En la clínica dental

Cecilio Fernández Bustos

 

El asceta deliraba como un amante, el amante se mortificaba como un asceta.

Octavio Paz

 

Estaba citado a las cuatro y cuarto. He llegado a las cuatro. El dentista, después de estar con un paciente hasta las cuatro veinticinco, se ha colgado del teléfono y ha estado hablando un cuarto de hora.

         A las cuatro cuarenta ha empezado a trabajar en mi muela, pero la anestesia no hacía efecto. Le avisa su ayudante: en la sala de espera acababa de llegar una urgencia a la que había citado para las cuatro cuarenta y cinco. A mí me ha propuesto salir fuera, cinco o diez minutos —mientras te hace efecto la anestesia, ha dicho, y ha pasado el paciente de la urgencia. Ha estado con él veinticinco minutos.

         Ha retomado el trabajo conmigo a eso de las cinco y veinticinco, cuando ya tenía la consulta llena de personas citadas, que iban viendo cómo pasaba el tiempo y no eran atendidas. Así que, muy deprisa se ha puesto a manipular la muela. Yo notaba que el hueso  chascaba, el decía —No importa, no importa. De forma que ha estado hurgando en muela y encía hasta que, trocito a trocito, ha concluido, según su afirmación, sacándola toda. Luego me la ha enseñado. Por supuesto, ¡faltaría más!, los efectos de la anestesia aún duran en el momento que escribo este recuerdo.

         Debo mantener la boca cerrada. Él ha dicho que media hora o tres cuartos. Pero como la vez anterior dijo dos horas, voy a estar sin decir ni pío hasta las siete.

 

¡Te oigo, pues tengo ojos!.- C. Fernández Gil

¡Te oigo, pues tengo ojos!.- C. Fernández Gil

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Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín: En tren desde Madrid, paseo por el pueblo y almuerzo en el Hotel Pastor

Cecilio Fernández Bustos

  

Más de una vez he comentado que mi palabra escrita reproduce obviamente mis ideas estéticas, pero también mi pensamiento moral, mis litigios personales, mi manera de buscar  una salida al laberinto de la historia.

 J.M. Caballero Bonald

23 de abril de 2013

                       

 

Francisco José Martín “Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín” Editorial Biblioteca Nueva  Madrid, 2005

Francisco José Martín
“Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín”
Editorial Biblioteca Nueva
Madrid, 2005

Para esto sirven los libros. Corría el año 2005 cuando una librería de Aranjuez (LA) nos quitaba levemente el velo de una arraigada desmemoria y nos ponía delante de los ojos el libro que el profesor, Francisco José Martín, acababa de publicar en la Editorial Biblioteca Nueva de Madrid. El libro, Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín. El asunto: la memoria, la memoria de un acontecimiento luminoso, de transcendental relevancia, ocurrido en Aranjuez el 23 de noviembre de 1913. No dudo que, muchos ribereños y muchos madrileños y muchos españoles y muchos ciudadanos del mundo, tuvieran conocimiento de aquel hecho. Pero ello es que, este libro, que nació y se propagó despacio, ha sido la herramienta que nos ha abierto los ojos y nos ha iluminado la conciencia de ciudadanos, para sentirnos heridos como del rayo.

         El autor, Francisco José Martín, es profesor de literatura española en la Universidad de Siena. Entre sus numerosas publicaciones cabe destacar El sueño roto de la vida y la Traición velada, y el cuidado de las ediciones de Diario de un enfermo, de J. Martínez Ruiz, España invertebrada, de Ortega y Gasset, y los escritos italianos de María Zambrano, Per ebitare l’esilio.

         El libro tiene dos partes, en la primera el autor nos sitúa, nos tunde y nos zahiere contándonos unas cuestiones relacionadas con la vida, no ya de la Villa de Aranjuez, sino de la España que a principios del siglo XX temblaba de frío, de hambre y de ignorancia. Aquella era una España de analfabetos donde el explotador campaba a sus anchas, fundido y confundido con su mala sombra. Así, el autor, nos brinda una larga introducción, libro en sí misma, donde nos habla del movimiento de los intelectuales en la España de aquel principio de siglo. En el ámbito intelectual, una vez más se nos adelantó Europa, aquel difícil grito que aún resuena, ¡YO ACUSO!, pronunciado por un intelectual, un escritor francés comprometido, Émile Zola que en defensa de una injusta aberración llegó a decir más: «¡Ah, sí! Con toda mi fuerza hablaré a los pequeños, a los humildes, a los que se tragan el veneno y caen en el delirio. Tal es mi único propósito, les gritaré donde se encuentra de verdad el alma de la patria, su energía invencible y su triunfo seguro»[1]

