21 Diciembre 2009

El jardín de los poetas

PABLO GARCÍA BAENA: Jardín

 

Cecilio Fernández Bustos

 

Un poeta de una vez y de una voz, rica, suntuosa, suya y entera. La sensibilidad, otra vez, como rectora de la siempre imprescindible intensidad poética. Un poeta español y andaluz (muy fiel a esa tradición) y universal por ello. Y por lo intenso: otro sesgo de clasicismo.                                                                                                       Luis Antonio de Villena

 

 

   Pablo García Baena nació en Córdoba el 29 de junio de 1921. Cursa estudios de Dibujo e Historia del Arte en su Córdoba natal. Funda, junto con Ricardo Molina, Juan Bernier, otros poetas y los pintores Ginés Liébana y Miguel del Moral, la revista Cántico. Desde esta revista y el grupo del mismo nombre contribuye a modificar la poesía española de la posguerra, con la que convierten Córdoba en el centro de la poesía andaluza…

     La poesía de Pablo García Baena es lujosa y brillantez. Es un gran maestro del manejo del verso y la palabra. Guillermo Carnero dice de él que está a la altura de los más grandes poetas españoles del siglo XX. Para muchos especialistas, García Baena y la revista Cántico constituyen el principal exponente y vínculo de conexión entre las actuales generaciones poéticas y los poetas del 27. Fernando Ortiz dice que “García Baena aúna sensualidad y profundidad en un lenguaje de complicada y precisa perfección técnica que, en parte, viene de los grandes maestros del Siglo de Oro, señaladamente Góngora”.

    Publica su primer libro de poemas, Rumor oculto, en 1946 al que seguirán Mientras cantan los pájaros  (1948), Antiguo muchacho (1950), Junio (1957), Óleo (1958), Almoneda. Doce viejos sonetos de ocasión (1971), Antes que el tiempo acabe (1978), Tres voces del verano (1980), Fieles guirnaldas fugitivas (1982), Gozos para la Navidad de Vicente Núñez (1984), Poniente, Impresiones y paisajes y, el año pasado publicó Los Campos Elíseos. Sus poesía completas se encuentran en las obras: Poesía completa (1940-1997), Madrid, Visor (1998) y Recogimiento (1940-2000), Málaga, Ciudad del Paraíso, 2000).

    Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1984). Hijo Predilecto y Medalla de Oro de la Ciudad de Córdoba. Premio Andalucía de las Letras (1991). Director del Centro Andaluz de las Letras. Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez 2007. El Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana se lo conceden a nuestro admirado poeta de Cántico en 2008.

         Un poema titulado Jardín, de Rumor oculto, su primer poemario publicado, fue instalado en la Calle de Las Infantas de Aranjuez.

 

 

Jardín

La sonrisa apagada y el jardín en la sombra.
Un mundo entre los labios que se aprietan en lucha.
Bajo mi boca seca que la tuya aprisiona
siento los dientes fuertes de tu fiel calavera.

Hay un rumor de alas por el jardín. Ya lejos,
canta el cuco y otoño oscurece la tarde.
En el cielo, una luna menos blanca que el seno
adolescente y frágil que cautivo en mis brazos.

Mis manos, que no saben, moldean asombradas
el mármol desmayado de tu cintura esquiva;
donde naufraga el lirio, y las suaves plumas
tiemblan estremecidas a la amante caricia.

Sopla un viento amoroso el agua de la fuente…
Balbuceo palabras y rozo con mis labios
el caracol marino de tu pequeño oído,
húmedo como rosa que la aurora regase.

Cerca ya de la reja donde el jardín acaba
me vuelvo para verte última y silenciosa,
y de nuevo mi boca adivina en la niebla
el panal de tus labios que enamora sin verlo,
mientras tus manos buscan amapolas de mayo
en el prado enlutado de mi corbata negra.

                                                                  Pablo García Baena

4 Diciembre 2009

ANA ROSSETTI: Dos jardines

Cecilio Fernández Bustos

Ana Rossetti nace en San Fernando, Cádiz, en 1950. Es considerada por la crítica una de las voces más exuberantes e intensas de la literatura española. Se da a conocer en 1980 con la edición de Los devaneos de Erato, libro que obtiene el Premio Gules. En 1982 publica Dióscuros y en 1985 Indicios vehementes (Madrid, Hiperión). Con Devocionario: poesía íntima (Madrid, Visor, 1986) obtiene el III Premio Internacional Rey Juan Carlos I de Poesía. A estos libros seguirán Yesterday (Madrid, Torremozas, 1988), Apuntes de ciudades (Málaga, Plaza de la Marina, 1990), Virgo Potens (Valladolid, El gato gris, 1994), Punto umbrío (Madrid, Hiperión, 1985), La nota del blues (Málaga, Rafael Inglada, 1996). En 1998 publica la antología Ciudad Irrenunciable y en 2004 La ordenación: retrospectiva (1980-2004). Poesía completa.   

         Desde su primer poemario, Ana Rossetti, nos descubre las claves de su poesía con una escritura limpia y deslumbrante, donde refulgen los mitos clásicos y el erotismo y nos descubre, rompiendo la tradición de extrema idealización, una nueva forma de acercamiento de la mujer al amor y a la celebración de la sexualidad, como sujeto protagonista y no como sujeto pasivo u objeto.

         Ana Rossetti ha creado un yo poético de rondar por los ámbitos de los recuerdos de la infancia y la adolescencia, del amor a la música clásica y al blues, y que eleva el erotismo, al conjurarlo y darlo a luz, a categorías cotidianas en las que la voluntad ilumina la existencia humana. Su voz ha logrado el reconocimiento de los lectores y de la crítica por su lenguaje poético singular, único y nuevo. Por encima de las modas emerge un lenguaje barroco, modernista, intimista y desinhibido que dota a sus poemas de una intensa luminosidad y un sabor que avanza hacia la entraña de la perdurabilidad.      

         Su excepcional creatividad le ha permitido expresarse en múltiples manifestaciones artísticas. Se ha movido en el mundo del teatro (como escritora y como intérprete en diversos grupos de teatro independiente) Como narradora ha publicado numerosos cuentos y las novelas Plumas de España, 1988, y Alevosías (Premio La Sonrisa Vertical de Novela Erótica, 1991). Y ha escrito libretos de ópera (El secreto enamorado, 1993, en torno a la figura de Oscar Wilde).

         Además de los numerosos premios obtenidos a lo largo de su carrera literaria, Ana Rossetti ha sido  galardonada con la Medalla de Plata de Andalucía por el conjunto de su obra. 

         En la poesía de Ana Rossetti el jardín adquiere la dimensión metafórica de la más absoluta sensualidad. Sus imágenes hilan la fantasía de las emociones vividas o soñadas con el destello floral y transparente del jardín.

 

EL JARDÍN DE TUS DELICIAS[1]
 
Flores, pedazos de tu cuerpo;
me reclamo su savia.
Aprieto entre mis labios
la lacerante verga del gladiolo.
Cosería limones a tu torso,
sus durísimas puntas en mis dedos
como altos pezones de muchacha.
Ya conoce mi lengua las más suaves estrías de tu oreja,
y es una caracola.
Ella sabe a tu leche adolescente,
y huele a tus muslos.
En mis muslos contengo los pétalos mojados
de las flores. Son flores pedazos de tu cuerpo.
 
 
MI JARDÍN DE LOS SUPLICIOS
 
En el jardín secreto, bajo el árbol,
despacio, muy despacio, desataste mis trenzas
y luego, impetuoso, porque yo sentí frío
y terca me negaba, arrancaste mi ropa.
Con cíngulo de larga enredadera
la deslucida organiza que sirviera de colcha
a la cuna común, experto me ceñiste.
En la callada hora, muy lejos de los padres,
con jugo de geranios la boca me teñías
y ajorcas vegetales en mis breves tobillos
se enroscaron.
                         Bailé furiosamente.
Cual halo tras de mí henchíase la túnica,
en torno a ti crecían los aros de mis huellas.
Yo, tanagra diversa, evasivo laurel
y tú quieto. Perfectamente quieto
salvo el brazo con el que me flagelabas.

