Y me hice pescador, que pecador ya nací

Cecilio Fernández Bustos

 

A Daniel Ruiz Zurita, que anduvo, hace unos meses, buscando la Junta de los ríos

                                                           

                                                           Regálame el secreto sin nombrarlo

                                                           Tomás Segovia

 

 

Así, pues, llegado el momento, me hice pescador. Desde muy niño tuve la costumbre de acompañar a mi padre en sus descubiertas, así lo llamaba él, por tierras de las riberas del Tajo y del Jarama, buscando las divinidades fluviales que habitaban los dominios de Aranjuez.  En muchas ocasiones vadeamos el Tajo, cuando ya llevaba dentro las blandas aguas del Jarama, por debajo de la junta de los ríos y muy cerca de la cabaña de Santi, el carlista que se emancipo del resto de la familia y buscó su acomodo para el trasmallo y la balanza en aquellas aguas que, por aquel tiempo, producían plateados barbos y brillantes carpas de espejuelos. Una Nochebuena, muy lejana en el tiempo y muy cercana en el recuerdo,  cenamos en casa unos hermosos barbos, arrebatados por Santi al río, que mi madre preparó magistralmente como si fueran merluzas del Cantábrico. Y es que el río, más allá de la visión de Heráclito y de la premoción de Jorge Manrique, ha provisto la despensa y el aljibe y forma parte consustancial de mis gentes.

         Para iniciarte lector, amigo o simple conocido, en los misterios de mi infancia y en los avatares de las gentes de estas tierras en los años cuarenta del siglo XX, bueno será que te acomodes en sillón con respaldo —nunca de espaldas a la puerta—, para que no te estallen los reflejos de la incomodidad incursa en las ventanillas de mi memoria. Con las manos que ahora utilizo para teclear las letras que forman palabras en la pantalla del ordenador, en otros tiempos soportaba el chuchillo que cortaba espárragos silvestres, cogían caracoles tras las lluvias de primavera, cebaban los anzuelos que pendían del sedal. En aquel tiempo, cuando aún no habíamos perdido la inocencia, no íbamos al río, sino a los caces —también llamados desaguador— por los que discurría el agua o sangre de las huertas de Aranjuez, donde abundaban pequeños peces y carpas de colores que subían desde el Jarama por el pequeño cauce del desaguador.

Por allí pasa el tren y, andando, se va a Pico Jabalí (fotograsfía CFB)

         Las primeras pesquerías que recuerdo, ya sin la tutela de mi padre, fueron en un desaguador —el ya citado caz— e iba en compañía de mis amigos Yayo y su hermano Paquito. Nos desplazamos hasta el ‘desaguador’ que atraviesa la finca de Las Tejeras y que vierte sus aguas al Jarama por el Pico Jabalí, después de fecundar las huertas de Picotajo. Los utensilios que utilizamos aquel día: una caña delgada y viva —la cortamos de algún cañaveral de la zona—, en la punta atamos un bramante fino y al extremo del cordel pusimos un anzuelo de aquellos de nuestra invención, un alfiler doblado. Aunque perezca mentira, nada más entrar en el agua la lombriz que habíamos ensartado en el alfiler, eran multitud los pececillos (bermejuelas y otros que llamábamos gallegos) que mordían y se enganchaban a nuestro ingenuo engaño. Nosotros, así lo recuerdo, nerviosamente apretábamos los pies al borde de la cacera; posiblemente algún ancestro o diablillo hurgaba en las entrañas de nuestra precocidad y nos comunicaba el emotivo temblor de lo primitivo. En el regreso a casa, entre el polvo y el sudor de aquellas emociones la cara se nos llenaba de restregones y aparecíamos sucios y desordenados por la caminata, pero felices por nuestro éxito.      