         Otros eran los problemas que en España justificaban gritos similares al de Francia. Si bien con otros matices y contexto, en España se irá gestando una fuerte corriente de opinión y un propósito de acción, en esas generaciones de intelectuales, herederos de la Ilustración, que levantaron sus voces, mezclando ideologías liberales y progresistas, frente a la asfixia reaccionaria de la Restauración Borbónica ante el fracaso de la Primera República. Aquella coincidencia de las generaciones del 98 y el 14, a los que empezaban a arrimarse los bisoños de la generación del 27. Aquellos intelectuales, de alguna forma inventores del periodismo, agrupados ante los gritos —«entre una España que muere / y otra España que bosteza.» diría Antonio Machado— «En sus tempranas conciencias de intelectuales descubrieron pronto la necesidad de contar con canales adecuados de comunicación con el público. Su activa participación en la fundación y sostén de las nuevas revistas de la época es reconducidle, a esta búsqueda suya de un público propio, búsqueda a la que subyacía el convencimiento de que sin público el intelectual no podía existir,…»[2] 

         Aquellos hombres que, en su principal singladura, buscaban una solución al problema de España, se solidarizan con José Martínez Ruiz, Azorín, cuya candidatura para ocupar el sillón P de la Real Academia Española, a la sazón vacante, le es negada y finalmente adjudicada a Juan Navarro Reverter[3]. La opción Azorín era oportuna y justa, pues el escritor de Monóvar, a la sazón ya había producido una abundante obra literaria de excelente calidad y era conocido como un auténtico renovador de las letras españolas. Y es que, además, como nos muestra Francisco José Martín en este libro, glosando el artículo publicado por Julio Cejador en el Imparcial el 17 de noviembre de 1913, titulado «La Academia española» sin que el autor del artículo cite a Azorín en el texto, promueve la evidencia de que: «En cualquier caso, sólo a Azorín favorecía. Volvía a ser un episodio más de esa regeneración nacional pendiente»[4] 

         Ya en el siglo XIX los intelectuales españoles quieren comunicarse con los ciudadanos, quieren que se sepan las cosas. Estamos en el siglo XX, el despuntar de un nuevo siglo induce a germinar la conciencia de una nueva juventud en Europa y en España. Ortega y Gasset, personalidad paradigmática de esa generación, dirá que España es el problema y Europa la solución. Y será, junto con Juan Ramón Jiménez, impulsor de la Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín. 

         Es la Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín, la parte del libro que sustenta la brillante introducción de Francisco José Martín. Fiesta cuyo primer anuncio, nos dice el autor, aparecería en  «El diario Hoy (19 de noviembre): “Unos cuantos admiradores de Azorín van a dedicar una sencilla fiesta el próximo domingo: en el tren de las diez y veinte marcharán a Aranjuez, donde después de comer se leerán unas cuartillas de Baroja, Machado (Antonio), Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, etc.”»[5] El espacio elegido para estas lecturas fue, en el Jardín de la Isla, la glorieta de la Fuente de las Arpías o, en lenguaje más popular, del Niño de la espina.

         Tratando de entender y explicar el porque de la elección de Aranjuez para este acontecimiento, el homenaje a Azorín, dice el autor: «Aranjuez es símbolo excelso de esa cultura, de esa acción de inteligencia que, al servicio de la vida, se sobrepone al dominio de lo natural y espontáneo, haciendo así con ello, o intentándolo, de la vida el lugar del mutuo reconocimiento, el lugar que contrasta, desde la cultura, el imperio natural y abre hacia soluciones de mejora y perfeccionamiento. El viaje a Aranjuez es viaje a la modernidad»[6]

         Así, pues, el libro que les presento constituye una herramienta fundamental, no ya para saber del acto que se celebró en Aranjuez el 23 de noviembre de 1913, sino para presentarnos y “entender la génesis de la Generación del 14 y el desarrollo del movimiento intelectual español”. Organizada por José Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez —el poeta fue el responsable de la elección de Aranjuez para la celebración de este acto—, y celebrada en el espléndido marco de los Jardines de Aranjuez, el 23 de noviembre de 1913, la Fiesta nació, ya lo hemos dicho, como un acto cultural de homenaje y reconocimiento a la figura de Azorín y, a la vez, de protesta por la no aceptación de su candidatura para ocupar la vacante en la Real Academia Española[7]. En todo caso me apoyo en la propuesta de los editores y comparto lo que dicen en la presentación del libro: «Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín constituye un documento imprescindible para entender la génesis de la Generación del 14 y el desarrollo del movimiento intelectual español. Organizada por José Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez, y celebrada en el espléndido marco de los Jardines de Aranjuez el 23 de noviembre de 1913, la Fiesta nació como un acto cultural de homenaje y reconocimiento a la figura de Azorín y, a la vez, de protesta por su exclusión de la Real Academia. Fue una reunión de jóvenes entusiastas que hicieron de la reivindicación de Azorín –de la renovación literaria que representaba– un aspecto particular de la regeneración de España. La Fiesta tuvo la doble función de cohesionar a los jóvenes alrededor del liderazgo intelectual de Ortega y de abrir paso al recambio generacional operado en la segunda década del siglo XX. El libro recoge los discursos y las lecturas de la Fiesta de Aranjuez (Ortega, Juan Ramón, Baroja, Machado, Azorín) y añade numerosos testimonios de adhesión a la simbología del acto. Es el residuo textual de un acto cultural que, en su estructura convergente, da vida a una nueva identidad intelectual: la Generación del 14». 