[1] Ana Rossetti.- Los devaneos de Erato / Editorial Prometeo. Valencia, 1980

15 Noviembre 2009

Pasan lentos los días 11

Eso era amor

Le comenté:

Me entusiasman tus ojos.

Y ella dijo:

                   —¿Te gustan solos o con rímel?

Grandes,

                   respondí sin dudar.

Y también sin dudar

me los dejó en un plato y se fue a tientas

Ángel González [Breves acotaciones para una biografía (1971)]

 

Ramillete 11 

145) No es el único, ni el exclusivo papel de los partidos políticos el de gobernar. Son más los asuntos que, además de aquel, legitiman su existencia. Podríamos citar, entre otros, la educación política de los ciudadanos; muy especialmente de sus afiliados.

         Cuando afirmo que los partidos deben hacer un importante trabajo de pedagogía política, estoy diciendo algo parecido a lo que dice Alain Touraine cuando afirma: “El papel de las instituciones sociales es alentar conjuntamente dos órdenes de conductas: la acción personal libre y el reconocimiento del otro, esté éste cerca o lejos, en el espacio o en el tiempo.” [1]

146) A usted, amigo mío, lo definen tres virtudes: en primer lugar una absoluta falta de pudor; en segundo lugar, un desaforado histrionismo; y, en tercer lugar, un exhibicionismo enfermizo… Y todas estas virtudes, en usted, alcanzan la dimensión de lo excesivo.

147) Estamos tratando de entender el lenguaje que emplea nuestro interlocutor. Desde la ventanilla se contempla un maravilloso espectáculo. ¿Qué decir de esta atmósfera que sutilmente nos está sitiando?

148) Vivimos acosados por la intolerancia de los fuertes y de los débiles. Hay una especie de retorno a los tiempos más oscuros e intolerantes de la España más negra. Sostengo que para entender el fenómeno democrático y sus consecuencias, se hace necesario habilitar, en la conciencia profunda de los hombres, un espacio cómodo y fecundo a la cultura de la tolerancia y del respeto. No otra cosa que la institucionalización de la tolerancia y el respeto al otro es lo que debería definir a una sociedad plural y democrática. De este modo, cuando al practicar desde los partidos, desde las instituciones y desde la sociedad civil, lo que se ha dado en llamar pedagogía política, se hace necesario profundizar en el discurso de la tolerancia y no en el otro, aquel de los que afirman: el que no está conmigo está contra mí.

149) Existen mensajes cuyas funciones pueden ser muy diversas y que, inevitablemente, signifiquen cosas distintas según la disposición del receptor y, claro está, según el estilo, el lenguaje utilizado por el que emite el mensaje. Podríamos utilizar un lenguaje que buscara influir básicamente en la emotividad del receptor o, por qué no, nuestro intento podría orientarse más a ahondar en el ámbito de lo conceptual. En todo caso, el mensaje, el discurso deberá establecerse con la perspectiva crítica que introduce la pertenencia a un determinado territorio cultural. Entendiendo por cultura el poso profundo del entramado de los múltiples elementos que constituyen la singularidad individual y social de los ciudadanos. La cultura como forma de ser y de estar en la compleja urdimbre que los hombres hemos venido tejiendo a través de la historia como devenir; lo que, como creación humana, hemos establecido en singularidad, en diferencia.

150) Nacer, vivir, haber vivido. He ahí una secuencia de evidentes casualidades, una especie de lotería. Mas, de nuevo, una posibilidad entre muchas: ser feliz.

151) ¿La felicidad?: tal vez eso que otros llaman locura.

152) Anoche soñé que improvisaba versos hermosos como el amanecer. Conversaba con un grupo de amigos, compañeros de trabajo probablemente, y, súbitamente, me nacían las palabras debidamente ordenadas, nuevas y plenas de significado. No recuerdo si desperté de verdad o, tal vez, despertaba dentro del mismo sueño; trataba de recordar los versos soñados e incluso hice el gesto de escribirlo. No hubo suerte. Ni desperté, ni anoté lo que soñé. Sólo me queda el leve recuerdo de unos versos soñados. Como aquel caramelo que rozó tus labios y sólo fue eso, un leve tacto.

153) Tengo por cierto que la técnica se establece como instrumento básico en todo proceso creativo. El creador necesita ser un buen artesano; necesita ese punto de apoyo que a Arquímedes le hubiera permitido mover el mundo y que a aquella pintora, aquel escultor, a este fotógrafo  le va a permitir algo mucho más sutil, mover mundos. Mover los mundos de la consciencia profunda, allí donde la cultura, como singularidad humana, ha depositado los vínculos que establecen la comunicación a través de los tiempos y de los espacios.

154) En esos largos y solitarios silencios a vueltas con el estilo, es donde el pintor y el escritor, tocados por la magia de la creación, suelen descubrir nuevos lenguajes, nuevos modos de interpretar una realidad que, en ocasiones, cercena lo cotidiano y nos deja perplejos, deshabitados, solos.


[1] Alain Touraine.- ¿Qué es la democracia?/ Ediciones Temas de Hoy/ Madrid, 1994

1 Noviembre 2009

ÁNGEL CRESPO: Jardín Botánico

Cecilio Fernández Bustos

 

                                                        Para Abundio García Caballero

 

         Ángel Crespo nació en Ciudad Real en 1926 y murió en Barcelona en 1995. El poeta manchego es autor de una obra muy singular y difícil de clasificar. Si bien por edad podría perfectamente estar comprendido en el ámbito de la llamada generación o grupo de los 50, no me consta que ningún crítico lo haya situado ahí. Hay quienes le han clasificado como “extranjero lúcido” en el ámbito de la poética española. También lo han situado en los cenáculos del trascendentalismo literario y los hay que han bautiza parte de su obra poética como poesía religiosa o, como dice Alejandro Krwietz, “…un espacio abierto para la experiencia de lo sagrado”[1].

         Ángel Crespo fue poeta, ensayista, traductor y crítico de arte. No es infrecuente encontrar en las exposiciones a poetas que ejercen de críticos de arte con gran solvencia. En este oficio destacó unos de los más importantes poetas españoles del siglo XX, José Hierro.

         Nuestro poeta era muy joven cuando formo parte del movimiento postista. Para algunos críticos “movimiento estético antes que literario”[2]. A este grupo pertenecieron poetas tan significativos como Carlos Edmundo de Ory — fundador, Junto a Silvano Sernesi, del Postismo  en 1945— y pintores como Eduardo Chicharro. Como dice Alejandro Krawietz, “…el postismo permite a Crespo una entrada coherente en el espacio de lo moderno: “…el lenguaje como problema, la ironía como forma de ruptura, la necesidad de cambiar las gramáticas creativas para operar transformaciones verdaderas y la obligación de iniciar nuevos juegos en el campo de la creación.”[3]

         En 1968, invitado por la Universidad de Puerto Rico, Ángel Crespo, cansado de la situación política del país y las contradicciones entre su concepción estética y la que promulga el PartidoComunista, organización en la que milita, deja España a la búsqueda de una mayor libertad política y expresiva.

