Dar las gracias 11: Así comienza…

Cecilio Fernández Bustos

 

Son muchos los autores que consideran fundamental para el desarrollo de la obra el comienzo de esta. La urdimbre del primero o de los primeros párrafos ha de sonar como un acorde de llamada: mirad, aquí esta lo que buscabais. Y no son pocos los críticos que se quedan ahí, en el primer párrafo. O, por el contrario, aquellos otros que se ven cogidos desde el primer momento en el relato solo por esas primeras palabras. Hay autores que en el primer párrafo, nos hacen el resumen general de la obra con toda clase de detalles sobre el personaje central, acaso sea este el primer párrafo de Don Quijote de La Mancha. Otros, por el contrario, lo dejan todo por decir, como Camus en El extranjero: Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer; no sé. He recibido un telegrama del asilo: «Madre muerta. Entierro mañana. Sentido pésame. Esto no quiere decir nada. Podía ser ayer.

         Desde hace algunos años vengo coleccionando los comienzos de algunos libros, especialmente relatos, que voy leyendo y que me dejan señalado con una ligera o profunda huella. No deja de ser una caprichosa peripecia personal. Sin embargo a lo mejor tiene algún interés para los lectores de este blog y por ello, en el contexto de dar las gracias, empiezo hoy la publicación de Así comienza, el equivalente a Erase una vez… 

         Mi peripecia personal con los comienzos de algunas obras se ha encontrado recientemente con un libro de Amos Oz, La historia comienza. Ensayos sobre literatura.[1] El escritor israelí se enfrenta sin excesos al análisis del comienzo de las historias que narran algunos autores y aprovecha para hacer una introducción, en cada caso, a ese mecanismo tan complejo que hace de un relato una obra de arte. En mi caso voy a dejar caer algunos de los textos que he ido seleccionando y que habitan un recóndito lugar en mi memoria. Son fragmentos de obras leídas y gozadas. Oz, además de ofrecernos el texto de otro autor, acompaña su comentario. No es mi caso, los texto no tendrán más apoyo que su excelsa dignidad y yo no tendré en cuenta ni las exigencias cronológicas.

         En primer lugar, no me sustraigo a la tentación de empezar con uno de los libros que más lectores ha reunido en torno a su obra, me refiero a Cervantes y su Ingenioso Hidalgo

Así comienza…

 

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra

 

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sallo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobre nombre de Quijada, o Quesada, (que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben), aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y de todos, ninguno le parecía también como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intricadas razones suyas le parecía de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».

 

***

 

La Regenta

Leopoldo Alas “Clarín”

 

         La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles…

 

***

 

El amor en los tiempos de cólera

Gabriel García Márquez

 

         Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.  

 

***

Justine: El cuarteto de Alejandría

Lawrence Durrell

 

         Otra vez hay mar gruesa, y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos…

         Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra “refugiado”. Los isleños dicen bromeando que sólo un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, si se prefiere, que he venido aquí para curarme…

 

***

 

Moby Dick

Herman Melville

 

         Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en la bolsa y sin nada de especial interés que me retuviera en tierra, pensé que lo mejor sería darme a la mar por una temporada para ver la parte acuática del mundo. Es una manera mía de combatir la melancolía y regular la circulación de la sangre…

 

***

 

La peste

Albert Camus

 

         Los curiosos acontecimientos que forman el tema de esta crónica se produjeron en Orán en 194…; según el parecer general no encajaba bien allí, ya que se salían un poco de lo ordinario. A primera vista Orán es, en efecto, una ciudad corriente, una simple prefectura francesa de la costa argelina.

 

***

 

Pedro Páramo

Juan Rulfo

 

         VINE a COMALA porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que me costó trabajo zafar mis manos de sus manos muertas.

 

Invierno en el jardín del Príncipe (Aranjuez / fotografía de CFB)

 


[1] Amos Oz. La historia comienza. Ensayos sobre literatura. Siruela. Madrid, 2007

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Dos poemas de invierno

Cecilio Fernández Bustos

 

El río que nos lleva (CFB / Aranjuez, 2011)

 

 

OFELIA

       Cuando la intención subía en aquel montacargas de juguete, yo ignoraba la respuesta. Todo el reducido espacio que ascendía hacia un cielo prefabricado por la ilusión, se estremecía de júbilo. Se dejaba llevar por un débil motor de cartón piedra y subía, subía, subía.

                           melancolía de una tarde
                           yo jugaba con mi espada de madera
                           y tú no habías nacido
                           pero naciste y fuiste
                           vida y muerte
                           en una tarde
                           y te mecieron las aguas
                           de un gran río
                           —tal vez fuera un arroyo—
                           y te adornaban flores
                           la cintura y el pecho
                           y mi espada de madera
                           atravesaba imaginarios corazones
                           y me clavaba espinas
                           en los dedos
                           y me dejaba matar
                           junto a aquel río
                           donde tú y las flores
                           luego oía cantar
                           al ruiseñor de Oscar
                           y me moría de verdad
 

 

Sol de invierno (CFB / Aranjuez, 2010)

 

 

¡AY, QUÉ ME MUERO!

 

                Pero una voz perenne de viento sin sentido
                me clava en las entrañas este dardo
                de sol y paz: ¡Espera!
                Juan Ramón Jiménez
 

 

¡Ay, qué me muero!
Sáname, por favor,
con la miel de tu boca
y la luz de tus ojos.
¡Sáname, qué me muero!:
pon en mi pecho
el agua milagrosa de tus manos
y en mi boca
el lucero encendido de tus besos.
¡Ay, qué me muero!
 