         El próximo 23 de noviembre, a los cien años de aquel día de la Fiesta en honor de Azorín, otros ciudadanos, cien años más jóvenes —es un decir— que los del pasado, volveremos a levantar nuestra copa en honor de José Martínez Ruiz y de todos los que ayer y hoy comparten libertad, ingenio y responsabilidad por una España que se atiene a los preceptos constitucionales: «España  se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». Y así, con similar espíritu, como lo hiciera José Moreno Villa en la carta que dirigió a Juan Ramón Jiménez sumándose al acto del 23 de noviembre de 1913, terminamos la presentación del libro del profesor Francisco José Martín, diciendo aquello: ¡Júbilo y buen día!

 


Nota: Este texto ha sido publicado por primera vez en el blog de la Comisión para la celebración del Centenario de la Fiesta  de Aranjuez en honor de Azorín (http://www.azorinaranjuez.blogspot.com.es/#!http://azorinaranjuez.blogspot.com/2013/05/fiesta-de-aranjuez-en-honor-de-azorin.html)

[1] Émile Zola. Yo acuso. La verdad en macha. Tusquets, editores / Barcelona, 1998

[2] Francisco José Martín.- Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín. Biblioteca Nueva / Madrid, 2005

[3] Juan Navarro Reverter.- Valencia, 1844- Madrid, 1924. Ingeniero Industrial y de Montes. Político conservador. Tras varios e importantes cargos llegó a ser ministro de Hacienda y de Estado y también presidente del Consejo de Estado. Buen orador, escribió un libro de viajes, Del Turia al Danubio, y otros de temas económicos.

[4] Francisco José Martín.- Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín. Biblioteca Nueva / Madrid, 2005

[5] Francisco José Martín.- Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín. Biblioteca Nueva / Madrid, 2005

[6] Francisco José Martín.- Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín. Biblioteca Nueva / Madrid, 2005

[7] Azorín ocuparía el sillón P de la RAE en 1924, sustituyendo al que se cruzó en su camino en 1914

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Pasan lentos los días (32)

Cecilio Fernández Bustos

                                              

La prolongación natural de la escalera era el patio. El nuestro era un patio abierto. Le faltaba la cuarta pared, como en el teatro, por más que estuviese bien presente en nuestras cabezas. El lugar que le correspondía lo marcaba un pórtico de ropa tendida. Si en un juego o una pelea con los chicos del barrio nos batíamos en retirada y traspasábamos la arcada de sábanas, todos sabíamos que aquello era casa.

Alberto Bustos

(De Una infancia en Aranjuez allá por 1970, Dikitur. Cáceres 2013)

                                                                                                                                                   

Ramillete 32 

451) El amor es como los cohetes de la feria: ignición, aparatosa y veloz subida, explosión. Después la oscuridad. 

452)  Si consigues recordar quién eres, ¡no lo dudes!, habrás vivido. Si no recuerdas ni el olor de las violetas ni el nombre de tus hijos, ya estás muerto, pues, la muerte es el olvido. 

453)  No eres un hombre grande, pero eso no excluye, en ningún caso, la posibilidad de que seas un gran hombre.

454)  Esa mano en el pecho le confiere cierta dignidad al caballero del Greco. Esa o mayor dignidad se la confiere al labrador la mano en la esteva o en el volante del tractor.

455)  ¿Lo habéis olvidado? Cuando éramos niños, adolescentes y jóvenes, ¡en el nombre de Dios!, la Iglesia nos prohibía pensar. ¿No lo recordáis?: ¡todo pensamiento impuro es pecado mortal!

456)  Si tuviste la oportunidad, tal vez el deber o, acaso, la obligación de empezar a trabajar a los catorce años, no deberías dudar: el socialismo es tu casa. Ya lo sé, en alguna ocasión te has sentido culpable de haberte relajado, ¡qué le vamos a hacer!

457)  No debería preocuparte más, las escisiones también son fruto de lo humano.

458)  Lamentablemente mi calidad intelectual me juega malas pasadas y mis pensamientos, pese al esfuerzo que le dedico, no siempre me ofrece resultados. Suelen ser confusos y he de cribarlos para que suelten toda la ganga y se muestren con un poco de orden.

459)  ¡Qué más quisiera yo!: entender todo lo que leo y que se entienda todo lo que escribo. Paciencia.