         Muchas fueron las excusiones de pesquería que hice con diversos amigos. Habitualmente, ya con doce años, nos atrevíamos a llegar hasta el Pico Jabalí, donde abundaba una pesca más variada, pues estábamos muy cerca del Jarama y se adentraban en el desaguador carpas y barbos de un tamaño mucho mayor que el de los gallegos más grandes. El camino desde nuestras casas hasta los puestos de pesca era largo y había una zona especialmente peligrosa —era necesario atravesar las vías del tren y aunque era posible hacerlo por debajo, existían y existen pasadizos con este fin, aunque resultaba más cómodo y rápido atravesar aquella peligrosa tentación—. Nunca nos pasó nada, pero recuerdo una ocasión en la estuve a punto de ser testigo de un atropello del tren a un hombre. Desde donde yo vivía (Capitán, 6), había que caminar por la calle de las Infantas hasta la Parada de  Palacio y allí seguir por la calle Coroneles o la calle Madrid hasta el puente que servía —y sirve hoy— para que el tren pase sobre el río Tajo. Una vez atravesadas las vías caminábamos por uno de los laterales hasta el Caz de la calle Tilos y desde allí hasta la Puerta de  Legamarejo, luego girábamos a la derecha y entre huertas y casas de guardeses hasta, espantando pájaros con los tirachinas, llegar al Pico Jabalí.

Río Tajo cerca de la “Junta de los Ríos” (Foto de José Ángel García Redondo Moreno, del libro “Ecología de las riberas del río Tajo a su paso por Aranjuez”)

         A todo esto, seguía acompañando a mi padre algún domingo que otro hasta la Junta de los ríos. Cuatro largos kilómetros de caminata (siempre que se va a algún sitio se impone la necesidad de volver al origen, luego al final de la jornada la caminata había sido de 8 kilómetros) El camino en esta ocasión era menos comprometido: en línea recta desde casa hasta la plaza Parejas, se seguí por la calle Toledo y después de subir el puente que vuela sobre las vías del tren, por debajo de la estación, caminábamos hasta el cementerio de Santa Isabel. Bordeando la tapia oeste del cementerio se llaga hasta el río. Siguiendo las trochas que los caminantes han ido labrando, tras superar Las Cabezadas, que aún no eran todo huertas ni proyecto urbanístico, donde crecían los tarayes y los espárragos trigueros (silvestres, no cultivados) llegábamos a la Junta de los ríos.

         La Junta de los ríos era para mí una especie de paraíso. El Tajo había horadado la tierra y se le veía muy por debajo de tus pies de niño  desde esta orilla en la que estamos, a la izquierda del cauce del río. En algunas zonas las aguas discurren más de dos metros, tal vez tres, por debajo de la franja en que nos encontramos. La otra orilla casi una playa, es la que absorbe e integra en el Tajo las aguas del Jarama. Aquí, sobre la meseta que forma la orilla izquierda, a muy pocos metros del cortado, se levantan unas chozas —no recuerdo con exactitud el número, dos o tres— donde habita una familia de pescadores, gentes que vivieron de extraerle al río lo mejor de sus esencias: los peces. Son cabañas que sugieren la idea de los poblados africanos o amazónicos, están hechas con cañas, cañizo y enea, todo entrelazado, todo productos directamente relacionado con la vitalidad germinal de un río vivo. Dentro de las cabañas, vivienda y cobertizo para las artes de la pesca, la familia de pescadores suele guardad exquisitos peces escabechados que, como los pescadores son amigos de mi padre, a veces nos ofrecen para acompañar un trago de vino.

         El entorno de las chozas del Carlista —así llaman a dos hermanos que habitan en las orillas del Tajo, distantes algo más de dos kilómetros el uno del otro: uno pescador, el otro guarda del río— La Junta es lugar de encuentro de pescadores de caña, como mi padre y yo, de cazadores y de agricultores y ganaderos que rompen terrones de tierra o riegan sus plantaciones y ordeñan sus vacas por allí cerca. El lugar tiene el encanto de lo primitivo. Primitivismo extremo en una época en que todo es primitivo. Aquí no llegan los coches, pero no llegan porque apenas si hay coches en Aranjuez e incluso, como en el caso de mi padre y yo, ni bicicletas. Hay que andar que es muy bueno para la salud.