 

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Dar las gracias 10

Cecilio Fernández Bustos

        El que espera desespera,
dice la voz popular.
¡Qué verdad tan verdadera!
        La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.
Antonio Machado

 

Sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen.

Tony Judt
Algo va mal

***

Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes.

Pascal Bruckner
La tentación de la inocencia

***

Las cosas existen para existir, eso es todo. Sólo que los escritores tenemos la obligación especial de decirlas. Estamos aquí para decirlas.

Álvaro Pombo

***

Se juzga por lo que se hace, no por lo que se dice.

Antonio Gramsci

***

Si no esperas, no te sobrevendrá lo inesperado.

Heráclito el Oscuro (Citado por Juan Carlos Onetti en su discurso de recepción del Premio Cervantes)

***

Yo quiero vivir en un mundo sin excomulgados. No excomulgaré a nadie. Quiero vivir en un mundo en que los seres sean solamente humanos, sin más títulos que ése, sin darse en la cabeza con una regla, con una palabra, con una etiqueta. No quiero que nadie sea perseguido. Quiero que la gran mayoría, la única mayoría, todos, puedan hablar, leer, escuchar, florecer. No entendí nunca la lucha sino para que ésta termine. No entendí nunca el rigor, sino para que el rigor no exista. He tomado un camino porque creo que ese camino nos lleva a todos a esa amabilidad duradera. Lucho por esa bondad oblicua, extensa, inexhaustible. Me queda sin embargo una fe absoluta en el destino humano, una convicción cada vez más consciente de que nos acercamos a una gran ternura. Escribo conociendo que sobre nuestras cabezas, sobre todas las cabezas, existe el peligro de la bomba, de la catástrofe, pero esto no altera mi esperanza. En este minuto crítico, en este parpadeo de agonía, sabemos que entrará la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Y esta esperanza es irrevocable.

Pablo Neruda
Confieso que he vivido

***

—Mira, Carlos— decía Suso cuando se ponía serio, cosa que cada vez hacía ya menos—: Sólo se escribe de lo que se tiene o de lo que se ha perdido. O sea, se escribe sólo desde el deseo o desde la memoria. Porque el presente se vive, no se escribe. Por eso hay que elegir entre vivir la vida o contarla… O entre vivirla o pintarla, claro, en tu caso.

Julio Llamazares
El cielo de Madrid

***

…Por eso subsiste el deseo también allí donde la voluntad no puede ya cambiar nada…

Ernst Bloch
El principio de esperanza

***

Nadie tiene tantos enemigos en el mundo como un hombre recto, orgulloso y sensible dispuesto a abandonar a las personas y a las cosas por lo que son, más que a aceptarlas por lo que aparentan.

Chamfort
Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas

 

Invierno en Aranjuez (fotografía CFB)

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Pasan lentos los días 23

Cecilio Fernández Bustos

                                              

                                               Gota pequeña, mi dolor.
                                               La tiré al mar.
                                                                                              Al hondo mar.
                                               Luego me dije: «A tu sabor,
                                               ¡ya puedes navegar!»
                                               Mas me perdió la poca fe…
 
                                                                                              La poca fe
                                               de mi cantar.
                                               Entre onda y cielo naufragué.
 
                                               Y era un dolor inmenso el mar.                    

 

                                               Dámaso Alonso

 

Ramillete 23                                              

330) La elasticidad del junco facilita el movimiento y evita la ruptura. Aunque tu cabeza sea pesada, si la soportas sobre la flexibilidad de la conciliación y del respeto, aunque te dobles, es probable que solo la muerte pueda romper tus convicciones. Y nunca olvides que todos tenemos convicciones.

331)     La tierra prometida debería ser siempre tierra de la esperanza. Cuando la tierra carece de esperanza, en qué se queda la promesa.

332)    De esta forma, con cierta lentitud y sosiego, avanzamos sobre la vida y nos dirigimos, vadeando el río, hacia el ocaso. Tal vez, el ocaso, no sea siempre el final.

333)     También en la duda habita la belleza.

334)    Se van pero vuelven en tropel o torbellino, los recuerdos están ahí, agazapados, como sombras. Conviene tener, como el cazador, un cimbel que al agitarse los convoque.

335)    Los sueños no, los sueños caen de forma inesperada, como la lluvia de primavera, tormentosos y, en ocasiones, hacen daño. El problema de los sueños es que no huelen a nada y es ahí donde se nutre su ausencia. No obstante, hay sueños bonitos, esperados e incluso buscados.

336)    ¿Qué se puede hacer con un dólar o con un euro, que lo mismo da? Dicen las crónicas y los estudios demográficos y económicos que, con un dólar o un euro, que lo mismo da, al día, subsisten mil doscientos millones de personas. En tanto andamos mareados con los miles de millones de euros que se reparten en Europa para tapar los agujeros de la bancarrota de los explotadores.

337)    ¿Quiénes colocaron los misterios debajo de las piedras? ¿Acaso el arte, despojado del becerro que todo lo ensucia, podrá darnos la respuesta?[1]

338)    No es mala práctica la de esperar, pero puede que sea mejor la de salir al encuentro de lo esperado.

339)    Si aprendemos a escuchar, ¡no os quepa ninguna duda!, aprenderemos a respetar.