460)  Yo tampoco suelo recordar la textura de todo lo que he acariciado. Esto me parece una pérdida irreparable.[1]

461)  Hay diferencias notables en nuestras miradas, cada estación tienen su sol. Más la mirada, la mía al menos, se encela más con el sol de primavera.

462)  Existir, ser, estar aquí. Gustar, oler, acariciar, mirar, oír y ver, ¡cuántas maravillas juntas! Escuchar una rapsodia o el ‘quejío’ de Camarón; acariciar suavemente la piel de otra persona y palpar el estremecimiento del alma en forma de pudor y de placer; saborear aquellas patatas guisadas con conejo, en el campo, después de darle a la caza alcance; contemplar el cárdeno desgarro de los cielos a la puesta del sol; sentir el aroma profundo y sublime del macasar en flor. He ahí algunas de las cosas para las que sirve nuestro cuerpo, cuidémoslo hasta el final.

463)  Coge las herramientas, papel y lápiz, y ponte a pensar sin apagar la luz del sentimiento. Tal vez, sin apenas darte cuenta, surja un silogismo o quizá, ¡algo más hermoso!, un verso, puro como esa mirada que te provoca. Y recogido el verso sobre las manos de la bella, ¡quién sabe!, tal vez nazca un poema.

464)  Se han dicho tantas cosas del amor que difícilmente podemos crear nada nuevo. No obstante, hay que seguir intentándolo: cada uno tenemos nuestra percepción y nuestra particular definición.

 
Aranjuez. Plazuela de San Antonio desde el jardín del Parterre (fotografía CFB)

Aranjuez. Plazuela de San Antonio desde el jardín del Parterre (fotografía CFB)


[1] «Es interesante y quizás revelador que no guarde recuerdo de la textura del pescado ni de su procedencia»… Toni Judt.- El refugio de la memoria. Ediciones Península / Barcelona, 2008

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En la muerte de José Luis Sampedro

Cecilio Fernández Bustos

 

                        A los muchos amigos que José Luis Sampedro ha dejado en Aranjuez

 

Envuelto por esas revelaciones, por tantas adivinadas historias ¿cómo no soñar mientras vivía esa  adolescencia en que se empieza a mirar a las muchachas? ¿Cómo no querer convertir mis sueños en palabras impresas, para que perdurasen? Fue así, bajo aquellas frondas donde, rebosante de vitales descubrimientos, sentí brotar por primera vez el ansia de entregarme a la escritura, de inventar e inventarme con ella. De ese modo si bien el hombre que soy nació en Barcelona, el escritor que también soy —a veces más que hombre— nació y maduró en aquel prodigioso mundo: la Villa y Real Sitio de Aranjuez.
José Luis Sampedro

 

 

José Luis Sampedro, Hijo adoptivo de Aranjuez, ha muerto a una edad muy razonable. Vivió lo suficiente para dejarnos algunos mensajes indelebles e inconfundibles. Su familia y sus amigos han disfrutado de un bien de esos que justifican la vida y, por supuesto, el vivir. Me refiero al amor y a la amistad entrañable.

         Los demás, la sociedad entera, hemos tenido la oportunidad de leer sus libros y artículos, hemos escuchado sus conferencias y en alguna ocasión hemos tenido la oportunidad de estrechar su mano y brindar con él. Seguramente hemos disfrutado el gozo de algunas lecturas en común, ¡quién lo duda!, Quevedo y Antonio Machado, por ejemplo. Y como él, fronterizos, hemos vivido en los límites de la periferia.

         Del profesor y el defensor de los derechos humanos y de la dignidad de las personas hemos aprendido a respetar y a responsabilizarnos. Hemos asumido el compromiso de ser hombres entre los hombres. Él solía decir, «¡No hay verdad, sino verdades!» Y sobre algo tan simple, pero a la vez tan profundo, se puede construir toda una filosofía sobre el respeto y la responsabilidad. José Luis Sampedro era un gran orador, escribía y hablaba continuamente, pero pocos, como él, sabían escuchar y entender a sus congéneres. Así, no debe extrañarnos que, dotado de una excepcional longevidad, haya navegado, hasta el último día de su vida, sabiéndose vivo y protagonista de la vida.

         Solo en cuatro ocasiones he coincidido directamente con José Luis Sampedro. En ese sentido no puedo decir que haya llegado a gozar de esa amistad que nos permite la identificación con el nombre. Posiblemente él nunca me haya nombrado, pero eso no obsta para que yo si le haya nombrado a él en infinidad de ocasiones, le haya nombrado, le haya leído y, sobre todo, le haya escuchado. Por que leer es escuchar y, como él decía, es participar en la elaboración del libro que otro ha escrito.