         En octubre de 1954 —acababa de cumplir 14 años— empecé a trabajar de aprendiz en EISA. Ahora sí, con los ahorrillos que fui acumulando, al cabo de un año pude costearme la licencia de pesca —costaba unas sesenta pesetas— La primera descubierta en situación legal me llevó a pasar la noche con unos amigos, pescando (esto era ilegal por la noche)  anguilas en la Junta de los Ríos. Había llegado el momento, me hice pescador. De mis pecados hablaré en otra ocasión.

En busca del río Tajo, dibujo de C. Fernández Gil

 

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De patos y otras especies naturales

Cecilio Fernández Bustos

 

Como todas las vidas, mi vida es demasiado breve. De esto no te das cuenta hasta que, después de haber vivido, empiezas a sentir como te van creciendo todo tipo de limitaciones. Dos son los elementos que fundamentan la brevedad de la vida: en primer lugar tener conciencia de haber vivido; y, en segundo, emperezar a percibir que lo vivido no ha sido suficiente. Ayer mismo, ¡qué ayer!, hace un rato corría por los cerros y hoy busco apoyarme en cualquier objeto que me sirva de cayado para estar seguro de mi caminar. No hace tanto tiempo de los sucesos ni de las anécdotas que me están pidiendo volver a vivir, aunque sólo sean contadas, como un cuento que me digo a mi mismo.

         Dado que corren tiempos de mucha preocupación y mudanza con los problemas de las aves, voy a contar un suceso que me ocurrió allá, cuando aún era un niño y que nunca lo he olvidado.

         Tenía doce años y ya no iba al colegio por las mañanas. Lo había dejado el año anterior, al poco tiempo de iniciarme en la escuela nocturna. Dicho esto, a nadie puede extrañarle que tuviera las mañanas libres para ejercitarme en los juegos y asuntos propios de un chico de doce años. Uno de estos asuntos, tal vez el que más me entusiasmaba, era cazar pájaros con el tirador (tirachinas en otros pagos). Aquella mañana me encontré con otro chico de mi edad de cuyo nombre no quiero acordarme y que, posiblemente, igual que yo, no tuviera que ir al colegio o, acaso, hiciera novillos ese día. Mi amigo me comentó que en el mar de Ontígola había muchos patos y que te podías acercar a ellos sin ninguna dificultad. Dicho y hecho, nos dirigimos allí, a por los patos.

         Acabábamos de llegar y efectivamente, allí había muchos patos. Quedé sorprendido por la abundancia de aves que nadaban por las orillas sin manifestar ningún temor, ni levantar el vuelo ante nuestra presencia. Inicie un gesto de ocultamiento agachándome detrás de un pequeño montículo, tensé las gomas y ¡zas!, tiré. La primera piedra falló estrepitosamente. Cobijado tras mi escondite me disponía a tirar la segunda cuando el grito de un hombre taladró mis oídos — ¡Qué haces, cabrón!  Gritó el susodicho al tiempo que posaba sobre mis espaldas un fuerte trallazo con la brillante vara de taray que blandía en sus manos.

         Los patos, ¡ay!, no eran salvajes, eran la carne del negocio de una  granja.

 

C. Fernández Gil.- Como una vidriera.- Técnica mixta

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La voz en casa

Cecilio Fernández Bustos

 

Para María y Aurora, mis hermanas

 
Y así, ayudado en la plegaria ajena,
lo pudo retener en el recuerdo
Francisco Brines

 

MADRE, TU VOZ

 

         Como tregua de luz
o nido de cosechas
donde sucumbe el grito,
tu voz, de liquen húmedo,
se derrama por los dulces granates
de las frutas de otoño.
Tu antigua voz
enhebrada en susurros,
con los jardines íntimos
del claustro florecidos,
donde yace
como leyenda humilde de los ríos
el profundo silencio de los sueños.
Madre, tu voz ahonda en la memoria
con lentitud de lluvia buena
y alivia la sequedad del animal agónico
en los lejanos huertos de la infancia.
¡Sorpresa del caminante
en su mortal deseo de belleza!
Taller donde se fragua,
con el rumor del salmo,
el eco dulce
donde tiembla el recuerdo.
Conmueve el diminuto encaje
donde palpita el perfecto sonido
y el lenguaje es fragancia transparente,
tiempo de luz
y tacto emocionado
de la callada nota del poema.