340)    No lo dudes, para cocinar bien los deseos, debes utilizar la cazuela de la ambición.

341)     No es la sangre o el oxígeno que transportan vida a nuestros tejidos. No es el agua, ni el sol que nos nutre y caliente: es la palabra la que otorga poder y da la vida.

342)    Hay quien está dispuesto a morir por ser protagonista en todas las historias sociales que se cuecen en su entorno. Siempre críticos, sumergidos en sus más elementales contradicciones, no aciertan a medir el riesgo de apostar toda su vida, como hacen otros, en la búsqueda de una salida.


[1] Pascal Bruckner.- Como si supiera lo que va a encontrar, esta línea de pensamiento levanta cual piedras los objetos culturales y económicos para descubrir debajo los misterios colocados por ella misma. Miseria de la prosperidad. Tusquets / Barcelona, 2003

Ya es invierno en Aranjuez (Fotografía CFB)

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Tierra con pan

Tierra con pan[1]

Enrique Jiménez

  

Cecilio Fernández Bustos

 

Evita que mañana se deshaga
todo lo que tú mismo
pudiste no haber hecho ayer.

            Ángel González

 

Conocí a Enrique Jimenez hace cuatro o cinco años. Fue en la emisora municipal, en una de aquellas emisiones que, bajo el nombre de Abanta, presentaba y diría Juan Carlos Jiménez, profesor del Taller literario de la Universidad Popular. De Enrique, me llamó la atención su seguridad ante el micrófono y su excelente voz para decir los poemas que leía, tanto los propios como los de otros poetas.

         Enrique Jiménez, hace unos días, me ha entregado un libro titulado TIERRA CON PAN. Recién salido del rescoldo de las máquinas de imprenta, un libro es siempre una tentación que nos libera de otras ocupaciones. Si además consigue conmovernos, es posible que hayamos encontrado un nuevo amigo.

         Escribir sobre un libro nuevo y además, como en este caso, el primero de su autor, resulta siempre arriesgado. Arriesgado porque una primera lectura supone una cierta inseguridad. Los poemas, como la música, requieren una reiteración en la lectura, hay que escucharlos varias veces hasta poder amarlos. Además, importa percibir que se trata de poesía, lo que, en este caso, nos ofrece Enrique Jiménez y cómo, a nuestro entender, esa sustancia íntima, al utilizar la materia del lenguaje, se nos ofrece en objeto artístico. Sí, el poeta trata de integrar e integra en los poemas del libro que leemos, el fluir incesante de sus emociones y su elaborada experiencia con los sonidos expertos del lenguaje. Y es de esa integración, de donde surge la creación artística, la voz de un poeta que, ¡no lo dudamos!, conmoverá al lector.     

         He leído con interés y placer los poemas de Tierra con pan, y he intentado entenderlos y colocarlos en el ámbito de los objetos cercanos y reconocibles. Y al leer, he podido establecer las posibles señas de identidad de estos poemas y nombrar los ecos de la voz que los sustenta. De este modo he buscado entablar diálogo con el autor y situarme en el quicio de la puerta por donde, desde el escenario ancestral del norte de Cáceres y de Las Hurdes, ha llegado hasta el Aranjuez urbano de nuestros días. Paisaje por paisaje nada tienen que envidiarse aquella y esta tierra, incluso ambas propiciaron el apetito por la caza de los príncipes. Sí hay una diferencia, ¡no tan pequeña!, las castañas de la infancia extremeña de Enrique, no son como las castañas que contempla el autor en los jardines de Aranjuez.

         Enrique Jiménez publica su primer poemario, Tierra con pan, a una edad tardía para los poetas. A estas alturas de sus vidas, casi todos tienen engavillada su cosecha y, poéticamente hablando, viven de explicar y explicarse, a sí mismo, el cómo y el por qué de su obra. Nos leen sus poemas, escriben comentarios, dan conferencias, publican antologías propias y ajenas, pero son pocos los que siguen escribiendo poesía. Se dice que la musa poética solamente ama a los más jóvenes, incluso a los niños como en el caso de Rimbaud. Sin embargo, en la literatura siempre nos han sorprendido algunos creadores que han saltado sobre la fresca hierba de la comunicación a una edad en la que hombres y mujeres ya han cuajado y dado fruto. Este es el caso de Enrique Jiménez y su libro Tierra con pan.

         Enrique contempla el mundo desde la infancia y lo encuentra desordenado y confuso. Nos ofrece un fresco con sabor a fruta y a vino añejo. Sus poemas son un lúcido registro de aquellas emociones de la infancia y la adolescencia que han quedado residenciadas en su memoria. Emociones que infunden los latidos del hombre integrado en una sociedad distante —siempre es otra la sociedad de los adultos— Ya lo dijo Quevedo, «El tiempo es enemigo de las horas». El poeta se sirve de la poesía para describir la muerte y el entierro de los sueños, con la perspectiva del que ve el paisaje y escucha las cuitas de los adultos, que ven como sus vidas y sus sueños se las va tragando el gigante que nace sobre sus tierras. Se trata de uno más de aquellos pantanos que sembraron la geografía de España, degollando ríos y regatos, cambiando nuestra piel y volviéndonos del revés el alma. Después de recorrer un largo camino de más de sesenta poemas, Enrique Jiménez nos dice en el Epílogo que todavía hay más, que el ámbito de los vínculos, de su vida de hoy con el ayer, está hipotecado por el fluir de los recuerdos y se diluyen en la esencia de estar vivo:

                   Todavía fluye en tu alma
                            el murmullo de las fuentes
                            el grito acompasado de la noche
                            el viento que se afila en las quebradas

 

         Hermoso verso, el viento que se afila en las quebradas. Aquel viento de ayer que se encauzaba en las quebradas, como el río asesinado en el pantano. Viento que se conduce por las quebradas de la vida del poeta. La poética de Enrique Jiménez no se nutre en las fuentes de un universo imaginario como hacen otros poetas. Su voz se nutre de su universo, de la experiencia, elaborada con su vivir, que llama o grita desde la nostalgia de un tiempo pasado y que dejó herida el alma del poeta. Y es que hay ocasiones en las que, como dice Claudio Rodríguez glosando la obra de Miguel Hernández, “…en poesía hay que «estar dentro» y hay que realizar la participación con el hombre, la sociedad, la cultura, la historia, en suma, y no como en tantas veces y aún más ahora en torno a una «crítica práctica», en el vacío, exangüe, inútil y desorientada.”[2]

         “La vida de un niño está entre la realidad y el sueño” le escuché decir a Antonio Colinas, Pero cuando el hombre repasa la vida que vivió el niño, pese al paso del tiempo, tiende a poner el dedo en el centro de la llaga y aunque tantas cosas el niño no entendiera, hoy el hombre sabe lo que significaban y nos dice que el Pipotuna, personaje que da título a uno de los poemas,  Me miraba con ojos de hambre. El poeta narra historias, describe paisajes y retrata personajes que habitan en su mundo. Y la mirada del hambre,  adherida a los recuerdos, se nutre hoy del lenguaje y regresa en el poema. De este modo, la poesía de Enrique Jiménez, se levanta sobre el mito y nos conmueve, porque lo vivido es siempre huella dejada en el camino.                                           

                   INFANCIA
                   Cuajó la nieve inesperada
                   para vestir de luz el olvido,
                   la promesa de deshielo, frías aguas
                   arrastrando los detritus por la pendiente de la vida      ,
                   misteriosos manantiales, sonoras fuentes,
                   deseos trepando a las montañas,
                   futuro que reverdece sobre un sueño fértil,
                   locura infantil que llora y canta un tiempo nuevo,
                   promesa de frutos prohibidos
                   proyectada en horizontes lejanos. 

 

         ¡Quién de niño no jugó con botes de carburo no sabe de emociones primeras! ¡Esa espera, temblando, a la tímida explosión que levantará el bote por los aires! Ese descubrimiento de la química y el olor de una materia desconocida, está adherida ahí, en la sustancia de la vida. Pero no, no fue el bote de carburo la causa de la media luna hundida en la cara del Diógenes. Al Diógenes le dio una coz un mulo. Y será así, con recuerdos, anécdotas y sueños, como el poeta irá hilvanando las coces de la vida — ¡más ‘cornás’ da el hambre!, dijo el torero—  hasta mostrarnos el envés del recorrido y aquello que quedó al otro lado del espejo. Nadie se acuerda ya del carbón de encina, ni del cisco, ni del picón, pero ahí estaban y había familias que vivían de aquel esfuerzo.

                   —El trabajo del carbón es duro.
                   No hay dinero y nadie compra.
                   —Toma unos higos y unas castañas.
                   En este pueblo tampoco te comprarán,
                   Las cosechas han sido muy malas,
                   Sólo hay esto para pasar el invierno.
                   —En Las Hurdes, ni eso.
                   Le cambio el saco de picón
                   Por una cesta de higos y castañas.
                            —Hecho.

 

         No es fácil urdir una poesía tan cercana y tan sublime. El poeta nutre su voz en los rescoldos —como el carbón que vuelve a arder en otros fuegos— de los objetos cotidianos y las vivencias mágicas que nutrieron las luces de su infancia. ¿Poesía de la experiencia?, ¡sí, poesía de la experiencia! Y también de la ternura. El que ha pisado el barbecho en tiempos de sequía tiene aún, en su boca, el regusto del polvo y la ducha de hoy sigue siendo un milagro. Sirvan estas primeras reflexiones como entrada a una lectura más sosegada del poemario Tierra con pan. Y sirvan,  también, para felicitar y dar la bienvenida a un poeta que no es nuevo,  aunque nuevo sea su libro.

________________________________________________

[1] Enrique Javier Jiménez Domínguez. Tierra con pan. Beturia Ediciones / Madrid, 2011

[2] Claudio Rodríguez. La otra palabra. Escritos en prosa. Poesía como participación: hacia Miguel Hernández. Edición de Fernando Yubero. Tusquets / Barcelona, 2004

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Dar las gracias 9

El viaje definitivo 1

 

Cecilio Fernández Bustos

 

                                                  Pensaba que sólo habría
                                                           sombra,  silencio, vacío.
                                                           Y murió. Estaba en lo cierto.
                                                           El mismo Dios se lo dijo.
                                                           José Hierro                                               

 

Retomando el proyecto de compartir algunos textos que me han llamado la atención, lo que vengo haciendo bajo la denominación de Dar las gracias, hoy iniciamos una sección dedicada a ese acontecimiento vital e inexorable que Juan Ramón Jiménez nombró, en un poema de hace cien años, El viaje definitivo.