         La primera ocasión en que contacté directamente con José Luis Sampedro  fue en unas jornadas que organizaron las Universidades Populares de Madrid, debió ser en el año 1985, tal vez 86. Y recuerdo que allí expuso, con la excepcionalidad de siempre, su filosofía sobre la frontera. Excepcional discursos sobre esa fuerza centrífuga de la sociedad, a lo largo de toda la historia, que permitía a los poderosos marginar a los débiles y expulsarlos del reparto de la tarta. Y, ¡crueldad de toda crueldad!, los mantenía ahí, sufriendo de hambre y padeciendo las inclemencias de estar vivos en entornos injustos y opresores.

         La segunda de estas ocasiones estaba directamente asociada a la primera y consistió en la invitación que, en calidad de Director de la Universidad Popular de Aranjuez, le cursé para que participara en las jornadas que a la sazón preparábamos bajo el título de la Universidad Popular de Aranjuez a Debate. Lamentablemente, la agenda del profesor no estaba libre en aquellas fechas y no fue posible contar con su participación. Mi intención al invitarle era la de volver a escuchar sus ideas sobre la frontera y el compromiso que debíamos suscribir para favorecer integración, en un nuevo concepto de sociedad, con la participación de todos, de aquellos que se movían en el límite de la exclusión: los excluidos de la ciudad; los excluidos del saber, del arte y la ciencia; los excluidos del agua corriente y la calefacción en casa; los excluidos de la escuela; los excluidos de la universidad; los excluidos de la salud, etc.

         Una tercera ocasión y ahí si tuve la ocasión de departir largamente con Sampedro, al que acompañaba otro heterodoxo, Antonio Gala, fue con motivo de la presentación en Aranjuez de su libro Real Sitio. José Luis Sampedro ha sido un excelente narrador con una importante obra literaria publicada. Su adolescencia la vivió en Aranjuez y siempre ha mantenido dos consideraciones: Aranjuez fue para él un paraíso y en Aranjuez, lo contaba siempre, surgió el escritor que llevaba dentro. Enternecía oírle relatar como la atmósfera de la niebla que subía del tajo, a la caída de la tarde al final del otoño y principios del invierno, le producía una vívida emoción mágica cuando se despedía de sus amigos y tornaba a su casa, solo, contemplando la luz, envuelta en la gasa de la niebla, de las farolas de la plazuela de San Antonio. Varias de sus novelas tocan directa o tangencialmente Aranjuez, pero fue Real Sitio, publicada en 1993, la novela de Aranjuez. En ella el autor volcó todo su afecto y con exquisita meticulosidad describió paisaje, urbanismo, arquitectura y, sobre todo personajes e historia. Porque son los personajes —lo que hacen y lo que no hacen, es decir la vida— los depositarios del alma de las ciudades, más aún que el arte que queda como huella. Y he ahí la gran dificultad a que se enfrenta el escritor. No obstante, en el caso de José Luis Sampedro, su experiencia afectiva sobre el Real Sitio, le confirió la luz sublime de la creación y alumbró una de sus más bellas y sugestivas obras.

 

Fuente del Cisne. Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

Fuente del Cisne. Jardín del Príncipe. Aranjuez (fotografía CFB)

 

         Y por último, coincidimos en las Escuelas Loyola donde acudí tras el aviso de mi amiga Esperanza, regente de la librería LA y donde mi amigo y excepcional Jefe de Protocolo del Ayuntamiento de Aranjuez, Ramón Peche Villaverde, me ofreció la mano del profeta y escritor, José Luis Sampedro, para estrecharla afectuosamente. Con la brevedad exigida por el acto, comente con él las dimensiones de mi afecto y admiración por el hombre y por su obra.

         Eso fue todo en el ámbito del encuentro personal. Pero a José Luis Sampedro lo he conocido realmente a través de sus escritos y de lo que de él han escritos tantos y tantos admiradores. Estos días que, con motivo de la celebración del centenario de la Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín, se plantea en algunos foros la importancia del quehacer de los intelectuales en la transformación de las sociedades, no tengo por menos que reparar en la figura de José Luis Sampedro y en el papel que su palabra, más allá del compromiso y la acción, haya podido representar para la transformación de nuestra sociedad. Así, el debate sobre el valor de la palabra, puede tomar una dimensión singular si lo hacemos desde la óptica de comprender la obra de un ciudadano que descubre la esencia de la solidaridad y el compromiso en pro de la convivencia social. Cuesta trabajo aprender a mirar desde la libertad y a superar prejuicios anclados en regímenes de ayer. No siempre se pudo hablar y escribir con claridad y fueron también numerosos los intelectuales que no pactaron con la miseria de vivir sometidos. Por supuesto, Jose Luis Sampedro, fue uno de los que al alcanzar su notable madurez intelectual empezó a utilizar su ciencia y su palabra para denunciar el atropello de los poderes públicos sobre los ciudadanos.