 

Padre ha traido hoy unas rosas (Fetografía, CFB)

 

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23 de abril

Cecilio Fernández Bustos

 

Qué raso ha quedado el rastrojo
de la siega, revolución;
revolucionario gorgojo
devora a la nación.
Miguel de Unamuno

 

 

Hoy, 23 de abril —aniversario de las muertes de Miguel de Cervantes, de William Shakespeare y de Inca Garcilaso de la Vega— celebramos el Día del libro. Emotiva efemérides que envuelve en un fuerte abrazo una de las más fundamentales manifestaciones de la creación cultural del hombre: el LIBRO.

         Nos sumamos a esta celebración y para ello traemos a este blog tres hermosos poemas y tres rosas. Los poemas son, uno de Nicanor Parra, poeta nacido en San Fabián de Alico, Chile en 1914, a quien se entregará hoy, en la persona su nieto Cristóbal Ugarte, el Premio Cervantes 2011. El siguiente poema pertenece a Tomás Segovia, poeta nacido en Valencia en 1927 y fallecido en México el 7 de noviembre de 2011, Premio de la Crítica de Poesía 2011, por su poemario Estuario. Y el tercero, pertenece a la poeta cubana Dulce María Loynaz, La Habana (1902-1997), Premio Cervantes 1992.

         Las rosas han sido capturadas en Aranjuez, por la cámara del autor, en otras fechas.

 

Alma rosada (CFB)

 

Nicanor Parra

 

Habla el ministro del ramo
 
No nos hacemos eco
De comentarios malintencionados:
Hasta un niño de pecho sabe
Que la lombriz solitaria de la extrema pobreza
Viene de los gobiernos anteriores
 
Reconocemos que el índice de desocupación
Es algo + alto de lo deseable
Pero nos hacemos un deber recordar
Que La Moneda no es una agencia de empleos
 
Camas no faltan en los hospitales
Lo que sucede es que sobran enfermos…
Hay un número exagerado de enfermos en este país
La verdad de los hechos
Es que debido al alto nivel de excelencia
De nuestros servicios hospitalarios
Los enfermos no mueren oportunamente
 
Siguen vivos
                    aunque en precarias condiciones
Ocasionando múltiples problemas
 

                            De Discursos de sobremesa, 2006

 

Rosa abierta (CFB)

 

Tomás Segovia

 

Hasta el fin
 
En el gran chopo frente a mi balcón
Tan seguro de sí y sin altanería
Tranquilamente vivo
Mientras amarillea ya por trechos
Su verde población
Qué claramente distinguimos
Las hojas pálidas que más agita
Desentendido el viento
Las que más sin querer se balancean
Las que más locamente giran
En torno a su peciolo
Las que van a caer más pronto
Hay una que hace días
Vapuleada más que todas
Tironeaba atropellada
Más que cualquiera otra
Se aferra más que todas
Su voluntad entera convertida
En uñas, dientes, garras
También ella hasta el final resistirá
A este atropello sordociego
Que la quiere arrancar de la densa hermandad
De verdores de sueños de susurros
De inevitable don de amor
A la que tan del todo pertenece

                                                       27 sep 2011

                                   (Publicado por Tomás Segovia cuando conoció el                                                               último diagnóstico sobre su enfermedad)

 

Después de mañana...(CFB)

 

Dulce María Loynaz

 

Soneto
 
Quiere el Amor Feliz —el que se posa
poco…— arrancar un verso al alma oscura:
¿Cuándo la miel necesitó dulzura?
¿Quién esencia de pomo echa en la rosa?
 