         La voz poética de Ángel Crespo, lo hemos dicho más arriba, no es fácil de adscribir a las tendencias conocidas. Algunos críticos han situado su poética en los más diversos ámbitos: postismo, realismo mágico, humanismo culturalista, humanismo trascendente, poesía esotérica. Sus versos tienen un sonido excepcional y propio donde tiemblan percepciones oníricas y melódicas. Es un poeta templado en la más exquisita riqueza simbolista y sus asuntos están tocados por la cultura clásica y lo mítico, lo biográfico y los sucesos cercanos de la cotidianidad. En un breve  texto autobiográfico — “Mis caminos convergentes”—, Ángel Crespo nos aproxima a su vida y a su concepción de la poesía.  

         Como traductor, Ángel Crespo, es autor de una excepcional versión, en nuestra lengua,  de la Divina Comedia de Dante Alighieri. También ha traducido, con notable acierto, a Petrarca, Pessoa, Cesare Pavese y otros autores. Escribió numerosos ensayos y dictó conferencias en diversos países entre los que cabe destacar: España, Suecia, Italia, Portugal, Puerto Rico.

         Sí, pese al barullo de los silencios, Ángel Crespo merece una nueva lectura en España. Y, desde este humilde blog, yo invito a todos los que aún no han tenido oportunidad de tener un libro de este autor ante sus ojos, no lo dejen para mañana. Aquí tienen, pendiendo de este  “Jardín de los Poetas” un poema sencillo y entrañable.

 

Jardín botánico

El fresno y la catalpa,
de perpendiculares
y alineadas semillas,
la jeringuilla, con sus hojas
finamente cortadas;
con el arce negundo,
el libocedro, el arce abigarrado,
el tilo, la maclura, el comedido
árbol de los escudos,
el gris almez, el lodoñero,
el castaño encarnado, la morera
de papel y los fresnos
de quebrada corteza -y ese árbol
sin nombre, cuyas hojas
son las palabras que ni caen ni mueren
aunque las bata el viento,
cuyas raíces tocan
el corazón y la garganta,
cuyo tronco es enorme y cabe en un abrazo
y sostiene los frutos
dulces a toda boca:
árbol que aquí no crece,
arrancado de cuajo a sangre y fuego.
 
 
 
 

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Fruto de la Maclura. Jardín del Príncipe, septiembre de 2006

 

1] Alejandro Krawietz.- Aire adentro: Ángel Crespo y el espacio cultural

[2] Alejandro Krawietz.- O. C.

[3] Alejandro Krawietz.- O. C.

28 Octubre 2009

LA MIRADA DE BENJAMÍN PALENCIA

Una visión expresionista del paisaje de Aranjuez

Cecilio Fernández Bustos 

 

Ya que nombramos a Van Gogh y Derain, diremos que el viaje que realiza Palencia en su nueva senda, está regido por un exaltado fauvismo, que se recrea, con gula insaciable, en los colores encendidos y puros, en el pincelar de furia incontenible. Pero si la síntesis se reclama de Derain, del maestro holandés viene el fervor casi místico, el contagioso amor a la tierra y sus atributos, la indisoluble compenetración con ellos, que hace que hasta la menor brizna de hierba pueda convertirse en protagonista de un cuadro. Con esa pasión ha logrado sus fuliginosas evocaciones —porque tal parecen en su irrealidad— de El Escorial y Aranjuez. Jorge Larco

 

         Benjamín Palencia nació en Barrax, Albacete, 1894 y murió en Madrid el 16 de enero de 1980. Su figura de pintor noble y apasionado se ha ido agrandando con el paso del tiempo. Pasión y libertad expresiva son dos elementos a considerar en su obra. La libertad creativa le lleva a indagar, siempre prendido a las huellas de las tierras de labrantío, buscando su centro allí donde ha pisado el arado, la mula, la perdiz o la raposa. De su pasión expresiva dirá Ramón Faraldo: “Benjamín Palencia, el fuego… el don de hacer fuego con todo, huella de liebre, piedra de granito, lo que el viento se lleva y lo que el viento no pudo llevarse.”[1]

         Era muy joven, casi un niño con sólo 15 años cuando se trasladó a Madrid. Conoció a Francisco Bores, y a otros importantes artistas, pintores y escritores, entre los que cabe destacar a  Salvador Dalí, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pancho Cossío y Juan Ramón Jiménez. En París, a donde se trasladó en 1926, conoció a Picasso y Miró. Realiza su primera exposición en Madrid en el Museo de Arte Moderno en 1928. Más tarde Italia, Berlín, Nueva York.

         Participó en La Barraca, aquel importante proyecto de divulgación popular del teatro que capitaneara Federico García Lorca. Junto a Benjamín Prado y al panadero escultor Alberto Sánchez, crea la Escuela de Vallecas en 1925 según unos o en 1927 según otros. Más tarde, acabada la guerra civil, volvería a impulsar este movimiento de la vanguardia madrileña dándole su dimensión más importante y concluyente. De este movimiento, también conocido como Escuela de Madrid, formaron parte grandes pintores entre los que podemos significar a Gregorio Prieto, Gregorio del Olmo, Menchu Gal, Francisco Arias, Juan Antonio Morales, Pedro Mozos, Pedro Bueno, Juan Guillermo, Agustín Redondela, Antonio Lago Carballo, Juan Manuel Díaz Caneja, Pancho Cossío, Álvaro Delgado, Luis García-Ochoa, Juan Guillermo, Cirilo Martínez Novillo, Benjamín Palencia, Francisco San José, Rafael Zabaleta, Maruja Mallo, Luis Castellanos.

         Benjamín Palencia es un pintor de largo recorrido que se mueve en el seno de las vanguardias. Su pintura está especialmente conectada a la tierra y a los hombres que la trabajan. En su época de plenitud, pinta varios cuadros de Aranjuez. Recuerdo haber visto en la Sala Biosca de Madrid, allá por los años setenta, un cuadro muy hermoso del palacio y el río Tajo desde el Puente Barcas. Cuando pinta estos cuadros, la pintura de nuestro artista es eminentemente expresiva, apasionada y plena de emoción.

        La mirada de Benjamín Palencia se ha posado sobre la Plaza de La Mariblanca y nos la muestra envuelta en la intemperie de los recuerdos, debajo de las hojas entrañables desprendidas de la sustancia del tiempo.

Benjamín Palencia_Aranjuez (100,5X81,7), 1950

Benjamín Palencia.- Aranjuez, Plaza de La Mariblanca, 1950 (óleo sobre tela 100,5 X 81,7)

         El artista se sirve de La Martiblanca para mostrarnos todo el fuego de un corazón apasionado. Palencia ha buscado en este cuadro, mediante la materia plástica, puesta suntuosamente sobre la tela y el color que se aproxima al arrebato, impresionar al espectador y transmitirle la emoción que, a él, le ha producido este espacio, que traslada a la tela como símbolo de su visión apasionada. No es un retrato de La Mariblanca con San Antonio al fondo, es la vibración emocionada del impacto que el urbanismo de este lugar único le ha provocado. Es el contenido del espíritu lo que el artista nos ofrece con fuego dentro.

         El Palencia de esta etapa, ya dijimos que de madurez, se apoya básicamente en el color y la textura. El pintor ya es un maestro de la luz y busca las vibraciones del color, como hiciera Van Gogh, para transmitirnos los  ecos rítmicos y sensuales del máximo placer de la intemperie. Así, la invención del paisaje —rural o urbano— alcanza su mayor singularidad y ya no es una interpretación de la plaza, es Benjamín Palencia convertido en plaza de La Mariblanca; pues, como diría Mattise, “la expresión esencial de una obra de arte depende casi enteramente de la proyección del sentimiento del artista”[2] .

        De su paso por Aranjuez, el maestro albaceteño nos deja una visión llena de fuerza expresiva y nos enseña los brillos de la pasión que habitaba en su corazón de gran artista. La anotomía del paisaje de Benjamín Palencia, nos deja el testimonio de un tiempo ido: plátanos y no tilos son los árboles que ornan la plazuela. Y un guarda del Patrimonio Nacional —sí de aquellos que vestían pana rubia y bandolera con reluciente chapa de latón— posa, para el pintor, delante de La Mariblanca.