         Y de nuevo, una vez más, en la frontera de sus días, salió a la plaza pública y nos dijo, en el prólogo al texto de Stéphane Hessel, ¡Indignaos!, José Luis Sampedro nos dijo: «¡INDIGNAOS!, sin violencia. Hessel nos incita a la insurrección pacífica evocando figuras como Mandela o Martin Luther King. Yo añadiría el ejemplo de Gandhi, asesinado precisamente en 1948, año de la declaración Universal de los Derechos Humanos, de cuya redacción fue partícipe el propio Hessel. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Negaos. Actuad. Para empezar, ¡INDIGNAOS!

 

 

Jardín del Prícipe. Aranjuez (CFB)

Jardín del Prícipe. Aranjuez (CFB)

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Caballero Bonald. 23 de abril de 2013

Cecilio Fernández Bustos

 

El pueblo ved que la orgullosa frente
levanta ya del polvo en que yacía,
arrogante en valor, omnipotente,
terror de la insolente tiranía.

José de Espronceda

 

 

Hoy, 23 de abril —aniversario de las muertes de Miguel de Cervantes, de William Shakespeare y de Inca Garcilaso de la Vega— celebramos el Día del libro. Emotiva efemérides que envuelve en un fuerte abrazo una de las más fundamentales manifestaciones de la creación cultural del hombre: el LIBRO.

         Nos sumamos a esta celebración y para ello traemos a este blog tres hermosos poemas y una rosa. Los poemas son de José Manuel Caballero Bonald, poeta nacido en Jerez de la Frontera, Cádiz, en 1926, a quien se le entregará hoy el Premio Cervantes 2012. El primer poema del poeta jerezano pertenece —y así comienza— a su último poemario publicado, Entreguerras[1]

        El siguiente poema pertenece al libro La noche no tiene paredes[2], publicado en 2009 y en él, nuestro Premio Cervantes, nos habla de la vida y se titula Recuento. Por último un tercer poema, Espera, pertenece a Las adivinaciones (1950-1951) y forma parte de la antología Vivir para contarlo[3]  

         La rosa ha sido capturada en Aranjuez, por la cámara del autor, en otras fechas.

Y así comienza ENTREGUERRAS:

 
el lugar de las revelaciones ¿era aquel donde un día
abrí las cajas primordiales rompí el invicto sello el
         embozo perpetuo
hendí la piedra y sus tentáculos me interné en la caverna
         estática del tiempo?
¿estaba acaso inscrito en ningún sitio el potencial de la
         iluminación?
oh fronda oh fuego oh detrimento impuro de la invivida
         realidad
¿iba a poder testificarme allí en lo más intraducible
en lo más interino de los muchas lenguajes que la duda
         engendraba?
¿sabía yo ya entonces que toda realidad circunvala el
         enigma
que estaba franqueando la luz razonadora que irradia de
         lo hermético?
y de aquellas palabras que el poder la increencia la
         ambición
fueron desmantelando ¿con qué triza qué gajo me quedé
qué estría de la hostilidad fragmentó el paradigma
         impuro del pasado
qué herramienta de humo qué súbito espejismo aportó
         la escritura
que podía enmendar los desperfectos habidos en tamaña
         coyunda del idioma
mientras la introversión se desguazaba como un cadáver
         en su pudridero?
hermano de la noche hermano mío de la inmune guarida
         de la noche
atrévete a surcar el ávido oleaje del deseo el cerco de
         arrecifes sensoriales
ya cuando la tiniebla se vacían sus más broncos
         impúdicos boquetes
y en derredor ningún edicto estorba la sigilosa
         emanación del tiempo
me junté mientras tanto con la secta que exalta las
         ocultaciones
penetré en la angostura donde yace subsumida la
         implacable gramática
la que instaura la historia y sus correlativos
         menoscabos
la que a veces consiste en una lenta sangre que obstruye el
         caño de la vida
¿y qué experiencia es la que pude pobre de mí salvar de
         ese silencio
de esa onerosa imposibilidad de convivir con quienes
         contradicen al oráculo
qué significación por nadie recelada me recluyó en la
         cóncava indigencia
en esa contrasombra donde ya no subsisten sino residuos
         de ignorancia?    

RECUENTO

Atrás se va quedando el acumulativo
refrendo de los días,
                               el denso, imprecisable
aluvión de memorias
donde se alternan discontinuamente
figuras, horizontes, episodios,
las ganancias y las pérdidas
que en el ámbar del tiempo se recluyen.
Vivir es ir dejando atrás la vida.