Quédese en hojarasca temblorosa
lo que no pudo ser fruta madura:
No rima la dicha; se asegura
desnuda la palabra, se reposa…
 
Si el verso es sombra, ¿qué hace con el mío
la luz?… Si es luz…, ¿la luz por qué lo extraña?
¡Quien besar puede, bese y deje el frío
 
símbolo, el beso escrito!… ¡En la maraña
del mapa no está el agua azul del río,
ni se apoya en su nombre la montaña!

                                      De Versos, 1920-1938

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Pasan lentos los días 25

Cecilio Fernández Bustos

 

                                              

         Un hombre debe obtener la estima pública sin haberlo  previsto y, por así decirlo, a pesar suyo. Quien se dedica a buscarla, revela su estatura.

                                     Chamfort

                                              

                                                              

Ramillete 25

358)   Aquel que dispone de la vida de un ciudadano, para salvarle o para matarlo, se sabe un dios.

359)   La vida es como una traca de feria, arde y se quema entre dos fechas.

360)   A las siete de la tarde aún entra el sol a mi casa. Sí, lo hace por la ventana sin pedir permiso, pero no importa, ¡sabe y huele tan bien!

361)   Son muchos los ciudadanos, aquí y allá, que se creen iluminados por Dios y, ya lo saben ustedes, Dios no se equivoca nunca. ¡Qué pena!

362)   Todo incendio pasa. Y una vez se apaga, podemos buscar en los rescoldos el milagro de una nueva vida o, en muchos casos, un nuevo incendio.

363)   Ahí, en ese laberinto que ocupa la memoria, están dormidas las historias, las luces y las sombras de todo lo vivido.

364)   Entrar en la poesía es complicado, cuesta asimilar esa especie de duende conmovedor donde restalla el encuentro del pensar y el sentir.

365)   Mientras no cambien los dioses, nada cambiará entre los hombres.

366)   Muéstrame tu rostro, tus manos, tu voz y sabré que existes. Si además me muestras tu corazón, entonces te conoceré.

367) Cuando se ha vivido, como en mi caso, un tiempo considerable, es relativamente fácil que nos enfrentemos a la necesidad de poner un cierto orden en nuestras ideas. Así, no es de extrañar que, aunque algunos modos o formas han podido cambiar, otros han resistido toda erosión y permanecen en nosotros pese al paso de los años. Estos, pues, que permanecen podemos considerarlos como los elementos constitutivos de nuestra personalidad y, consecuentemente, de nuestra imagen. La vigencia de la amistad, por encima de los compañerismos y otros afectos, constituye uno de los territorios más íntimos del acontecer humano. La amistad, en cualquier caso y más allá de toda movilidad, es lo que permanece después de toda decantación y, además, es una elección. 

368)   Es buena la unidad, la integración de valores y proyectos, la construcción conjunta de la historia, el debate permanente y la deliberación. Todo esto, qué duda cabe, es bueno. Mas, también es fundamental que seamos nosotros mismos en toda circunstancia, pues somos personas y lo colectivo lo constituimos desde lo personal.

369)   El gesto y el rito forman parte del saber, pero no son todo el saber.

 

 

¿Dónde estará la chica? (fotografía CFB, 2012)

 

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Dar las gracias 12

Cecilio Fernández Bustos

                           

                           

                                                                              Entre las brevas soy blando;

                                                                              entre las rocas, de piedra.

                                                                              ¡Malo!

                                                           Antonio Machado

 

A veces olvidamos que nuestra vida tiene un valor autosuficiente: lo importante es vivir. Es cierto que los seres humanos hemos de buscar, además, un sentido a nuestra existencia. Y ello hace que vivamos proyectados hacia la consecución o el logro de aquello que, suponemos, nos da sentido y felicidad.

         Pero ocurre con mucha frecuencia que confundimos fines y medios. Es importante vivir para, porque ello introduce una intencionalidad a nuestra vida. Pero se nos olvida que, antes, hemos de vivir. Simplemente, vivir…

Robert L. Stevenson

 

La auténtica medida de la vida es el recuerdo.

Walter Benjamín

 

         En la vida todo es recuerdo, recuerdo no sólo individual, sino colectivo, recuerdo que se puede decir que es consciente o inconsciente, porque en él van no sólo los datos de nuestra existencia, sino los de la existencia de nuestros antepasados. Somos el resultado de una raza, de un ambiente y, por lo tanto, de un clima material y espiritual.