         Para esta ocasión he traído tres poemas cercanos en su singularidad, parecen decir las mismas cosas, tocados por una sentida nostalgia de la vida que perderán, como dice José María Valverde, cuando yo me haya ido. Y es que ante la muerte, faltos de la experiencia personal, solo tenemos expectativas que, Juan Ramón y Valverde, sitúan en primera persona y nos hablan desde el yo. En cambio Aurelio González Ovies, sus reflexiones desde la nostalgia de haber vivido nos las cuenta en tercera persona, son ellos, los muertos, quienes si …vinieran / no encontrarían su casa. 

         Con estos presupuesto, Se quedarán mis cosas sin mí desconsoladas, pese a la aparente trivialidad, los hombres vamos gestando un sedimento del que se nutren los poetas y su obra, ¡el poema! Tal vez, por esa razón, la cercanía de los asuntos que preocupan a nuestros tres poetas y que, tal vez, nos toquen levemente. No cabe duda, son la urdimbre coincidente de las preocupaciones que, en algún momento de nuestras vidas, a todos nos ha preocupado. He ahí el carácter universal del asunto y cómo desde él nos situamos en la reflexión con que, Juan Ramón, finaliza su poema: Y se quedarán los pájaros cantando. Es decir, ¡la vida seguirá, aunque yo ya no esté!

 

 

EL VIAJE DEFINITIVO 

       …Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
 
         Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
 
         Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico…
 
         Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

                                               Juan Ramón Jiménez

                                                           (De Poemas agrestes.[1910-1911] Libros inéditos                                                               de poesía 1 / Madrid, 1964)

***        

 

ELEGÍA PARA MI MUERTE 

II 

Se quedarán mis cosas sin mí desconsoladas.
Seguirá mi tristeza paseando
por rincones de sombra.
En mi amada ventana del sillón y la mesa
seguirán los ocasos cayendo como siempre,
y el chopo del jardín, crecido ante mis ojos,
morirá y volverá como cuando yo estaba.
En penumbra, mis versos hablarán en voz baja.
Se secarán mis libros poco a poco,
oliendo a fruta vieja.
Diminutas reliquias de mi vida
—una flor en un libro, un verso en alguien—
seguirán como piedras disparadas,
conservando mi fuerza en este mundo
cuando yo me haya ido.
… Y os quedareis vosotras, muchachas, pero un día
os marchareis también
y en el mar de la muerte se hallarán nuestras olas.
Morirán vuestros labios, vuestra piel, vuestra carne.
Pero siempre habréis sido.
Ser una sola vez, ¿no es ya bastante?
Mientras dure el espacio guardará vuestros huecos,
mientras quede una brisa llevará vuestro aroma.
…Pues habéis sido un día, seréis siempre.

                                                           José María Valverde

                                                           (De Hombre de Dios. 1945 

 

***

         Si los muertos vinieran
no encontrarían su casa
ni su luz encendida
ni a su gato
ni su higuera fiel
ni su naranjo.
Si de nuevo volvieran
no encontrarían su puerta
ni sus aparadores
ni sus viejos retratos
ni sus paredes húmedas
ni su ropa.
Si los muertos vinieran
decidles solamente la palabra
distancia.
 

                                                           Aurelio González Ovies

                                                           (De La hora de las gaviotas. Huelva, 1992)

 

Desde mi ventana. "seguiran los ocasos cayendo como siempre" (Fotografía FB)

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En la muerte de Tomas Segovia

Cecilio Fernández Bustos

 

La prosa aspira idealmente a presentar directamente los significados, mediante un lenguaje transparente que no se haga patente en su materialidad; por eso la longitud de las palabras, sus acentos, sus rimas, sus coincidencias fonéticas le son teóricamente indiferentes. La poesía en cambio aprovecha todo ese espesor de materialidad no significante que hay en las palabras, toda su contingencia muda, aunque sonora, para hacer pasar por ella alguna corriente que le es propia.

Tomás Segovia                              

 

 

Tomás Segovia nació en Valencia en 1927 y ha muerto en México el pasado día 7 de noviembre. Conocí la poesía del poeta de las dos orillas en los años sesenta del siglo pasado y al poeta, en persona, tuve el privilegio de estrechar su mano en octubre de 2007. El poeta acudió a Aranjuez respondiendo a la invitación que le había cursado para participar en el Aula de Poesía José Luis Sampedro, en aquellas fechas bajo mi dirección. Tomás acudió a la cita acompañado de María Luisa, su encantadora esposa, a quien desde aquí saludo en su dolor.

         Tomás, ya lo hemos dicho, nació en Valencia y, como tantos otros españoles se vio, junto a sus padres, desplazado de España. Anduvo por otras tierras. «Su padre, médico de reconocido prestigio, se exilio con su familia al final de la guerra civil. Primero Francia, después Marruecos y, por fin, México. Nuestro poeta, que “…fui hijo de exiliado, que no es lo mismo que ser un exiliado…”, él lo ha dicho en alguna ocasión,  se adaptó a la nueva vida que le ofrecieron sus progenitores. Y, ¡cómo no!, se aferró a esa nueva situación y (si bien sus estudios habían comenzado en El Liceo Francés de Madrid) siguió creciendo en las aulas y en las calles del país de acogida. Y en México nació, no sólo para la poesía, como dijera Octavio Paz, también para la docencia y la sabiduría; en definitiva para la vida.»[1] 

         Gran escritor comprometido con la vida, con la historia y la palabra. No es extraño que haya tenido la tentación de recordarle tras su muerte, porque considero importante que las generaciones de hoy y mañana seamos conscientes del legado de su obra. En los últimos tiempos, siempre agarrado a la esteva del trabajo, publicaba un blog (http://www.tomassegovia2.blogspot.com/) en el que daba cuenta de sus actividades intelectuales y en el que nos regalaba con nuevos poemas y textos comprometidos con los problemas sociales y culturales a uno y otro lado de los mares. En uno de los últimos correos que recibí de él, fechado el 6 de octubre pasado, un mes antes su fallecimiento,  Tomás, invitaba a sus amigos a participar en los actos del Encuentro de Poetas del Mundo Latino en México, en el que él iba a ser homenajeado —Están todos invitados, aunque sea in mente – Tomás—.

