La literatura constituye un ámbito amplio y abierto: todo cabe. No obstante, el arte de escribir está poblado de elementos técnicos, de figuras, de formas. Así, el arte de decir se convierte en un bosque complicado y agónico donde encontrar el camino para una expresión acertada puede resultar, para quien lo intenta, una situación muy angustiosa. De otra parte, el acierto puede llenar de satisfacción a quien lo logra. De ahí que el de escribir sea un oficio peligroso para quienes lo intentan.
Se escribe para comunicar, pare expresar, para contar, para decir, para crear y también, como no podía ser menos, para comprender a los demás y comprendernos a nosotros mismos. No pretendemos ser excesivamente categóricos, pero sí, es preciso, claros. Hay en todo esto un hálito, posiblemente muy sutil, de polemizar y transgredir desde dentro del propio discurso. Todo intento de expresión literaria es siempre un esfuerzo personal que busca, para dialogar con él, un interlocutor. Esfuerzo doloroso muchas veces porque el interlocutor no se manifiesta, no está y hay que llamarle con susurros o con gritos. Hay que dar aldabonazos a su puerta con un lenguaje que entienda y que le emocione, o le agite y le fuerce a revelarse.