Pío Baroja

 

         Con el tiempo llegó también el urbanismo, la manía de hacer calles derechas y convertir el pueblo en cuadrículas uniformes. De las antiguas murallas quedaba la torre del ángulo sudeste, que era redonda alta y esbelta como una mujer bien casada.

José Pla

 

         Las revoluciones de la historia de la ciencia constituyen escapatorias con éxito de callejones sin salida. La evolución del conocimiento solamente es continua durante aquellos períodos de consolidación y elaboración posteriores a los principales avances revolucionarios. Sin embargo, la consolidación conduce, tarde o temprano, a una creciente rigidez, a la ortodoxia y, por consiguiente, a un punto muerto de excesiva especialización. Finalmente se produce una crisis y un nuevo “rompimiento” que permite salir del callejón sin salida, seguidos por otro período de consolidación, por una nueva ortodoxia y así se inicia el ciclo una vez más.

A. Koesler

 

         El que quiera mandar guarde al menos un último respeto hacia el que ha de obedecerle: absténgase de darle explicaciones.

Rafael Sánchez Ferlosio

 

Todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa.

Luis Cernuda

 

Es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte.

Oscar Wilde

 

         —Esos son demonios de mayores ocupaciones -le respondió la voz-: demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra; yo traje al mundo la zarabanda, el déligo, la chacona, el bullicuzcuz, las cosquillas de la capona, el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado; yo inventé las pandorgas, las jácaras, las papalatas, los comos, las mortecinas, los títeres, los volatines, los saltambancos, los maesecorales y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.

Luis Vélez de Guevara

 

Las cosas son de quien las ama.

Facundo Cabral

 

La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha

Montaigne

 

         Las manos de mi madre eran grandes. Las ponía en mi frente queriendo medir una fiebre que quizá no existía y yo me acostumbré a sentir reunidos el olor a lejía y la ternura.

Antonio Gamoneda

 

Presa del Embocador. Aranjuez (Fotografía CFB)

 

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Carta abierta a Javier Cercas

Cecilio Fernández Bustos

 

Distinguido amigo:

Leí en su día Soldados de Salamina y me gustó. Me pareció una obra excelente y descubrí un nuevo estilo, una nueva forma de novelar la historia reciente. Me gustó más la novela que la película, pese a los aciertos de ésta, que los hay. No he leído a Sánchez Mazas pero si soy entusiasta lector de Sánchez Ferlosio.

         La lectura de su libro, señor Cercas, también me ayudó a descubrir a otro escritor importante: Roberto Bolaño. Así  que, dos pájaros de un tiro: Javier Cercas y Bolaño.

           Suelo leer alguno de los artículos que publica usted en ‘El País’ y ahora ando hincándole el diente a Anatomía de un instante. Llevo 65 páginas y está claro que lo voy a terminar. Tengo pendiente El móvil, así como el resto de su obra publicada. Iré poco a poco, buscaré los relatos en primer lugar. Espero que la bajada a los infiernos de la conformación de nuestra democracia, me ayude a seguir creyendo en los hombres.

         Me acaban de regalar La velocidad de la luz, pronto iniciaré su lectura. Dije pronto, pues no, acabo de empezarla y me parece que sí, que me va a convencer y me va a envolver en sus palabras. Y debo decírselo ahora, creo que hacía mucho tiempo que no me enganchaba tan pronto a la lectura de una novela. Habitualmente suelo darle mucha coba y son muchas las ocasiones en las que el libro empezado, sin apenas catarlo, vuelve al hueco que le corresponde en la estantería. Pero éste no, me gusta, me está entreteniendo y a cada interrupción vuelvo a él con más ganas. Tiene, en su elemental sencillez, un alto grado de intriga que yo mismo voy desentrañando, adelantándome incluso al narrador y juego a anticiparme -espere, Cercas, no corra que ya casi lo tengo.