         El poeta de las dos orillas ha vivido hasta el último minuto de su vida abrazado a los dos mundos, España y Latinoamérica. Y ha sido en su otra patria, México, donde ha muerto.

         «Tomás Segovia es autor de una obra prolífica. Ensayista… traductor… narrador… dramaturgo… Ha impartido cursos de Literatura, Lingüística, Teoría Literaria, Traducción, etc. Como poeta ha publicado más de 25 poemarios y sus poemas aparecen en las más reputadas antologías de poetas mexicanos e iberoamericanos. Fue el mismo Octavio Paz el que le definió como el poeta de la ‘transparencia aterradora’… Y es que, más allá de toda paradoja, los poemas de Tomás Segovia no sólo son transparentes, son, como dice Carlos Piera en la introducción de En los ojos del día (excepcional antología poética de la obra de T. S. editada por Galaxia de Gutenberg y El Círculo de Lectores en 2003) “…claros, inteligentes y lúcidos, y un oído educado percibe en ellos que el autor es maestro del oficio, porque se lo ha tomado con toda la seriedad del que lo entiende como un oficio artesano…” De este modo, el fluir temporal de una poesía que nuestro poeta empezó a publicar, casi un niño, en 1945, se ha ido labrando ese rastro, polvo o ceniza diría María Zambrano, de acopio de belleza y decir genésico en una obra poética que es, antes que otra cosa, una ofrenda de encuentro con la vida, que es tiempo y memoria, que nos ofrece el poeta.»[2]

 

Tomás Segovia. Aula de Poesía José Luis Sampedro de Aranjuez (octubre de 2007)

 

         Tomás Segovia, siempre generoso, puso su obra a disposición de todos y sus inéditos han aparecido en el Blog de Tomás con la emoción del que se sabe correspondido. En su memoria traigo aquí dos poemas, uno de ayer y otro de hace…, digamos unos días. El primero me deslumbró cuando lo leí por primera vez hace más de cuarenta años; el otro, solo tiene cuatro años en mi memoria.

 

 

DÍME MUJER DÓNDE ESCONDES…

Dime mujer dónde escondes tu misterio
mujer agua pesada volumen transparente
más secreta cuanto más te desnudas
cuál es la fuerza de tu esplendor inerme
tu deslumbrante armadura de belleza
dime no puedo ya con tantas armas
mujer sentada acostada abandonada
enséñame el reposo el sueño y el olvido
enséñame la lentitud del tiempo
mujer tú que convives con tu ominosa carne
como junto a un animal bueno y tranquilo
mujer desnuda frente al hombre armado
quita de mi cabeza este casco de ira
cálmame cúrame tiéndeme sobre la fresca tierra
quítame este ropaje de fiebre que me asfixia
húndeme debilítame envenena mi perezosa sangre
mujer roca de la tribu desbandada
descíñeme estas mallas y cinturones de rigidez y miedo
con que me aterro y te aterro y nos separa
mujer oscura y húmeda pantano edénico
quiero tu ancha olorosa robusta sabiduría
quiero volver a la tierra y sus zumos nutricios
que corren por tu vientre y tus pechos y que riegan tu carne
quiero recuperar el peso y la rotundidad
quiero que me humedezcas me ablandes me afemines
para entender la feminidad la blandura húmeda del mundo
quiero apoyada la cabeza en tu regazo materno
traicionar al acerado ejército de los hombres
mujer cómplice única terrible hermana
dame la mano volvamos a inventar el mundo los dos solos
quiero no apartar nunca de ti los ojos
mujer estatua hecha de frutas paloma crecida
déjame siempre ver tu misteriosa presencia
tu mirada de ala y de seda y de lago negro
tu cuerpo tenebroso y radiante plasmado de una vez sin titubeos
tu cuerpo infinitamente más tuyo que para mí el mío
y que entregas de una vez sin titubeos sin guardar nada
tu cuerpo pleno y uno todo iluminado de generosidad
mujer mendiga pródiga puerto del loco Ulises
no me dejes olvidar nunca tu voz de ave memoriosa
tu palabra imantada que en tu interior pronuncias siempre desnuda
tu palabra certera de fulgurante ignorancia
la salvaje pureza de tu amor insensato
desvariado sin freno brutalizado enviciado
el gemido limpísimo de la ternura
la pensativa mirada de la prostitución
la clara verdad cruda
del amor que sorbe y devora y se alimenta
el invisible zarpazo de la adivinación
la aceptación la comprensión la sabiduría sin caminos
la esponjosa maternidad terreno de raíces
mujer casa del doloroso vagabundo
dame a morder la fruta de la vida
la firme fruta de luz de tu cuerpo habitado
déjame recostar mi frente aciaga
en tu grave regazo de paraíso boscoso
desnúdame apacíguame cúrame de esta culpa ácida
de no ser siempre armado sino sólo yo mismo.
                                      (De Revista Mexicana de Literatura. México, 1962  