[1] Ramón Faraldo.- Benjamín Palencia.- Ministerio de Educación y Ciencia. Madrid, 1972

[2] Henri Matisse.- Sobre arte. Barral Editores / Barcelona, 1978

10 Octubre 2009

Blanca Andreu en Aranjuez

Preludio para Blanca Andreu[1]

Voz indiscutible de la poesía española del siglo XX 

 

Cecilio Fernández Bustos

        Señoras y señores… 

Han pasados 15 días desde la última lectura y de nuevo nos reunimos aquí para festejar nuestro encuentro con la poesía. Y como hemos ido viendo a lo largo de los meses transcurridos, no renunciamos a la celebración, ni evitamos el deslumbramiento que nuestros invitados provocan a nuestra sensibilidad que, aunque púdica, no renuncia al éxtasis.

        Es por ello que las invitaciones que cursamos a los poetas y poetisas para que lean sus versos en este Aula, no responden a ninguna arbitrariedad o capricho, lo han podido comprobar ustedes. En octubre nos acompañó Tomás Segovia, un poeta que, a nuestro entender, merece ser más conocido en España. En diciembre nos visitó Caballero Bonald que, junto con el programado recital del fallecido Ángel González, suponía el reconocimiento y homenaje que, por parte del Aula, se rendía al grupo poético de los cincuenta. En noviembre estuvo con nosotros Ana Rossetti que publico su primer poemario Los devaneos de Erato en 1980, y que supuso, para un importante sector de la crítica, como en el caso de la poeta que nos acompaña esta tarde, que publico su primer poemario en 1981, el inicio de una ruptura y la emergencia de una nueva generación poética. Por ello, aunque sus voces sean tan distintas, quisimos que, cada una en su momento, se acercaran hasta nosotros.   

        Blanca Andreu nació en La Coruña en 1959. Pasó su infancia y adolescencia en Orihuela, Alicante y Murcia. Después de estas andaduras, se trasladó a Madrid donde contrajo matrimonio con el novelista e Ingeniero de Caminos Juan Benet en 1985.

Blanca Andreu en Aranjuez, 12 de febrero de 2008

Blanca Andreu en Aranjuez, 12 de febrero de 2008

        En febrero de 1981, tiempo histórico, qué duda cabe, para los españoles, Blanca Andreu irrumpe en el mundo de las letras con la publicación de un libro que el año anterior había obtenido el Premio Adonais. Hablamos de Una niña de provincias que se vino a vivir a un Chagall. La aparición de este libro supuso todo un acontecimiento en el mundo de la poesía. No pocos saludaron la aparición de Blanca Andreu como la poeta de una nueva ruptura y un nuevo acontecer: el nacimiento de una nueva generación poética. Nuestra joven poeta se presentaba absolutamente libre de ataduras con la estética imperante. Si bien no renunciaba a procedimientos poéticos sustancialmente clásicos, este poemario, no exento de elementos culturalistas, entronca esencialmente con el surrealismo y apunta esa ruptura generacional que señalábamos antes y que algunos críticos, Luis Antonio de Villena entre otros, bautizan como postnovísimos. También ella, la poeta, se mueve en los sueños chagalianos del cuadro que habita y, desde esa estancia, se agita, dotándose de analógicas transposiciones, por los ámbitos del amor, la infancia, el paso del tiempo.

ASÍ MORIRAN MIS MANOS OLIENDO A ESPLIEGO FALSO

y morirá mi cuello hecho de musgo,

así morirá mi colonia de piano y de tinta.

Así la luz rayada, la forma de mi forma,

mis calcetines de hilo,

así mi pelo que antes fue barba bárbara de babilonios

decapitados por Semíramis.

Por último mis senos gramaticalmente elípticos

o las anchas caderas que tanto me hicieron llorar.

Por último mis labios que demasiado feroces se volvieron,

el griego hígado,

el corazón medieval,

la mente sin cabalgadura.

 

Así morirá mi cuerpo de arco cuya clave es ninguna,

es la música haciendo de tiempo,

verde música sacra con el verde del oro. 

        La poesía de Blanca Andreu está considerada, en el mundo literario, como el punto de partida de la llamada «Generación postnovísima» española. Desde su primer poemario se sitúa en los límites de la creación, en un esfuerzo por investigar las posibilidades del lenguaje en la poesía. En su segundo libro, Báculo de Babel, aquí sí que podíamos decir aquello de Miguel Hernández “voy de mi corazón a mis asuntos.”, nuestra poeta busca romper el maleficio y, por el lenguaje, según dijera un crítico, “…crear una realidad habitable.” Tal vez porque la vida, para poder ser vivida, ha de atenuar dolores y quimeras. Búsqueda de un territorio donde habite, no el olvido, sino la vida posible y a veces tan cercana.

SANGRO DE VERAS SANGRO LUZ…
Sangro de veras sangro luz que se escapa y es en mí donde las
cabalgaduras se reúnen para arrancar con orlados cascos ancas
de piedra atesorada la asesina vegetación del tomillo y las llamas
de mayo. También arrastro mi sueño como un vestido manchado
sucio y celeste originado por el ángel que divulga la sangre la sed
arrastro mi sueño emerjo bajo un mediodía inmoderado arrastrando
y dejando ángulos letras que penden de los cielos de la sangre la sed.

“Báculo de Babel” 1982

        Así, pues, nadie duda que la poesía de Blanca Andreu, siendo poesía admirable, es otra poesía: poesía diferente, nueva y clásica a un mismo tiempo, que se eleva por encima de oscuridades y busca la transparencia. Esto duele siempre a los cancerberos de la ortodoxia, pero abre nuevas expectativas a cuantos buscan la luz. No podemos ignorar que la creación artística, toda, se concreta en un ámbito temporal y geográfico y que, habitualmente, no suele ser ajena a las vicisitudes que viven los contemporáneos del creador.

Nuestra poeta surge en la intención específica de un momento cierto y real de ruptura con el pasado: son tiempos, sobre todo, de libertad en la sociedad española. Ella, apenas una adolescente, quiere afianzar su diferencia y su poesía es diferente, como diferente es el tiempo de vivir y como diferente ha sido siempre la obra de los auténticos creadores. Y es quizá en esa diferencia, personal y significativa, donde surge y se sustente lo imperecedero de la  obra de arte y, en este caso, del arte de Blanca Andreu.

        Tal vez ahí radique el hecho de que la crítica no se haya puesto nunca de acuerdo y junto a grandes valedores hayan coexistido otros que le han negado, a Blanca, el pan y la sal. Acaso sea por esto, porque a veces sobra olfato y falta tino, por lo que la poesía de nuestra poeta sigue despertando el mayor interés y generando la admiración de quienes tienen capacidad para degustar lo auténtico y lo bueno.

        Después vendrían otros libros: Capitán Elphistone (1988) libro que según ha contado la autora en alguna parte, emerge en el piélago de una habitación amueblada con muebles de barco y donde la poeta se enfrenta a la descripción de un mundo de ficción como si de un relato se tratara. De este libro es el poema que han incluido en una de las antologías más famosas e importantes de cuantas existen dedicadas al castellano (Las mil mejores poesías de la lengua castellana)

OFRENDA

Decidme, agua, fuego furioso, lluvia del infierno,

sobre la grande mar redoblan los tambores

del enemigo viento y retumban como campanas

los lingotes de cobre en la sentina.

Decidme, lastre o mercancía, fardos de especies, negros

fueron sacrificados al gran ladrón, fueron por la borda

sombras raptadas, ropas, animales

y una mujer.