 

ESPERA

Y tú me dices
que tienes los pechos vencidos de esperarme,
que duelen los ojos de tenerlos vacíos de mi cuerpo,
que has perdido hasta el tacto de tus manos
de palpar esta ausencia por el aire,
que olvidas el tamaño caliente de mi boca.
Y tú me lo dices que sabes
que me hice sangre en las palabras de repetir tu nombre
de golpear mis labios con la sed de tenerte,
de darle a mi memoria, registrándola a ciegas,
una nueva manera de rescatarte en besos
desde la ausencia en la que tú me gritas
que me estás esperando.
Y tú me lo dices que estás tan hecha
a este deshabitado ocio de mi carne
que apenas si tu sombra se delata,
que apenas si eres cierta
en esta oscuridad que la distancia pone
entre tu cuerpo y el mío.
Una rosa de Aranjuez para Caballero Bonald (fotografía CFB)

Una rosa de Aranjuez para Caballero Bonald (fotografía CFB)


[1] José Manuel Caballero Bonald.- Entreguerras. Seix Barral / Barcelona, 2012

[2] José Manuel Caballero Bonald.- La noche no tiene paredes. Seix Barral / Barcelona, 2009

[3] J. M. Caballero Bonald.- Vivir para contarlo. Seix Barral / Bar5celona, 1969

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Alberto Bustos. Una infancia en Aranjuez allá por 1970

Cecilio Fernández Bustos

Aranjuez es río y es huerta, es jardín y palacio,
avenidas y plazas; pero Aranjuez es cerro. No
entenderá esta vega con ínfulas de oasis quien no
entienda sus cerros. Y no se puede ser niño aquí
sin querer subir a los Fortines. Ya siendo muy pequeño,
cualquier mayor que quisiera convertir mi
día en una fiesta solo tenía que pronunciar cuatro
palabras mágicas: «¡Vámonos a los cerros!».

Alberto Bustos

(De Una infancia en Aranjuez allá por 1970 / Cáceres, 2013)

escanear0002Conocí a Alberto en 1985, era un adolescente al que le gustaba escribir. Se acercó a la Universidad Popular de Aranjuez, que acababa de comenzar su andadura, para participar en el Taller Literario. Por espacio de un año nos acompañó dando muestras de excelentes condiciones para las letras. Han pasado casi treinta años de aquella aventura.

En la actualidad es profesor titular de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Extremadura. Antes de esto ha sido profesor en las Universidades de Bohemia Occidental y Bohemia Meridional de la República Checa, también en Wellington (Nueva Zelanda) para el New Zealand Council for Teacher Education, en las Universidades de Dresde y Halle-Wittenberg (Alemania) y en la Universidad Carlos III de Madrid. Pero no es de su currículo profesional de lo que me interesa hoy. Mi mirada se centra en un pequeño libro que acaba de publicar y cuyo título, Una infancia en Aranjuez allá por 1970, ha llamado mi atención de ribereño y también la del hombre que, como el autor, ayer fue niño en Aranjuez, aunque en mi caso fue en 1940.

El autor, Alberto Bustos, ha tenido conmigo la deferencia de ofrecerme para que lo leyera los diversos capítulos de este libro según los iba escribiendo. Así que, como el mismo autor, conozco el libro según se ha ido cocinando. Pero no solo es el caso de este libro, a lo largo de estos años, he tenido la oportunidad de asomarme a casi todo lo que ha escrito Alberto, incluso a algún texto de carácter eminentemente técnico como su Tesis Doctoral. Puedo decir que he visto la evolución de un autor que ha ido creciendo en sus relatos. El que queremos comentar hoy es uno de ellos. También he conocido  sus textos dramáticos y los que he gozado y estudiado. En este mismo blog, he publicado al menos dos comentarios a su obra: el relato Bonaire y el drama titulado Faustino Fernández. La disyuntiva / Homenaje a Sören Kierkegaard.

Según leía los capítulos de Una infancia en Aranjuez que Alberto me enviaba, hacía yo algunos comentarios fruto de la improvisación y la emoción que su lectura me provocaban. Algunos de aquellos comentarios me voy a atrever a incluirlos en este trabajo. Por ejemplo el titula

«La radio: Alberto, en Aranjuez también se decía la arradio, y no eran pocos los que así se expresaban. Tal vez tenga un sentido esa forma de hablar y el maestro, un día cualquiera, nos cuente las cuitas de esa forma de decir. Yo, ¡cómo no!, también me he dormido muchas noches al calor y color de los sonidos de la radio y, de mayor, tuve la oportunidad de saludar a Juana Ginzo. El relato va adquiriendo cuerpo, pátina elocuente porque, aunque el narrador es un adulto, el relato conserva todo el color de esos ojos expectantes del niño que, por primera vez, se fija en la luna y dice: «¡Quiero la luna!» 

Espero que Berlín alimente tus sueños y te renueve para que, ese niño que nos cuenta cosas sobre su experiencia vital, nos ofrezca el maná que alimenta y no sacia».

«Los fortines: ¡Qué maravilla!, Alberto, los fortines. Creo que, a medida que voy leyendo los textos que me mandas, observo que, el brillo del relato de tu infancia, adquiere un mayor relieve y una más avezada singularidad. Es decir, tu estilo se depura y alcanza una exquisita sonoridad, como Juan de Yepes, sobre el silencio distante de la infancia. 