 

 PAVANA

 
Tendré que preguntarme poco a poco
Sin saltarme ninguno de los pasos
De esa lenta pregunta
Si queda un heredero de aquel que fui algún día
El rendido dichoso
Dejado siempre de la mano
De todas las victorias y su macabro esfuerzo
El invisible príncipe del cofre del secreto
El rey iluminado del nunca tener nada
A quien bastaba palpitantemente
El gran amor arrebatado
De poderosa envergadura
Del cual nada era suyo
Salvo la dignidad fervientemente.
                            (De  Llegar. Valencia, 2001)

[1] Cecilio Fernández Bustos.- Aula de Poesía (XI). Tomás Segovia. Blog Unas palabras dichas

[2] Cecilio Fernández Bustos.- Aula de Poesía (XI). Tomás Segovia. Blog Unas palabras dichas

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Dos poemas de otoño

Cecilio Fernández Bustos

 

 

CALLADA
 
 
Como estatuas de lluvia con los nervios azules
                                     Carlos Edmundo de Ory
 
 
 
         Estás callada:
el silencio, largo como la muerte,
ha dibujado en tu rostro
un gesto de perfección distante.
Puedes mirar y comprender los ecos:
los más duros sonidos de los hechos       
y la respiración de la tristeza.
Existes en la íntima quietud de la memoria.
Silenciosa recorres la distancia
y yo aprendo a escucharte
transitando el olvido.
Se oye latir el tiempo en los relojes
y nacen otras gentes.
En estas horas, lentas y litúrgicas
de la lluvia de otoño,
yo beso las estatuas del jardín
y una pálida esfinge,
humedecida en el milagro de la piedra,
dedica su sonrisa al tacto de mis labios.
Bajo los altos cielos, una música sola,
camino sobre el oro antiguo de los árboles:
desde su soledad ellos me miran,
supuestamente ajenos
al personaje y a su historia.
 

El oro de los árboles. Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía de CFB)

 
LOS DUENDES DEL OLVIDO
 
   
            Herido siempre y a un designio atado
            Carlos Edmundo de Ory
 
 
                                      Los duendes del olvido
están danzando
sobre el ácido musgo
de un jardín abandonado.
Las pisadas del tiempo
han cuajado el terciopelo
que proclamara el rosal y su sorpresa.
 
         Lacustre podredumbre
aroma espesamente las fuentes verdinegras
y un viento de tiniebla
quiebra la mansedumbre de las frondas.
Los pájaros huyeron
a regiones más cálidas.
 
         Un ángel terrible y desgarrado,
salido del espanto
sublime de Rainer María,
ahonda, con su flamígera espada,
en los quejidos melancólicos
de un crepúsculo que agoniza.

Siglo XXI (fotografía de CFB)

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Blanca Prieto. Exposición en Palencia

Cecilio Fernández Bustos     

 

                                                 estás sintiendo ahora
                                                           este aire de meseta, el que más sabe,
                                                           el de tu salvación que no se oye
                                                           porque tú eres música.

                                                           Claudio Rodríguez

                                              

 

Blanca Prieto es mi pintora preferida. Nació en Villarramiel, Palencia. A Blanca, su origen palentino, su mirada abierta a los amplios espacios castellanos, llenos de nieve hoy, mañana de sol y siempre de trigo y pájaros, la han dotado de una intimidad especial con la materia.

         Y ante “El ciego sol, la sed y la fatiga…” lanzará aquel grito del Cid que nos recuerda Manuel Machado: «¡En marcha!». Y Blanca Prieto vendrá a Madrid para aumentar su sabiduría. En 1963 viajará a América. Brasil y Argentina: Sao Paulo, Río de Janeiro y Buenos Aires acogerán a nuestra pintora, que celebrará importantes exposiciones. Tras dos años de experiencia americana, Blanca regresa a España en 1965. Volverá a su Tierra de Campos y a Madrid. Y así, trabajando y aprendiendo, exponiendo y cosechando premios, Blanca Prieto madurará como una artista de hondura sobria, como su tierra. Dominará el dibujo, la pintura y la cerámica que estudió en la Escuela de Cerámica de Madrid (aún recuerdo los hornos del Parque del Oeste y las hermosas rosas de la Rosaleda) 

         Tras estas múltiples andaduras, artista llena de plenitud, esta señora, reina de la cocina plástica y de la luz del color, tuvo la generosidad, en 1967, de instalar, como los profetas bíblicos, su tienda en Aranjuez. Y aquí, donde Tajo a Jarama el nombre quita, lleva ya más de cuarenta años trabajando una obra personal y por personal única y, al mismo tiempo, contribuyendo con su impulso y su entrega, como maestra, a la formación de pintores y ceramistas. Sí, esta mujer de apariencia frágil está dotada de una energía excepcional: participó en la creación del CRAC[1], ha sido profesora en la Escuela Municipal de Plástica, formadora de cerámica y pintura en la Universidad Popular de Aranjuez, ejerció como profesora de cerámica y pintura en su propio taller y ha participado en múltiples actividades culturales.