         Ya lo he leído y me ha gustado. Ya lo he dicho antes, no es fácil que me enganche a una lectura seguida hasta acabar un texto. La velocidad de la luz tiene un encanto especial, es cierto que hay atisbos de sordidez en los personajes, pero es esa sordidez ingenua en la que te metes de bruces, sin darte cuenta. Se trata de esa naturalidad torpe, no premeditada, para pisar la luz y seguir vivos, aunque a veces cueste mucho trabajo llegar hasta el final. La novela además de sus muchas virtudes intrínsecas, creo, señor Cercas, constituye un homenaje a un autor que me interesó mucho en mi juventud y que todavía me sigue gustando e interesando, especialmente los cuentos, me refiero a Hernest Hemingway.

         En su libro, La velocidad de la luz, hay dos personajes enfrentados a un vivir paralelo, ambos le han quitado el papel al caramelo de la vida, sobre todo de la juventud. Uno ya lo sufrió y está a la espera de seguir o no vivo. El otro, que está casi virgen de dolor, entabla una relación que se abate en lo más profundo del dolor del otro y que surge de lo más trágico de las experiencias vividas, quiere volar y piensa que la vida es solo literatura. Pero la vida es más, y es imprescindible vivirla para conocerla. El autor, pues, con un  narrador en primera persona, que es al mismo tiempo el primer protagonista de la obra, bracea con energía, primero en un río en calma y luego desde su propio abismo, para sacar del agua cenagosa al amigo. Y, más tarde, jugara el juego a la inversa y pretenderá que sea el amigo quien le saque a él de la ciénaga que amenaza su vida. ¿Se salvaran?, ¿nos salvaremos nosotros, los lectores de esta novela?

         Intenso transcurrir por la geografía humana y por el gran bache que atravesaron unos hombres y un país, Estados Unidos, combatiendo en Vietnam. Acertada mirada sobre unos personajes y un tiempo en el que todo parecía fácil, incluso ser joven —yo lo era en aquel tiempo— era un privilegio para el placer y, ¡claro está!, también para el dolor. Sí, me ha gustado, ha valido la pena leer esta novela. No obstante, no le disculpo, distinguido autor, lo poco que se ha preocupado por conocer la geografía de una ciudad, Madrid, en la que, solo tangencialmente, se mueven los personajes por los entresijos de la trama.

         Y volviendo al otro libro empezado y pendiente de lectura, Señor Cercas, aunque todos permanecimos  callados esperando la amanecida: ¿Cree usted que los tres hombres que no buscaron refugio bajo el escaño, pudieron representar lo agónico y lo sublime, de un momento tan trágico y doloroso en apariencia y, al mismo tiempo, el grito de tantos españoles que andábamos muertos de miedo en nuestras casas? Sí, aunque aún era joven, aquella noche yo también temblé de miedo.

Admirado autor, le felicito por su obra y me gratifica que esté ahí, ayudándonos a mirar y, sobre todo, a ver. 

Atentamente.

 

 JAVIER CERCAS

Nació en Ibahernando (Cáceres) en 1962. Es profesor de literatura española en la Universidad de Gerona y ha trabajado en la Universidad de Illinois. Es columnista de El País. Ha publicado artículos, crónicas y ensayos. Como narrador ha publicado cuatro novelas: El móvil, El inquilino, El vientre de la ballena, Soldados de Salamina, La velocidad de la luz…

Anatomía de un instante (2009), es un libro singular, considerado por unos novela, por otros ensayo y por algunos una crónica. Con este libro obtuvo el Premio Nacional de Narrativa, 2010 y ha venido a confirmar un modo de novelar, donde la ficción es sustituida por la realidad, uno de los fenómenos literarios más a considerar en nuestro tiempo. García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Antonio Muñoz Molina y un largo etc., consideran a Javier Cercas un autor importante que nos dará grandes obras.

A los cincuenta años puede decirse de un escritor que es aún muy joven y puede esperarse de él una obra. En este caso, Javier Cercas ya ha puesto ante los ojos de los lectores una obra excepcional.   

 

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