Han transcurrido catorce años desde que blanca publicara en 1988 Capitán Elphistone. Estamos en 2002, Blanca Andreu publica La tierra transparente, poemario por el que ha recibido el Premio Laureá Melá de Poesía 2001. Un buen conocedor de la obra de Blanca, Diego Vaya, dice: «Decir que “La tierra transparente” es un libro de poesía mística sería simplificar en exceso su temática y quedarnos sólo en la superficie. Desde su primera entrega, “De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall”, la mística ha sido uno de los pilares fundamentales en su obra. Hasta “La tierra transparente” la suya podría ser denominada como una mística atea. Esta aparente contradicción surge del enfrentamiento entre el ateísmo contenido en los poemas (“un pájaro es un ángel inmaduro”) y el léxico que usa, en el cual quedan patentes numerosas referencias que nos sugieren una aproximación a un estado místico: el cielo, los ángeles, el vino, los ciervos… Elementos que gravitan alrededor del eje de un misticismo muy personal y que aparecen constantemente en sus versos. Esta vocación divina se presenta de forma más diáfana en su último libro, siendo no una mística atea, sino una mística pura, transparente y en clara ascensión, donde el dios de “Báculo de Babel” (1982) se ha convertido ya en Dios.»[2] No sé si Blanca Andreu compartirá lo que afirma esta cita, pero yo sí y por ello la he traído a colación.

O MAR PROFUNDO 

Vi un sembrado celeste
hecho de cristal vivo
parecía una pradera de zafiros
de tréboles azules y violetas.
Debajo de su tierra transparente
latía un resplandor
de prodigiosos peces
de delfines
que ríen
sobre el vano de la ola
un silencio de flores
que en lo secreto bailan.

De “La tierra transparente” 2001

        Sí, mucho podríamos hablar de esta poesía pero, no lo duden, las cosas empiezan a conocerse cuando se les pone nombre: nombre de libros, de poemas, de versos admirables. En esa dirección les convoco a que escuchen una voz llena de singularidades, de facetas que recogen los más insignificantes rayos de luz y producen destellos alucinantes. Con ustedes la poeta Blanca Andreu: ella misma se ha definido cazadora de versos.


[1] Una de mis muchas actividades vinculadas al mundo de la literatura y el arte ha sido, en los últimos tiempos, la Dirección del Aula de Poesía José Luis Sampedro, en Aranjuez. En ese tiempo he organizado 20 sesiones de notable interés y excelente acogida. Empezamos el 10 de octubre de 2006 con Félix Grande y concluimos el 8 de abril de 2008 con la intervención de Luis García Montero. Especial significado tuvo para mí, en junio de 2007, la entrega del Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez al poeta Pablo García Baena, fundador de la revista Cántico.

Blanca Adreu leyó sus poemas en el Aula el 12 de febrero de 2008

[2] Diego Vaya.- La mística en “La tierra transparente”

4 Octubre 2009

Aula de Poesía (XII): Juan Carlos Rodríguez Búrdalo

Preludio Para Juan Carlos Rodríguez Búrdalo[1]

Del hondo conocimiento

 

Cecilio Fernández Bustos

Señoras y señores, sean bienvenidos a esta nueva sesión del Aula de Poesía José Luis Sampedro…

         Hoy el Aula se engalana para recibir a quien fuera su fundador y primer Director: Juan Carlos Rodríguez Búrdalo.

         Juan Carlos Rodríguez Búrdalo nació en Cáceres en 1946. Es General de División de la Guardia Civil y licenciado en Derecho. Durante doce años ha residido entre nosotros, ejerciendo la docencia como profesor de Derecho Constitucional en la Academia de Oficiales de la Guardia Civil de Aranjuez. Su empeño y capacidad profesional le fueron alejando de nosotros, siempre accediendo a mayores responsabilidades.

         Aquí, entre nosotros, el poeta que hoy nos acompaña, tuvo oportunidad de escribir, como el mismo ha confesado, una parte importante de su obra poética. Pero, además, durante el tiempo que residió en ésta que Gracián llamó“…estancia perpetua de la primavera y guardajoyas de las flores…”[2], Juan Carlos supo aprovechar el tiempo para ofrecer a los ciudadanos de Aranjuez su afición por la poesía. Así, no dudó en dedicarle, durante más de siete años, una atención especial a la dirección del Aula de Poesía José Luis Sampedro que él creara, como se crean todas las cosas, de la nada; ya que nada, o prácticamente nada, existía en Aranjuez relacionado con la difusión de la poesía. Él trajo hasta nosotros voces singulares: las unas muy recientes, otras labradas por el paso del tiempo, pero todas importantes y reconocibles entre los poetas y las poetas más significativos del panorama de la lírica del siglo XX y principios del XXI. Vaya por delante nuestro más sincero reconocimiento.

         Aunque Juan Carlos empieza a publicar poesía con 40 años, al día de la fecha es poseedor de una obra plena, yo diría incluso que prolífica, que le iguala en número de poemarios publicados a cualquiera de los poetas consagrados que empezaron a publicar con veinte años. Él ha publicado 11 libros de poemas y dos antologías. Recientemente ha editado un magnífico libro, a modo de poesías completas, que recoge sus 11 poemarios y cuyo título La luz ardida (La luz ardida: Poesía reunida, 1985-2006. Caja Castilla-La Mancha, Toledo]), nos sorprende ya que lo ardido, pensamos que puede ser lo desintegrado y, sin embargo, en este caso es lo perdurable. Y, espero que no sea el colofón y nos siga sorprendiendo con nuevas entregas.

         Escuchar la lectura que de sus versos hace un poeta, exige del oyente una predisposición para dejarse sorprender por la voz que nos dice, señalando con el dedo de la palabra, ahí precisamente, donde surge el gesto que ocupa la oquedad dejada por la ausencia o el recuerdo. Cuando Machado nos habla de la “esencial heterogeneidad del ser[3], establece las claves de ese otro ser que la experiencia poética trata de crear. Es decir, la construcción más profunda de nuestra propia manera de ser. De ahí que el poema, más allá de la mera emoción estética o tal vez por ella, nos transporta a un nuevo conocimiento o al conocimiento de ese nuestro mundo más soterrado. Un libro de poemas, dada su singularidad, exige una lectura también singular. Un dejarse llevar o traer por ese hilo, sutil y frágil, que nos tiende el autor para contagiarnos su visión. Y en este caso el poeta, cercano amigo, “…corta los tallos primeros / de un jardín madrugador, / los mece en tamaño folio y doble espacio.”[4] y en ellos deja el estímulo de nuevos horizontes, la verdad de una nueva forma de estructurar conceptos y emociones.

         La poesía de Juan Carlos Rodríguez Búrdalo surge, como no podía ser menos en toda poesía que se precie de tal, de la memoria, de eso que algunos llaman experiencia y que en definitiva no es otra cosa que haber vivido y estar vivo. Como si no fuera posible llegar a organizar nuestro propio conocimiento, si no lo hacemos a través de la elaboración de nuestra propia experiencia. Y es ahí, en ese centro, bastión profundo de nuestra más radical subjetividad (mundo de los afectos y los deseos), donde surge como tendencia inevitable, pues somos humanos, la necesidad de comunicación. Y es aquí donde nuestro poeta, tocado por la luz de la palabra, inicia esa ruptura de los perfiles ocultos del lenguaje para ofrecernos el recuerdo (revelación por la palabra)  hecho nueva presencia, nueva emoción, nueva vida.

         Rodríguez Búrdalo es un poeta que ha leído poesía (y creo que éste es el primer deber del poeta) y leer también es, como dijera Machado de mirar y ver, entrar en conversación directa con el otro y amar y porque se ama se conoce y si como dice Claudio Rodríguez, la claridad viene del cielo, la voz poética viene de la poesía. Y Juan Carlos ha interiorizado, aceptando la mimesis del que busca la verdad, la gran poesía escrita en los siglos XIX y XX (Bécquer, Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Ángel González, Claudio Rodríguez, Brines, Gil de Biedma, etc.) De ahí que su obra haya sido capaz de superar las más estrictas vigilancias de los jurados que le han ido premiando, libro a libro, poema a poema, prácticamente todo su trabajo como poeta.