 

Lugar de la tierra

         Su obra, su pintura, ha sido expuesta en numerosas salas y sus telas están presentes en importantes colecciones de Europa y América. Seamos pocos o muchos los que hemos tenido el privilegio de contemplar la pintura de Blanca Prieto, lo cierto es que hemos asistido a esa especie de comunión que nos vincula con aquellos mitos originales donde se diluye la sustancia del ser. Y es que estos cuadros, tocados por el sudor de lo colectivo, enlazan con el grito expresionista de esa gran pintura que surge en las tierras sin sol, pero que anida en el fuego de los páramos. Es cierto que la pintura no es literatura y que por mucho que intentemos embadurnar la palabra con amapolas o líquenes, con tierras o con cielos, serán las manchas extendidas sobre el lienzo, con pinceles o con los dedos, las que nos comunican esa emoción de la belleza plástica.  

         Blanca Prieto nos sorprende de nuevo y ofrece a nuestra contemplación sus últimos trabajos. Expone en su otra casa, su tierra de nacimiento, adolescencia y juventud, Palencia. La exposición se llevará a efecto en la Fundación  Isabel Frontela (http://www.fundacionisabelfrontela.es/) y la inauguración será el próximo jueves, 10 de noviembre, a las 19:30. Desde aquí, su casa, Aranjuez, nos emociona saber que nuestra artista palentina sale de nuevo a la palestra y nos ofrece el alma de su creación, sus cuadros.       

 


[1] Colectivo Ribereño de Acción Cultural

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Elvira Coderch. Palabras del silencio

 

Cecilio Fernández Bustos

 

                                      Si no esperas, no te sobrevendrá lo inesperado.
                                               Heráclito el Oscuro

 

Llevaba algún tiempo buscándolo sin demasiado éxito. Sabía de su existencia y por eso lo buscaba. Hace unos días lo encontré en la Casa del Libro de Madrid y de esta forma llegó el momento de compartirlo con su autora, Elvira Coderch, y los muchos lectores que han tenido la oportunidad de asomarse a sus páginas. Palabras del Silencio es un libro singular, acogedor y amigo. La amistad es como la luz y nos ayuda a caminar, que es lo que pretende un libro como éste, construido con las voces de tantos autores que, cual magos de la sabiduría, han buscado en la palabra la luz y el sentido del ser.

         Elvira Coderch lleva años recolectando “Aforismos y reflexiones de las tradiciones espirituales de todo el mundo”. Su libro abre y señala caminos que nos llevan a la búsqueda, razón y corazón, salud, verdad, amor, felicidad, sabiduría. Los textos seleccionados son representativos de todas las culturas que se han gestado y siguen gestándose entre los hombres. Filósofos, científicos, novelistas, dramaturgos, poetas, actrices y actores, se asoman a las páginas de este libro y nos hacen sus confidentes e invitan a participar y compartir su impaciencia natural por alcanzar la sabiduría y la paz.

         Estas Palabras del Silencio que Elvira Coderch ha ido recopilando en un proceso de “búsqueda personal de serenidad, de verdad, de sabiduría —no de erudición—, de sencillez, de amor”[1], constituyen la recuperación, de forma ordenada, de un núcleo, sabiamente escogido, de lo fundamental del pensamiento humano.  

         Elvira Coderch es una profesora habitada de sabiduría y erudición,  cercana y entrañable que nos tiende la mano a través de un blog —Flores y palabras ( http://floresypalabras.blogspot.com/) donde habitan la palabra y la imagen, divulgando e informando sobre vidas de seres excepcionales: humanos, animales y plantas. Sus debilidades son la fotografía y la pintura, pero es acogedora de la música y de las plantas por las que siente una especial devoción. También es recolectora de lo que se ha pensado y se piensa, he ahí Palabras del Silencio

         El libro está perfectamente organizado con esa estructura que indicábamos más arriba: búsqueda, razón y corazón, salud, verdad, amor, felicidad, sabiduría. Además, un prefacio en el que la autora nos explica cómo surgió el libro, fruto de las anotaciones que iba tomando de aquellas lecturas que incendiaban su atención. Igualmente un número importante de fotografías ilustran el libro, concebido, por su formato, como pequeña joya a consultar y conservar.

         Tras felicitar a Elvira Coderch por el acierto de Palabras del Silencio, nada mejor para cerrar esta breve presentación que incluir un pequeño ramillete de los pensamientos recopilados en el libro.

 

         Cuando alguien da, recibir es un acto de generosidad.
                   Joan Brady             
 
                   Cuando el sabio señala la luna, el necio se queda mirando el  dedo.
                   Proverbio oriental
 
Yo he buscado siempre agitar, y a lo sumo sugerir, más que instruir. No vendo pan, sino levadura o     fermento.
                   Miguel de Unamuno
 
                   Transformar una experiencia en conciencia, en esto estriba ser
hombre.
                   André Malraux
 
                   Meditar es permitir que nos invada el silencio.
                   Consuelo Martín
 
                   El que quiere en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos
disgustos en la vida.
                   Francisco de Quevedo
 
                   Intento comprender la verdad, aunque esto comprometa mi ideología.
                   Grahan Greene
 
                   Cuanto más se enjuicia, menos se ama.
                   Chamfort
 
Dicen que el amor es ciego. No: La pasión puede ser ciega. El verdadero amor es siempre lúcido. La pasión ciega es aquella que te arrastra, que te puede. Hay otra clase de pasión que es entusiasmo por la vida, vibración, ilusión.
                   Elvira Coderch

[1] Elvira Coderch. Palabras del Silencio. Editorial Oceano, Barcelona

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