Esta mirada es genial: «una alfombra que por las costuras enseñaba los senderos de yeso de los cerros, que se mantenían abiertos por las pisadas de otros paseantes»… Leer esto me ha producido un cierto estremecimiento y creo que, pese a que en mi caso haya tocado fibras muy personales, tiene auténtico carácter de universal.

Este edificio, que construyes desde la memoria, va adquiriendo relieve y sentido. Sentido de otra dimensión, no de sentimentalidad, sino de existencia. Ahí hay elementos plenos de sustancia vital, con los que vas construyendo un sutil tejido de lenguaje poético inspirado en la cotidianidad de lo que fue. Y es aquí, donde surge el lenguaje que pinta la anécdota buscando, en Lorca, el origen del grito y, en tu caso, el origen de la voz. Oralidad y ritmo son la amalgama sobre el que construyes esta bella historia del hombre que regresa a la infancia para degustar mejor su fruta de la vida. Qué más decir —de momento— que hay que seguir en ello y que habrá que pensar en publicar. Yo no sé cómo, pero recuerdo haber leído en algún sitio que Nietzsche publicó una primera de edición del Zarathustra de solo 40 ejemplares».

Nuestro narrador ha estructurado un libro breve. Son 19 capítulos o más exactamente 19 nombre singulares. En los dos primeros nos introducen en el mundo de su intención. Se trata de fijar la memoria de los recuerdos de la infancia a partir de 17 elementos significativos, profundamente significativos para el autor. Parecen 17 poemas vividos ayer y transcendidos hoy en algo que, tomando el título de uno de los últimos libros de Steiner —él lo llama La poesía del pensamiento— podríamos nombrar el trabajo de Alberto como la poesía lo sentido. Sí, sentido ayer, en la distante infancia, pero que está ahí, en el hueco de la vivido por el autor cuando, siendo niño, despertaba a tantas sensaciones nuevas. ¿Acaso no es poesía ensimismarse con el discurrir del agua en las caceras?

Y cómo nos deja Alberto Bustos, a nosotros, los lectores, acariciar el verdín que se desliza por las caceras, o dibujar el cántaro que porta la Venus,  esculpida en blanco, que enfrenta su mirada a la Iglesia de San Antonio.

En la casa de la abuela, «Bajo la arruga del techo había ido a encontrar su lugar el fogón, en el que se pintaba de rojo una resistencia cada vez que se cocían judías o se freían pestiños, unos pestiños que acababan llegando a mi boca bien cubiertos de miel y azúcar». Deliciosos pestiños de la abuela de Alberto que nos excitan las papilas con el recuerdo de aquellos otros pestiños, los que compraban mis padres en la confitería de Castellano, en la calle de Almíbar. Todo un rito de imágenes, sabores, olores, sensaciones que han quedado en la memoria de todos y el autor lo soporta en un estilo sobrio, elegante y poético. 

Empezamos el recorrido por «El jardinillo» mínimo insignificante, infantil, donde el niño empieza a balbucir los nombres de sus primeras amigas y amigos: «…la Manoli, la Angelines, el Chifla, el Murciano». Y terminamos con el clásico y «Colorín, colorado».

 Leído el libro, comprobamos que no estamos solos pese a la finitud de nuestros límites. Podemos proseguir andando y descubriendo nuevas emociones. Las propias de una vida que se va haciendo desde la infancia hasta cumplido el último perfil de ese límite de finitud donde habitamos.

Aranjuez, 7 de abril de 2013

 

Fortín en un cerro de Aranjuez (fotografía CFB)

Fortín en un cerro de Aranjuez (fotografía CFB)

 

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Primavera en Aranjuez

Cecilio Fernández Bustos

 

     LOS TULIPANES DEL PARTERRE

                        Para Gregorio Sánchez, en el recuerdo    

 
                                   …un aroma a yerba segada con la luna.
                                   Antonio Colinas
            Pronto florecerán los tulipanes del parterre.
El rumor de la tierra renaciendo
inundará de aromas las jovencísimas cinturas de las vírgenes.
Los zumos de la tierra,
en floración silvestre,
poblaran de húmedas presencias
los sándalos lacustres del deseo.
Conjunciones celestes
encenderán la brasa de los cuerpos:
sometidos a los arcaicos ritos de la iniciación
se inflamarán de luces
en las orillas del tiempo.
Incendios oceánicos,
antiguos como el fruto que pende de los dioses,
harán vibrar el arpa, de la canción enfebrecida
que habita en el altar del sueño.
Los ríos de la sangre
levantarán la orgía del árbol de la espalda,
al contacto del labio con el labio.
Brillante humedad, como una brisa leve,
se extenderá el rumor del rayo
por el cristal listado de las fuentes.
 
¡Oh, dicha de los cuerpos enjoyados!
Venid amigos,
¡contemplad este gozo!
 
Pronto florecerán los tulipanes del parterre.  
 
Jardín del Parterre, Aranjuez (fotografía CFB)

Jardín del Parterre, Aranjuez (fotografía CFB)

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