          La voz poética de Juan Carlos Rodríguez Búrdalo está arraigada al el profundo raigón de los orígenes a su tierra, Extremadura, y sus gentes de estirpe campesina. Así, su lenguaje es nítido, coloquial, hermoso y, sobre todo, comprensible. Porque habla de cosas que nos son comunes: el amor, la muerte, lo vivido. Poeta que, como grita en uno de sus versos: “Por encima de todo amo la vida”[5]  y puede escribir, dirigiéndose a otro poeta extremeño como él, Jesús Delgado Valhondo, versos tan hermosos como estos del poema titulado A la sombra del pecho[6]:

                            Estos días profundos como penas

                   nos sentamos a la sombra del pecho,

                   al luto de tus verbos, te pensamos

                   y se nos queda la plana vacía,

                   perdido el ruiseñor en el lenguaje;

                   Te leemos y nos pesa en el labio

                   la nostalgia, nos inunda el silencio

                   de algún lucero repetido y manso,

                   extraña luz que prende en el crepúsculo

                   y pone en dormición el encinar.

         Mis queridos amigos, hoy es un lujo contar entre nosotros con Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, espero que él se sepa en su casa. Ahora nuestra máxima atención está en escucharle.

         Juan Carlos, bienvenido…


[1] Una de mis muchas actividades vinculadas al mundo de la literatura y el arte ha sido, en los últimos tiempos, la Dirección del Aula de Poesía José Luis Sampedro, en Aranjuez. En ese tiempo he organizado 20 sesiones de notable interés y excelente acogida. Empezamos el 10 de octubre de 2006 con Félix Grande y concluimos el 8 de abril de 2008 con la intervención de Luis García Montero. Especial significado tuvo para mí, en junio de 2007, la entrega del Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez al poeta Pablo García Baena, fundador de la revista Cántico.

Juan Carlos Rodríguez Búrdalo leyó sus poemas en el Aula el 13 de marzo de 2007 

[2] Baltasar Gracián.- El Criticón – Parte I -Crisis XII/ O. C.- Aguilar/ Madrid, 1967 (p. 640)

[3] Citado por Octavio Paz en “El arco y la lira”

[4] JCRB.- Del perfil opaco de los pasos (El premio)

[5] JCRB.- Aniversario

[6] JCRB.- Cartografías

15 Septiembre 2009

Pasan lentos los días 10

Cecilio Fernández Bustos 

 

«La experiencia no es, por consiguiente, la pasiva aceptación de una realidad exterior, sino una “elaboración”…» Emilio Lledó 

 

Ramillete 10 

126)  ¿Dónde y cuándo podré visitar el museo de las frases? [1]

127)  París se ha gestado, como la buena cocina, borbollando lentamente. Nueva York es otra cosa.

128)  La poesía es lenguaje y música. Lenguaje y música que nos acercan al conocimiento: ¿del alma?, no, del proceder del alma.

129)  Promesas, promesas y también mentiras

130)  Quieres saber qué es lo más admirado de ti después de más de cuarenta años de convivencia: admiro la lealtad, la responsabilidad y la flexibilidad en la permanencia.

131)  No suele abundar la lealtad entre las gentes de mi tiempo. Seguramente tampoco es la traición, consciente, lo que anima la torpeza de  algunas conductas. Pero, qué quieres que te diga, tal vez sea el miedo y la falta de seguridad la causa de esos pequeños espantos.

132)  Consentir la infamia y dar cobijo al infame nos hace cómplices del dolor de los otros.

133)  Siempre puedes abrir un libro y percibir otra vez el gozo mágico de la primera vez. Y también la posibilidad de girar y girar en un ámbito de contradicciones y nuevas voces: confusas unas, locuaces otras, bellas las más.

134)  El deseo es mejor compañero que la necesidad para mover la rueda de la voluntad.

135)  No es necesario que hagas ostentación de tus deseos. Incluso, si puedes, oculta el hambre.

136)  Los sonidos y los colores pueden sustanciar la misma vibración mágica en la luz de la naturaleza y en la luz de la pasión humana.

137)  Cuando contemplamos una pintura o leemos un poema que nos emociona, tal vez, de forma inconsciente, buscamos territorios, lugares nuevos donde pueda habitar nuestro deseo. Habitar y, al mismo tiempo, desentrañar el misterio, ver más allá de… Una nueva visión o, más exactamente, otro mirar. Un nuevo centro donde coincidir con la emoción primera. De ahí que, cuando una pintura o una música nos tocan con esa vibración, se nos antoje más visible la claridad, pues, de esta forma, se torna en transparencia.

138)  Se ha escrito un poema: en el umbral del tiempo amanece la transparente claridad de una alegría.

139)  La niebla es un paréntesis entre la separación y un nuevo encuentro. Así, la transparencia es el ámbito de lo que permanece. 

140)  La vida te pone en situaciones límites: en la mañana entierras a tu madre y a la tarde casas a tu hija.

141)  Cambiamos tantas veces. Cambiamos de tantas cosas: de casa, de cielo, de deseos y, en ocasiones como las serpientes, también cambiamos de piel.

142)  Deseo y voluntad hacen historia.

143)  El gesto y el rito forman parte del saber, pero no son todo el saber.

144)  Seguiríamos así, interminablemente, tratando de explicar la diferencia, afirmando y negando al mismo tiempo. Pero, como dijo Juan Ramón Jiménez, “más tiempo no es más eternidad”.


[1] Elías Canetti.- “El museo de las frases. Las horas de visita”

5 Septiembre 2009

Aula de Poesía (XI): Tomás Segovia

Preludio para Tomás Segovia[1] 

Del transcurrir temporal y la poesía 

 

Cecilio Fernández Bustos

 

                            …por qué todo venía a él como a su casa

                     en dónde está el lugar donde habré convivido

                     con estas cosas confiadas ante la mirada

                     donde estoy conviviendo en este instante

                     con mi vasta familia misteriosa 

                                                                    Tomás Segovia

 

         Señoras y señores… 

De nuevo nos reunimos aquí, en este espacio singular, Salón de Grados del CES Felipe II, para reanudar aquel transitar entre poetas que iniciamos en octubre pasado con Félix Grande e interrumpimos en mayo con Pablo García Baena, a quien se le concedió el Premio Nacional de Poesía ‘Villa de Aranjuez’. Nuevo Ciclo, pues, y primera sesión de otoño del Aula de Poesía José Luis Sampedro. Es para mí un gozo entrañable el reencuentro con los que nos acompañaron en las anteriores sesiones. Pero también me gratifica, como no, saludar a quienes se incorporan hoy, por primera vez, a esta fiesta de la palabra que es siempre una lectura de poemas.

         A lo largo de este curso que hoy comenzamos, el Aula de Poesía seguirá ahondando en los cuatro ámbitos que formulamos el pasado año como fundamentos de nuestro trabajo. En primer lugar la presentación de las voces más cercanas en el tiempo y aquellas que han dado vitalidad y significación a la poesía española del siglo XX; segundo la presentación de aquellos poetas que, ya fallecidos, han sido fundamentales en la poética española de los últimos años del siglo XX; en tercer lugar hemos abierto un espacio para la poesía que escriben los poetas locales. Y, por último, el curso finalizará con la concesión, el 23 de abril, del Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez, que premia a un poeta consagrado por toda su obra: de este modo, Aranjuez rinde un homenaje al poeta premiado instalando uno de sus poemas en una calle de Aranjuez.

