legaron quienes nos amaron con ese desinterés que nunca fingen los honrados, como tú, Cecilio, esta mañana, hecho sol para mis palabras que regresan del frío. Un abrazo.
Carlos:
Tus comentarios a mis trabajos, en este blog, son siempre muy gratificantes para mí. Manifiestas un ritmo y un gesto creador en cuanto dices y escribes, virtud del creador. Y es que, más allá de la amistad y por encima de lealtades, hay en ti una veta de generosidad que me alcanza. ¡Vale la pena la amistad, cuando en el camino se tropieza con amigos!
Leo con atención las entradas de tu blog y ahora ando encandilado con “El sueño de Laura”. Ya te contaré.
¡Muchas gracias!
Un abrazo,
Cecilio
Cecilio: Me gusta leer lo que escribes también porque tienes un sentido positivo de la vida. Hoy he escuchado que las obras literarias dramáticas tienen mejor acogida que las historias felices. Si Neruda maduró dejando atrás la tristeza por la alegría y tú también (con la espada de madera) veo más color en el mundo resquebrajado. Y es verdad que hay muchas historias alegres y tú las cuentas hoy con l e v e d a d, virtud de los buenos poetas. Adelante a mandobles CFB..pero sin morirse..!. Un enorme abrazo, Daniel
Daniel:
Aunque en el poema de Ofelia, la espada de madera es sólo una metáfora de la ingenuidad del neófito, no deja de ser cierto que también pueden herir esas armas infantiles —con las que tanto jugué en tiempos sin juguetes industriales—y no solo clavando espinas. Pero tu comentario, Daniel, amigo, no es metáfora para causar heridas, al contrario, es cántico que alienta y da satisfacción.
Y al fondo Neruda y uno de sus poemas que más nostálgicos recuerdos me trae, lo puso música y lo cantaba Luis José Leal, allá por 1968: “Te recuerdo como eras en el último otoño. / Eras la boina gris y el corazón en calma. / En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo. Y las hojas caían en el agua de tu alma.”
Gracias, Daniel.
Un abrazo,
Cecilio
Cecilio: el invierno y la muerte, qué razón tienes; pero ¿qué mejor manera de preparar el terreno para cuando tenga que romper la primavera?
Un abrazo desde las tierras donde el invierno es más suave.
Alberto:
Ayer anduve por el Jardín del Príncipe. Hacía un frío intenso e incómodo que, pese al sol, no te permitía gozar del espectáculo, ¡todo un clamor de brazos desnudos, alzados hacia la luz y, tal vez, buscando un breve rescoldo de calor! Buscábamos, Loli y yo, un arbusto que florece en invierno y que produce una fragancia exquisita y excepcional —aroma de invierno—, que suele utilizarse en perfumería. Me refiero al macasar, no es abundante aquí, aunque es famoso en Granada. Si lo buscas algún día lo encontrarás en los Chinescos.
Sí, amigo mío, vendrá la primavera y seguirán los pájaros cantando.
Un abrazo,
Cecilio