         Henos aquí, pues, congregados por la llamada de las voces que nos van a acompañar en este nuevo ciclo. Se trata de tres poetas —una mujer y dos hombres— representativos de la gran poesía española de todos los tiempos. Tres voces singulares y por ello muy distintas, atrapadas en nuestro tiempo e iluminadas por un decir poético, siempre cercano, que colinda la mirada con la alquimia y la magia de la palabra. La palabra que, más allá del lenguaje, no sólo comunica, o anuncia, sino que, por la poesía, puede sustanciarse, como dijera María Zambrano, en “comunión”. Ana Rossetti estará aquí el 13 de noviembre, Caballero Bonald el 4 de diciembre y hoy, para iniciar esta fiesta, está con nosotros Tomás Segovia. 

         El Aula de Poesía nos convoca para rendirles un homenaje de gratitud y admiración a la poesía y a sus creadores, los poetas. Y nada mejor, para comenzar este nuevo ciclo, que la voz de un poeta del que también podemos decir, como dijera Julián Marías de Rubén Darío, «…que sería apasionante poder estudiar en él la integración del mundo hispánico in vivo y no in vitro, quiero decir en su propia persona, desde su España natal (en el caso de Segovia) hasta Argentina, Chile, Uruguay, México, Estados Unidos y todos los demás miembros estremecidos por la lengua española.»[2] Porque hoy, aquí,  entre nosotros, alza su voz Tomás Segovia, poeta de España y de América. Poeta que, como dijera Octavio Paz, “Nació dos veces: una en España, donde lo parieron; otra en México, donde escribió sus primeros poemas…”[3]

         Tomás Segovia nació en Valencia en 1927. Su padre, médico de reconocido prestigio, se exilio con su familia al final de la guerra civil. Primero Francia, después Marruecos y, por fin, México. Nuestro poeta, que “…fui hijo de exiliado, que no es lo mismo que ser un exiliado…”, él lo ha dicho en alguna ocasión,  se adaptó a la nueva vida que le ofrecieron sus progenitores. Y, cómo no, se aferró a esa nueva vida y (si bien sus estudios habían comenzado en El Liceo Francés de Madrid) siguió creciendo en las aulas y en las calles del país de acogida. Y en México nació, no sólo para la poesía, como dijera Octavio Paz, también para la docencia y la sabiduría; en definitiva para la vida. 

         Supe de Tomás Segovia y de su obra al final de los años sesenta. Por aquel tiempo cayó en mis manos la “Antología de la poesía viva Latino-Americana” de Aldo Pelegrini. Allí junto a poetas  como Álvaro Mutis, José Lezama Lima, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Octavio Paz, Ernesto Cardenal y una nómina de voces consagradas aparece Tomás Segovia, del que la nota introductoria dice “Nació en Valencia (España) en 1927. Llegó a México a los trece años (1940 el año en que yo nací). Realizó estudios en la facultad de Filosofía y Letras de México.

         Tomás Segovia es autor de una obra prolífica. Ensayista… traductor… narrador… dramaturgo… Ha impartido cursos de Literatura, Lingüística, Teoría Literaria, Traducción, etc. Como poeta ha publicado más de 25 poemarios y sus poemas aparecen en las más reputadas antologías de poetas mexicanos e iberoamericanos. Fue el mismo Octavio Paz el que le definió como el poeta de la ‘transparencia aterradora’… Y es que, más allá de toda paradoja, los poemas de Tomás Segovia no sólo son transparentes, son, como dice Carlos Piera en la introducción de En los ojos del día (excepcional antología poética de la obra de T. S. editada por Galaxia de Gutenberg y El Círculo de Lectores en 2003) “…claros, inteligentes y lúcidos, y un oído educado percibe en ellos que el autor es maestro del oficio, porque se lo ha tomado con toda la seriedad del que lo entiende como un oficio artesano…” De este modo, el fluir temporal de una poesía que nuestro poeta empezó a publicar, casi un niño, en 1945 (aún sigue publicando, Llegar[4], se ha publicado este año) se ha ido labrando ese rastro, polvo o ceniza diría María Zambrano, de acopio de belleza y decir genésico en una obra poética que es, antes que otra cosa, una ofrenda de encuentro con la vida, que es tiempo y memoria, que nos ofrece el poeta.

         La vida, su vida (y la de sus lectores también) fluye, hecha gloria del transcurrir temporal, en sus poemas. La vida, ay, tanta dificultad a veces para poder dar el paso de entrever lo que no son sino resplandores que nos agitan y conmueven. Y es ahí donde nuestro poeta, Tomás Segovia, vislumbra y desvela la luminosa transparencia de lo fundamental de la vida que tiene en la mujer su primer deslumbramiento: “Dime mujer dónde escondes tu misterio / mujer agua pesada volumen transparente / más secreta cuanto más te desnudas / cuál es la fuente de tu esplendor inerme / tu deslumbrante armadura de belleza…”

         La poesía de Tomás Segovia no es fácil de clasificar. Si bien, como he indicado anteriormente, es poesía cercana y nuestra, no se encuadra, tal vez porque no es un poeta dispuesto a encuadrarse, en los movimientos, grupos, generaciones que nos son más familiares. La poesía de Tomás Segovia es poesía europea y americana. Hay ligeras notas de romanticismo y vínculos expresos con la gran poesía española de todos los tiempos. Así, aunque no repica en las sonajas de los grandes cenáculos, se explicaran ustedes las profundas razones que nos mueven, para que no pasara desapercibido entre nosotros el poeta que hoy nos acompaña. Dice Ortega y Gasset que “Algunos hombres se niegan a reconocer la profundidad de algo porque exigen de lo profundo que se manifieste como la superficie. No aceptando que haya varias especies de claridad, se atiende exclusivamente a la peculiar claridad de las superficies. No advierten que es a lo profundo esencial el ocultarse detrás de la superficie y presentarse sólo a través de ella, latiendo bajo ella.”[5]

         Este es el poeta que se nos va a revelar esta tarde. Viene avalado por la luz de su obra y el refrendo de importantes galardones concedidos en América y en España. El más reciente, este mismo año,  el Premio ‘Extremadura a la Creación a la Mejor Trayectoria Literaria de Autor Iberoamericano’. Desde el momento en que tomé la decisión de dirigir este Aula de Poesía supe que tendría la oportunidad de darles a conocer la obra poética de Tomás Segovia. Así anduve en su busca y ya, en el ciclo anterior, estuvo a punto de acudir a nuestra cita. No pudo ser entonces, pero ha sido posible hoy. Con todos nosotros, el poeta de la transparencia: Tomas Segovia.


[1] Una de mis muchas actividades vinculadas al mundo de la literatura y el arte ha sido, en los últimos tiempos, la Dirección del Aula de Poesía José Luis Sampedro, en Aranjuez. En ese tiempo he organizado 20 sesiones de notable interés y excelente acogida. Empezamos el 10 de octubre de 2006 con Félix Grande y concluimos el 8 de abril de 2008 con la intervención de Luis García Montero. Especial significado tuvo para mí, en junio de 2007, la entrega del Premio Nacional de Poesía Villa de Aranjuez al poeta Pablo García Baena, fundador de la revista Cántico.

Tomás Segovia leyó sus poemas en el Aula el 23 de Octubre de 2007

[2] Javier Marías.- Rubén Darío y la Generación del 98.- Obras. T. X / Madrid, 1982

[3] Octavio Paz.- Introducción a: Poesía en movimiento. México 1915-1966

[4] Tomás Segovia.- Llegar (Poemas 2005-2006).- Editorial Pre-Textos / Valencia, 2007

[5] José Ortega y Gasset.- O.C. T. I / Meditaciones del Quijote (pág. 332)

 

26 Agosto 2009

La mirada de Gregorio Prieto

Un impresionista en Aranjuez

 

Cecilio Fernández Bustos                                                                                  

                                                                                                        Para Pilar Álamo       

 

         El artista es muy joven, poco más de veinte años y el deseo intacto. Entra por la puerta del Embarcadero, también llamada del Príncipe, que diseñara Villanueva. Ya dentro del jardín camina hacia el norte por la calle del Embarcadero. Desde la Plaza de Pamplona, al fondo de la profunda perspectiva, divisa la ordenada geometría de los pabellones. A su izquierda el discurrir del río Tajo cerrando el clásico ‘Jardín Español’ y a la derecha vislumbra el Cenador que, en pasando el tiempo, será conocido como ‘El Cenador de Rusiñol’ por las excelentes interpretaciones que de este espacio hiciera el pintor catalán. Ha llegado a los Pabellones. Desplegados los bártulos e instalado el caballete, pone sobre el soporte un cuadro de impoluto lienzo blanco montado sobre un bastidor de 80X78,8 cm. Su mirada se ha fijado en el primer pabellón de la izquierda y, tras dibujar con carboncillo, empieza el boceto de un hermoso cuadro

Gregorio Prieto Muñoz_Aranjuez 'Pabellón'_1917-1921

         Estamos muy cerca del verano de 1919, o tal vez sea el de 1920. Gregorio Prieto está empezando su larga andadura como pintor y lleva un tiempo viviendo en Madrid, donde cursa estudios de cosas varias, trabaja, acude a exposiciones y frecuenta el taller de escenografía de Martínez Garín. Y por fin, tras mucho esfuerzo, consigue ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.

         Residiendo en Madrid nada más elemental que nuestro aprendiz de pintor se asome, desde la sensibilidad tímida del principiante, al paisaje de Aranjuez y sus jardines. Seguramente ha oído hablar de Rusiñol y, quién sabe, a lo mejor han cruzado algún saludo en los jardines o en la Plaza de la Mariblanca. Prieto el pasado otoño pinto un hermosísimo cuadro del Patio de Oficios y otro de la Ría. Ahora está deslumbrado por el jugoso colorido de este pabellón que surge de sus pinceles como una luminosa presencia llena de calor y de armonía. Se trata de un cuadro de técnica casi puntillista: al fondo árboles que tocan el cielo, a la izquierda el camino y a la derecha el Pabellón: un relumbrón de flores —rosas y dalias— danzan y se acercan a nosotros que, embelesados, dominamos toda la visión del cuadro e intentamos entrar a su interior. Se adivina, en el silencio cálido del verano ribereño, el trajín musical de las chicharras, el arrullo enamorado de las palomas y el bullicio de los pájaros dirigiendo el vuelo de sus nuevas polladas. Un sol brillante que lo toca y lo penetra todo cae, casi vertical, sobre el motivo que está pintando el joven manchego y nosotros, como él, también nos columpiamos en el calor del medio día ribereño.

         Gregorio Prieto nació en Valdepeñas (Ciudad Real) en 1897 y falleció en Madrid en 1993. Fue un pintor prolífico, trabajador entusiasta y constante; en él se ahorman los múltiples elementos de singularidad y capacidad creadora que habitan al artista: dominio de los oficios (siempre hemos entendido que un buen creador necesita ser un buen artesano que conoce y domina el oficio y sus ritos) y una voluntad de hierro para llevar hasta el final todos los proyectos a que se enfrentó y que abarcan un amplio abanico de expresiones artísticas entre las que se incluye, además, la literatura. Viajó y trabajó con especial acierto, por toda la geografía de la Europa clásica y vanguardista: Taormina, París, Roma, Londres. Y pintó, como nadie, los molinos manchegos, símbolos que, junto con los personajes de Cervantes, disuelven en lo universal la imagen de La Mancha.

         Teníamos noticia de la existencia de una serie de pinturas que realizó en Aranjuez entre 1919 y 1920. Habíamos visto reproducciones de estos cuadros y sentimos la poderosa tentación de conocerlos. Después de algunas averiguaciones, constatamos que varios de esos cuadros formaban parte de la colección del artista que, la Fundación Gregorio Prieto, exhibe en el museo que, a él, ha dedicado en la ciudad que lo vio nacer. Así que, mi mujer, mi hijo y yo, nos organizamos una mañana del mes de mayo del 2006 y nos acercamos a Valdepeñas (sólo a 150 klm. de Aranjuez) a conocer el museo y la obra allí expuesta. Ya en la pinacoteca, tuvimos oportunidad de saludar al gerente del Museo, el pintor, también nacido en Valdepeñas, Vicente Nello, que, junto al resto de los trabajadores del centro, miman la memoria del artista manchego y ofrecen su docta palabra al visitante.  

 Gregorio Prieto_Columpio en Aranjuez_1917-1921

         La primera sorpresa fue el Museo. Se trata de un edificio del siglo XVII, típica casa solariega, restaurada con gran acierto para alberga un museo excepcional. Perfectamente rehabilitado, conserva lo que en otros tiempos fuera una magnífica bodega y unos bellos y amplios espacios que dan cobijo a las excelentes colecciones del artista manchego.    

         El museo acoge un fondo muy amplio —más de 3000 obras— la mayoría realizadas por Gregorio Prieto, representan todas las etapas del artista. Desde el periodo de formación —1916/1920— hasta sus últimos trabajos. Pero también el museo alberga una magnífica colección de destacados artistas del siglo XX: Picasso, Dalí, Vázquez Díaz, Solana, Dpissis, Giorgio de Chirico, Max Ernst, Matisse, Francis Bacon y otros; una importante colección de dibujos y grabados de notables artistas españoles y extranjeros; así como una excelente colección de dibujos de Federico García Lorca y Rafael Alberti. Tiene gran interés una bellísima colección de arcángeles, tallas en madera policromada, pertenecientes a los siglos XV al XVIII.

         Los cuadros pintados por Gregorio Prieto en Aranjuez —ocho en total y casi todos en el Museo— lograron impresionarme por su belleza. Los expertos dicen que Gregorio Prieto, en aquella época, estaba influenciado por Joaquín Mir. A mi me recuerdan también a los grandes maestros del impresionismo francés, especialmente a Monet.

Gregorio Prieto_Jardín deAranjuez_1918-1919

         Lo que aquí nos importa en nuestro caminar por la hendidura que la presencia foránea va imponiendo en Aranjuez, es el hecho, la circunstancia, el avatar de que un pintor especialmente significado por su cercanía al grupo poético del 27 haya trajinado entre estas luces que, como dice Guillermo Carnero, son como “transparentes brasas de la tarde”. La obra de Gregorio Prieto que, en sus balbuceos en Aranjuez se sumerge en una estética impresionista, se orientará, más tarde, por los más variados caminos de la plástica del siglo XX. Inspirado en La Mancha y en su profunda veneración por la Grecia clásica, Gregorio Prieto creará una obra pictórica vanguardista, plena de singularidad y en sus momentos más lúcidos orientada hacia un surrealismo sutil y personal. Es su paisano, Francisco Nieva[1], quien dice: “El surrealismo atraviesa la obra de Gregorio Prieto sin definirla como tal.”

         Desde aquí invito a mis paisanos, ribereños y arancetanos, a compartir conmigo la alegría de conocer a un pintor tan cercano y esencial. Y les sugiero se acerquen a Valdepeñas a conocer los cuadros que en Aranjuez y de Aranjuez pintó Gregorio Prieto y, de paso, ya que están allí, disfruten y gocen con la contemplación de toda la obra del artista manchego y la excelente colección que, de otros artistas, reunió junto a él a lo largo de su vida.


[1] Francisco Nieva.- Un valor de nuestra cultura.- Gregorio Preieto. Exposición Antológica.- Junta de Comunidades Castilla-La mancha, 1987